Ciudad Rodrigo al día

 

Juan Iglesias Muñoz del noble linaje de Santa María de Todo el Mundo, sobreviviente de una saca fascista

Trigésimo capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero ‘Contra la desmemoria republicana, ‘archivos vivientes’’

Las historias de familia suelen empezar por el nombre de linaje. Quienes no lo tienen y cuentan con medios lo inventan o lo encargan. Sin nombre, no es viable la existencia oficial. Mi padre se llamaba Juan Iglesias Muñoz cuando yo nací, pero él mismo no sabía muy bien cuál era su identificación nominal. No recuerdo las circunstancias exactas en que, en mi tierna adolescencia, me reveló una parte del misterio: “Nosotros somos de Santa María de Todo el Mundo”. Más o menos entendí la ironía que sus convecinos no podían suponerle, porque, como era hospiciano, analfabeto y pobre, daban por hecho que también era tonto. Por mi parte, con el tiempo, he ido sacando punta al mote de aquel insospechado blasón: “Nosotros pertenecemos a la familia del Género Humano, la más Numerosa y la más Noble”. Se puede vivir y ser buena gente, sin otros oropeles, y si alguien los necesita es asunto suyo. Este descubrimiento había madurado cuando Juan Iglesias, en reuniones veraniegas habidas en su casa en 1973 y 1976 (v. referencias) se explayó sobre el “paseo” al que sobrevivió en el verano sangriento de 1936, sus antecedentes y consecuentes. Aquellas confidencias no eran las primeras sobre el asunto, pero tampoco las había prodigado. Sin duda por lo espinoso y doloroso del recuerdo, no se perdía en su innata tendencia a acumular detalles innecesarios (y que al parecer ha legado a quien esto escribe). En todo caso, aquellas explicaciones tardías me llevaron a pensar que mi padre, por encima del hecho mismo de haberme engendrado, tenía una importancia en mi vida que hasta entonces no había sabido apreciar.

Hasta ahora las pesquisas llevadas a cabo en los archivos de la Diputación de Salamanca y del obispado de Ciudad Rodrigo no han librado indicio alguno sobre la ascendencia y la infancia de Juan. Como es sabido, el Registro Civil se instauró por leyes y reglamento de 1870, entrados en vigor en 1871, y los libros parroquiales se generalizaron a raíz del concilio de Trento (1563). Queda muy bien sobre el papel, y en la práctica permite a los eruditos especular sobre el nacimiento de personajes ilustres (Lope de Vega o Cervantes, por ejemplo), y a los descendientes de familias acomodadas regalarse con los nombres de sus antepasados y sus presuntas grandezas. Para los demás, la realidad es que los abuelos nacidos al filo del tercer cuarto del s. XIX no aparecen registrados por parte alguna con frecuencia, y menos con sus nombres debidamente consignados. Juan Iglesias era “natural de la Casa Cuna” del partido judicial de Ciudad Rodrigo, según el acta de defunción de su primera esposa en El Sahugo (siete de marzo de 1938). Pero la consulta de este registro deriva en un callejón sin salida, debido a la sacrosanta “privacidad” que permite a los encargados impedir el acceso a la información archivada si no se lleva por delante el nombre y apellidos del referente, siendo así que esto es precisamente el objetivo de la consulta. Por lo demás, del grado de credibilidad de los archivos municipales se puede juzgar por los datos oficiales que se han conseguido. Juan tenía “33 años” cuando enviudó en El Sahugo (1938), pero la de su defunción en Robleda (17 de mayo de 1980) indica que había nacido “el 14 catorce de diciembre de mil novecientos”, sin indicación alguna sobre la procedencia de este dato que le atribuye cinco años más de vida.

A juzgar por su propia versión de la historia vivida, mi padre se dejaba llamar “Juan Iglesias Muñoz”, pero solía añadir que el nombre de pila completo era “Juan Segundo”, aunque sin disponer de noticia alguna sobre dónde lo habían bautizado ni de la motivación del añadido. Podría provenir de “Juan de Sahagún” que solía darse en Salamanca y su entorno a los niños expósitos, en homenaje a Juan González del Castillo (1430-1479) o san Juan de Sahagún, que en el s. XV consiguió reconciliar los bandos rivales de Salamanca que asolaban la ciudad. Con ello encaja el primer apellido, que a tuerto o a derecho comparten tantos hijos de Santa María de Todo el Mundo. El segundo apellido quizá fuera el de la desgraciada mujer que lo trajo al mundo en circunstancias ignoradas y que nunca sabría que este hijo, cuando suspiraba o ponderaba algo, mecánicamente la designaba sin nombre y sin reproche (“¡Madre querida!”, “¡Madrita mía!”), como otros hablantes en parecidos contextos, y en su caso resultaba algo patético. Así que a falta de otros legados, Juan tenía dos nombres y dos apellidos cuando empezara a descubrir el mundo en Agallas, en las bien llamadas “Hurdes de Salamanca”. La mujer que lo atendía se llamaba Cecilia, quizá estaría casada, quizá tendría hijos propios, pero Juan estaba en aquel hogar como pilu del pan, uno de tantos niños de la Casa Cuna confiados para su crianza a determinados hogares a cambio de una módica pensión, que accesoriamente paliaba las necesidades de los anfitriones.

El método educativo es de suponer. Juan recordaba que cuando hacía alguna trastada o por otras razones, lo metían en una cesta y lo izaban hasta las vigas del techo. Lo contaba sin acritud. Aquellas personas no serían peores ni mejores que otras. El pupilo no puso nunca los pies en la escuela ni en el haber de su memoria ocupaban lugar alguno los ritos de paso, sacros o profanos, primera comunión, confirmación, entrada en quintas, sorteos para el servicio militar. No echaba de menos estos teóricos regalos de la vida; bastante ocupación tenía con ir tirando. Nadie lo reclamó para nada ni él tenía a quién reclamar algo. En esa opacidad se crió en casas ajenas desde su niñez hasta su mayoría de edad, a cambio de la comida y presumible vestimenta. Para sus ahorros no necesitaba faltriquera. En Cespedosa de Agadones, con “tio Ciriaco” (?), y El Sahugo, con otros labradores medianamente ricos, aprendió un sinfín de oficios sin beneficios: porquero, pastor, cabrero, vaquero, trillique, gañán, domador de caballos y de burros, arriero, molinero, cazador, curtidor, etc. Todos esos saberes y más había que tener para ejercer de criado. La supervivencia requería buena salud; los trabajos penosos desde la infancia y la alimentación rutinaria no favorecían el tipo físicamente esbelto. Juan era fuerte, bien proporcionado y de poca talla, como casi toda la gente humilde del país. Los convecinos completaron su abigarrada polinomía con un sobrenombre adecuado: “Juanatón”. Esto coincidiría con el despertar a la vida afectiva de la que, como de otras experiencias personales, prefería no hablar (“no valía la pena”). Por fuentes extrañas se sabe de rumores e incluso de cantares fragmentarios que, a modo de hazmerreir, le aplicaban a sus presuntas aventuras con la hija de “tio Pieles”, el carnicero del pueblo, que era cabrera y abastecía de nietos a su padre. En mi presencia, no sin algo de sorna, un antiguo inquilino de Posadillas recordaba aquellas “coplas” (cuya extensión se medía en cuatro versos asimétricos), que no era ningún descubrimiento, pues mi propio hermano Tasio las salmodiaba cuando yo era muy pequeño. No hay constancia de que existan lazos de fraternidad por ese lado, pero si fuera el caso y esas personas tuvieran algo de la bonhomía de Juan, su reconocimiento no plantearía problema alguno.

Por temperamento Juan no era un hombre conflictivo y por necesidad había aprendido a adaptarse a la situación cuando llegó a adulto (aunque nunca oyera hablar de resiliencia). Pero, por la parte que le tocaba, no le hacían gracia ninguna los caprichos ajenos a su costa. Entre ellos incluía las graciosas ocurrencias de los “señoritos” de Ciudad Rodrigo y de sus imitadores que en los encierros de los Carnavales espantaban la manada de los toros, y obligaban a los vaqueros a un penoso trabajo suplementario a cambio de nada. Sin embargo, él mismo no se perdía las capeas de S. Juan en Robleda (a las que asistía en primera fila junto a la entrada del ayuntamiento), las del Cristo en Martiago y, por supuesto, las de la Merced en El Sahugo. La diversión eventual no sería obstáculo para una toma de conciencia de la condición laboral que le llegaría por sus pasos contados, quizá con el estímulo de movimiento sindical. De sus testimonios en1973 y 1976 se desprende que tenía muy claro en qué consistía la Reforma Agraria y su aplicación a nivel local. No se trataba de quitarle la dehesa de Posadillas al “Marqués”, sino de obligarle a que, de acuerdo con la Ley, la cediera en arriendo a los vecinos más pobres del lugar y en impedir que, a última hora, cumpliera el deseo de cultivarla por su cuenta para seguir mangoneando a su gusto.

Juan fue uno de los 28 colonos instalados en este latifundio en mayo de 1936. Con 29 años, “soltero” y “pastor”, ocupa el nº 10 en el acta de constitución de la Comunidad de Campesinos formada para la explotación de la finca de Posadillas (cuarto de Navacarros), término de El Sahugo (Instituto de Reforma Agraria), fechada el 3 de mayo de 1936. Enseguida emprendieron las labores previas para su cultivo, que ya estaban avanzadas cuando se produjo la sublevación militar contra la República el 18 de julio de 1936. En aquellos trabajos se emplearon catorce parejas de burros. Él también se había encargado del ganado, una partida de vacas a cuya cría se destinaban los pastos rayanos con La Herguijuela de Ciudad Rodrigo. De allí no podía faltar una res y ni retirarse la mies antes de darle al terrateniente la parte que le correspondía. Pero no compartía el angelismo de los emisarios del Instituto encargados de su planificación y realización. Estaba convencido de que para esto, además de arados, hacían falta fusiles con que defender las labores. Parecía una proclama revolucionaria, pero simplemente debía de tener atisbos de cómo se las gastaban los Agrarios. El tiempo le dio pronto la razón. Con el triunfo del golpe de Estado, “Don Carlos” [Bernaldo de Quirós] recuperó la plena autonomía de sus tierras, y (previo pago de los trabajos al IRA) podría sembrar en ellas con renteros a la medida de sus deseos.

Cabe la posibilidad de que Juan viviera en situación marital por entonces con su futura esposa, aunque no consta que estuvieran casados. Por ello sería de los beneficiarios previstos en la Reforma primero y de las víctimas señaladas por los fascistas locales después. Poseía una escopeta, que le sería reclamada y él entregaría estropeada al jefe local de Falange (Emeterio Martín), ocultando previamente la munición en el alero de un tejado, donde la hallaron treinta años más tarde. Una noche a finales de aquel agosto fatídico, con la caución militar de “un guardia” (o carabinero) lo sacaron para Valdespino (de Arriba, de Abajo o de En Medio, está por ver), con otros dos vecinos de El Sahugo: Ventura Manchado, mozo soltero de un tal “tio Juanito”, y Gabriel “del Carretero”. No los llevarían bien maniatados, y se defendieron. Mientras paraba la camioneta, Juan se tiró al suelo y, según contaba espontáneamente (sin posible inducción en los testimonios de los años setenta) anduvo enzarzado con uno de los victimarios más mentados en estas faenas macabras, “uno de los Cencerreros de Ciudad Rodrigo” [Andresillo para sus amistades]. Se negó a darse la vuelta para Los Valles, cuando los invitaban a hacerlo. Se trataba de la puesta en escena habitual de estas sacas, para dispararles por detrás simulando que los detenidos se habían dado a la fuga, y les echó en cara la cobardía (“eso no se hace, yo soy cazador, y no mato así las liebres”). En esta refriega recibió golpes de culata que le dejaron un siete visible en la nuca, y al fin, por orden del agente militar (“ya estaba bien”), los abandonaron en la carretera, después de robarles lo que llevaran encima. Juan volvió sangrando a pie hasta La Herguijuela, donde lo socorrería su futura suegra. Al día siguiente, al presentarse a los responsables locales de la represión, tuvo humor para responder con sarcasmo a los gritos de rigor (“Viva España…, matando a los españoles”). Sin embargo, para acelerar la recolección los salvados in extremis fueron obligados a trabajar de balde para los labradores, quizá molestos por los conatos de huelga al producirse el golpe de estado durante la siega. Él tuvo la suerte de que el ama que le asignaron le dio bien de comer. A primera vista no parece que alardeara al contar estas cosas, o al menos no ponía un énfasis o emoción especial al hacerlo. Guardaba un agradecimiento particular para alcalde Elías “Pedrín” a cuya firme decisión debía la salida de aquellos apuros.

No es aventurado suponer que Juan quisiera tener una familia propia, como todo el mundo, y, ya rondando o entrado en la tercera década de su vida, hiciera lo necesario para colmar esta aspiración. Se ignora en qué fecha contrajo matrimonio con Juliana Manchado Manchado, natural de El Sahugo, hija de Tomás Manchado Calvo y de Rosa Manchado Redondo. Tenía 34 años cuando falleció en el domicilio que compartía con su marido (calle de Colón, nº 38), de “síncope cardíaco”, según el acta de defunción (07/03/1938). De hecho, como tantas mujeres mal asistidas en los partos, murió junto con la criatura a la que debía dar a luz. El médico de Robleda, que llegaría tarde y sabe Dios en qué circunstancias encontraría a los pacientes, no podría hacer nada por ellos, y tendría que cargar con el mochuelo de incompetencia y bárbaro tratamiento que los bulos pueblerinos atribuyen a sus colegas en semejantes casos (“le había arrancado los riñones a la madre”, era el sonsonete habitual). Juan permaneció viudo tres años. En 1941 aceptó el matrimonio con María Antonia Ovejero que personas conocidas concertaron en Robleda, y se efectuó casi de madrugada el 18 de agosto de aquel año. Así encontró la familia que nunca había tenido, aunque fue para él un regalo costoso.


La llegada de un hombre con fuerzas fue bien acogida en el hogar de Mª Antonia, empezando por ella misma, exhausta del esfuerzo por superar la tragedia y el desamparo. Sus padres (Serafín y Claudia) respiraron aliviados de la carga de cuatro huérfanos en casa, aunque siguieron manteniendo con ellos a dos nietas (Josefa Mateos y Teodora Samaniego), hasta el fallecimiento de la abuela Claudia un año más tarde (24/03/1942). Después el recio Serafín Ovejero siguió con las niñas, a pesar de sus cambiantes humores. La Abuela, por así decir, parar irse en paz había tenido la cortesía de esperar la vuelta del nuevo yerno, ausente por el trabajo en la carretera de Navasfrías. “La Pepa” y Félix recibieron al padrastro, a quien llamaban “tío”, como un verdadero padre (y él los trató como hijos). A Tasio (Anastasio), el huérfano mayor, aquel arreglo matrimonial lo pilló desprevenido, de tal modo que, sin perderle el respeto nunca, tampoco hizo esfuerzo alguno para encajar la función del recién llegado en su ideario familiar hasta su salida para Asturias en 1949. La entrada de un extraño para ocupar junto a su madre el lugar que en su memoria correspondía a su propio padre, víctima idealizada, y a él mismo lo desplazaba a un papel secundario en la familia, no era fácil de asimilar. Su conducta le acarreó algunas somantas que nunca perdonaría. Se arregló para que los mismos soplones y comparsas que habían colaborado en la detención de José Mateos (su padre), y de la cual había sido testigo él mismo, se comieran los chivos del escuálido hatajo de cabras que el segundo marido de su madre había aportado a la hacienda matrimonial y tenía a su cuidado. A mayores, aquellos bien llamados tragones, y por ende borrachos, le salían de noche al padrastro para “ajustar las cuentas de los chivos”.

A Juan le costó asentar su papel de cabeza de familia en aquel ambiente de permanente violencia que, a pesar del presumible orden impuesto por la Dictadura, se prologó en la década de los años cuarenta. Tasio pronto empezó ganarse la vida por su cuenta, principalmente en “el Carbonal”, pero medía mal sus fuerzas o no elegía bien sus encuentros. Precisamente allí, sus primos Faustino y Jesús Mateos “los Toreros”, por razones ignoradas riñeron con él, y por el camino de vuelta al pueblo, lo esperaron a traición y lo molieron a palos. Después, en una salida nocturna quisieron repetir la faena, sin lograrlo gracias al aviso oportuno de Chan de tio Goyo y la inmediata reacción de “su tío” (mi padre). El primero llegó sin aliento a la cocina (“tio Juan que le están pegando al entenáu”). Salieron los dos hombres y, superando la curiosidad al miedo, nos asomaríamos los demás, y resultó que los citados hermanos, situados estratégicamente en la parte superior de la Calleja, uno junto a la portera del huerto de los Cojos y el otro junto al de tio Domingo Morán, estaban cargados de piedras que arrojaban contra la puerta. Por suerte no descalabraron a nadie entonces, pero al día siguiente reanudaron la provocación cuando pasábamos a la vera de su casa para ir a sembrar patatas en Valdelpino. Hombres y mujeres salieron en su persecución a pedradas por los huertos entre “Las Vertúis” y el Arroyo, mientras la burra Cana y el burro Noguero (que casi formaban parte también del grupo familiar) y yo montado en este esperábamos el resultado de la contienda en el camino de Robledillo. Más tarde Juan tuvo que defender los intereses de sus entenados cuando, en ausencia de estos, algunos desaprensivos tíos quisieron ignorarlos en el reparto de la mísera hacienda del abuelo Faustino. A uno de ellos que le sacaba casi la cabeza de estatura, a costa de algunos arañazos, le echó las manos al pescuezo, y los testigos se vieron mal para conseguir que lo soltara.

Juan no era ningún “engarañao” para el trabajo, y por lo que han contado mi hermana Pepa y otras personas, tenía “buenas uñas”, aunque no fuera agresivo por naturaleza. La firmeza de su pulso se probó en la primera matanza en casa del abuelo Serafín, cuando hubo que llevar al banco del sacrificio un cerdo más bravío que cebón. Lo agarró de una oreja y así emparejados dieron algunas vueltas al corral, hasta que él se quedó con el trofeo en la mano. La imagen de un padre con mano segura en la mancera me acompaña desde los primeros recuerdos depositados en la memoria. Me llevaba con él a los sitios a donde iba a labrar tierras propias a veces y generalmente ajenas. Allí servían de entretenimiento la observación del mundo y la propia imaginación. En las fincas de “tio Paulo Moreno” araba con vacas, cerca de las Juntas del Riofrío con el Águeda, a seis u ocho kilómetros del lugar, donde resonaban las piedras de los barrancos con el impulso de las aguas torrenciales y por aquellos tiempos brillaban en la arena unas llamativas conchas. Por el lado del Río Chico, a la vera del Camino de los Pascuales hacia la pesquera del molino de tio Goyo, araba con burros. Resbalaba la reja sobre el pedregal, y una vez, a mi demanda, me dejó poner una mano debajo de la suya en la mancera, por encima de mi cabeza, y no tardé recibir la caricia de una orejera del arado en una pierna. Él cortó la hemorragia con un puñado de la misma tierra. No lejos de allí, junto al regato de Valdelpino, un atracón de ciruelas o de moras desató una tempestad intestinal que exigió el lavado inmediato del pantalón corto (la del calzoncillo no fue necesaria) y la consiguiente espera a que se secara al sol.

Mi llegada al mundo (1943), como ya he sugerido, fue bien recibida en el grupo familiar, aunque a corto plazo suponía “una alhaja con dientes” suplementaria en condiciones adversas, por coincidir con el hambre imperial de la España franquista. Para Juan supuso el descubrimiento de un nuevo oficio, el contrabando, que practicaban casi todos los vecinos del famoso barrio del Portugalillo, ninguno de los cuales se hizo rico con el comercio ilegal. Allí residía oficialmente la familia (oficiosamente también lo hacía en la majada de El Batán), hasta que la muerte del abuelo Serafín (1945) liberó la casa de la citada “Calleja”, donde con diversa fortuna salimos adelante los siete náufragos de aquellos desastres (Juan, Mª Antonia, Tasio, la Pepa, la Teodora, Félix y yo mismo). Personalmente, en los tres años que siguieron las enfermedades infantiles dejaron marcas en toda mi geografía corporal, aunque solo recuerdo la difteria en torno a mis cuatro años, con escenas patéticas en la cocina en brazos de unos y otros en torno a la lumbre, y de propina la llegada de un hijo de don Víctor (Pepe), altísimo, para ponerme una inyección. En esta ocasión o en otra parecida, Juan estuvo a punto de perder el único pariente biológico conocido que tenía en el mundo, después de haberse frustrado la esperanza de unos años antes en El Sahugo, según él por culpa del médico. Lo recuerdo enfurecido y con un cortejo de familiares al lado, subiendo conmigo en brazos la cuestecilla entre la Plaza y la Calle Larga. Por lo visto amenazaba con quemarle la casa. Pero no hizo falta. En la bruma del recuerdo (que puede corresponder a otros episodios) me han quedado las palabras compasivas de alguna de sus hijas, Victoria o Fidela (“pobrecillo”, o algo así).

Al final de aquella década cambiaron las tornas, que, no pudiendo ser peores, forzosamente mejoraron. Juan se puso de mediero para la cría de ovejas y eventual cultivo de tierras primero con tio Facio Mateos y después con tio Cándido García. Sin embargo, los años cincuenta fueron años revueltos, como si soplara la ventolera anunciadora de la desbandada general. A algunas personas les dio por suicidarse. Los hermanos mayores se fueron a Asturias. El abuelo Faustino, que tenía en préstamo de mis hermanos, falleció después del descubrimiento de los “saltos del Duero” en la estancia a meses en casa de una hija. El gobernador civil autorizó la roturación de parcelas en la dehesa de Abajo, dando así la razón a quienes las habían solicitado por las buenas en 1936 y fueron eliminados o encarcelados por ello, sin que esto impidiera la ya imparable emigración a Francia, al Brasil, a otros países. Juan se libró de este éxodo, pero pagó su tributo al mismo. Después de negarse a la salida para un seminario de su único hijo, para no provocar un injusto deshermanamiento con respecto a sus entenados, se quedó sin argumentos cuando Tasio en primer lugar y los otros después se lo aconsejaron.

A finales de septiembre de 1955 mi padre me acompañó en el coche de línea hasta Ciudad Rodrigo y se despidió con una mal disimulada lágrima. Yo por entonces no lloraba más que cuando recibía castigos con los que, sin propósito de enmienda, saldaba la deuda de mis trastadas. Los más pródigos en ese sentido (y en las manifestaciones de afecto) eran Mª Antonia y Félix; él solo se había desahogado con un azote, dejándome la impresión de recibir un martillazo. Después sentía el escozor de aquella despedida cuando en el internado pensaba en las mojaduras del “rancho” junto a redil de las ovejas. No faltó gente del lugar que lo consideró un fatuo por dejar marcharse al “dagal” cuando empezaba a ser útil para cuidar del ganado, pero esto no debió de hacerle demasiada mella. No se perdió la ocasión de asistir a la toma de hábito, desplazándose para ello hasta Bilbao. Y seguramente se llevó una decepción cuando se enteró de que aquel destino era una vía muerta.

En los años sesenta los entenados le dieron nietos cariñosos y aceptó con alegría los de su sangre cuando nacieron en tierra extraña en la década siguiente. El abuelo Juan los quiso a todos por igual, sin prejuicios. Conoció a Cécile (1973) y Miguel Antonio (1975) siendo bebés. Quizá no sepan que su abuelo español, quien seguramente recibió las duchas y baños de cuerpo entero cuando llovía o por alguna razón tenía que meterse en el río incluso en invierno (más de una vez para sacar algún carro ajeno atascado en el Vao las Mayas), se levantaba de noche para hacer cola en la fuente y tener presta el agua del lavado matinal. No conoció a Hélène, su última nieta (1983). La muerte se adelantó (1980), en parte por falta de cuidado. Relativamente pronto tuvo temblores en las manos (enfermedad de Parkinson). En 1979, con unos 75 años, tuvo un accidente cardiovascular que le provocaba sacudidas similares a las de la epilepsia y el médico explicó más o menos como un contacto nervioso. Y no había gran cosa que hacer, dada su edad. Dicho en prosa castiza significaba que “ya había vivido bastante”. Salió adelante aquella primavera, pero en la del año siguiente no falló el diagnóstico: “trombosis cerebral”.

Recibimos el aviso de su estado grave en Francia. Y nos enteramos de su fallecimiento cuando íbamos a visitarlo, y después de un penoso viaje por tierras francesas durante la noche, a media tarde de un domingo (18 de mayo) llegamos a Robleda. Un vecino (Quico “Valencia”) nos dio la bienvenida y el pésame al mismo tiempo. Ver a mi padre cadáver me causó bastante impresión. Era la primera persona que veía así en gente de mi familia. El exterminio de una parte de ella por el lado materno y el desconocimiento total de parientes por el lado paterno me habían ahorrado ese tipo de lances, que desde entonces han sido habituales en mi vida. Estaba en el ataúd y la gente esperaba ya para llevarlo a la ceremonia de la iglesia, así que cargué con el peso que me correspondía junto a mi hermano Félix, mi cuñado José Sánchez y mi sobrino Marcelino Mateos, los tres fallecidos a día de hoy. No recuerdo absolutamente nada de lo que se dijera en el templo. A la salida, mis antiguos compañeros en la escuela y aprendices de pastores o gañanes con él se disputaron el honor de llevarlo a hombros al cementerio. Por añadidura, en el viaje de vuelta a Francia, nuestro hijo Miguel, con cinco años escasos, a quien creíamos haber disimulado el significado profundo de aquella vivencia robledana, me dio materia de reflexión sobre la perennidad y la transitividad del ciclo vital, al preguntarme en francés: “Papá, cuando tú mueras, ¿cuántos años tendré yo?”. Todavía ahora no tenemos la respuesta. Cuando llegue me gustaría que él pudiera decir de mí lo que yo puedo decir de su abuelo.

Juan era bueno “en el buen sentido de la palabra”: una persona buena, un buen informante, un buen padre.

Referencias

Ángel Iglesias Ovejero:

- “Archivos vivientes: las víctimas del terror militar de 1936 a 1939 en El Rebollar y pueblos aledaños salmantinos”. En: Cahiers du P.R.O.H.E.M.I.O., 9, 2008, 101-201.

- “Memorias del terror: Transcripción literal de testimonios de Robleda (R 1973, R 1976) y El Payo (EP 1973)”. En: Cahiers du P.R.O.H.E.M.I.O., 10, 2008, 473-549.

- La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948), Serie Mayor 5, Centro de Estudios Mirobrigenses, Ciudad Rodrigo, 2016, 670 pp.