Surco de músicas de charros y gitanos

La publicación del disco libro “Charros y Gitanos” bien merece un concierto en el mejor de los espacios salmantinos: el Patio Chico.

Una de las escenas de 'Charros y Gitanos' en el Patio Chico

         En tiempos de separación y desgarro, la publicación de este trabajo de investigación, puro gozo de etnografía y música, “Charros y Gitanos” nos recuerda el poder de la cultura y el respeto por la tradición para unirnos y estrecharnos en el aplauso. Aplauso sentido a un espectáculo que ha recorrido la provincia macerando los ritmos de los charros y gitanos de esta tierra nuestra que acaba en el corazón de la Salamanca campera, toro torito fiero con la divisa verde y blanca del genio de unos artistas irrepetibles unidos en un proyecto que ahora podemos no solo aplaudir, sino disfrutar leyendo y escuchándolo como si estuviéramos bajo el cielo de Salamanca, entre las piedras seculares de sus dos catedrales en este concierto memorable.

         Fue precisamente en un proyecto discográfico titulado “Cielo de Salamanca” del 2002 cuando Nano Serrano Y Gil Cacho hicieron un arreglo de “La Chana” con aires flamencos que, años después, el folclorista mirobrigense José Ramón Cid Cebrián quiso acompañar con su gaita y tamboril en una noche de fiesta bajo el cielo de agosto como bien recuerda su anfitriona, la escritora Isabel Bernardo. Música bajo las lágrimas de San Lorenzo de sones charros y gitanos en el toque ancestral del tamborilero y en la profunda hondura flamenca del mejor de nuestros guitarristas… y de ahí al escenario, primero en el Casino de Salamanca, después en los actos del Bolsín de Ciudad Rodrigo, perfilando, trabajando, ensayando, puliendo e investigando. Un trabajo callado entre legajos, ensayos y toques hasta dar con la formación que cuaja por fin de forma discográfica el maridaje mágico de la música de los charros y los gitanos… aquellos que se juntaban para hacer tratos comprando y vendiendo bestias con la sola palabra y el gesto de estrecharse las manos y que luego se separaban manteniendo unidas las músicas de sus fiestas.

         Es esta Salamanca flamenca de Farinas y Calderas, de rincones donde se tocaba la guitarra y se acababa la fiesta en las veladas improvisadas de músicas en el Barrio Chino, la que investiga Cid Cebrián con un empeño que ha unido al Centro de Estudios Salmantinos, el Centro de estudios Bejaranos y el Mirobrigense… Un trabajo que leemos en este espléndido libro de erudición y cercanía, y que aplaudimos escuchando la música de una formación que ha logrado cuajar en un directo que por fin se convierte en disco que disfrutar y sentir. Porque esta música nuestra se siente como se siente el zapateado de la bailaora zamorana Alicia Almeida, los jaleos de los cantaores gitanos Aarón y Dalila Salazar, las palmas y los pitos de los bailarines charros capitaneados por un Poldo de Mogarraz que llena el escenario y que se es capaz de retar desde los pasos del charro a la baiaora flamenca absolutamente dueña de las tablas. Y se siente con la mezcla, con el silencio con el que asistimos a la alborá con la que se inicia el concierto en la música ancestral de la gaita y el tamboril de Cid Cebrián, vestido de charro, sobrio y doctoral, folklorista siempre dedicado a la enseñanza de los conocimientos ancestrales, a la escuela de tamborileros de Ciudad Rodrigo, a la defensa y difusión del patrimonio nuestro que nunca desaparecerá con empeños como el suyo.

         Punto de encuentro en el camino, la voz de los hermanos Salazar, riquísima y contundente en el disco y en el directo, miembros como son de una dinastía de cantaores que ha templado sus voces y su buen hacer –el de Aarón, abierto y expansivo, el de Dalila, profundo e introspectivo- perfectamente unidos a una guitarra que lo lleva todo suave, firmemente. Nano Serrano, historia viva de la Salamanca flamenca, dueño de la anécdota tranquila, la charla sosegada y la humilde sabiduría del maestro que aprendió de los otros y que conduce las voces gitanas y las entradas y las salidas de una bailaora que nos recuerda que Zamora es la Andalucía del norte, cruce de caminos de los trabajadores y viajeros que recalaban en sus tabernas flamencas, de donde saliera el genio de Carmen Ledesma, la bailaora y maestra, madre de una Alicia que ya es uno con la música charra, que se atreve a dar sus pasos con Poldo de Mogarraz, todo genio y figura y que le encoje el corazón al público cuando solo se oye su taconeo feroz, su entrega apasionada. Ella es la fuerza de un espectáculo en el que se trenzan la gaita y el tamboril, las hermosas voces, el baile de los fantásticos charros, la guitarra que solo ella interpreta como nadie porque lleva toda la vida al baile de Nano Serrano. Y es ella, palmas y taconeo, quien oímos en el disco, maravillosamente viva y presente, en medio de los jaleos, los ánimos intensísimos de Aarón Salazar, la gaita y el tamboril sorprendentes, plenos de ritmos a pesar de su aparente economía de medios ¿Qué hace un músico percutiendo el tamboril con una sola mano mientras toca una flauta de tres agujeros? La versatilidad rítmica del músico salmantino es toda una riqueza.


         Maridaje exquisito a puro ensayo, actuación, grabación, kilómetros que separan a estos músicos tan especiales que lo dan todo cuando están juntos, el disco es un prodigio de sonido y de descubrimiento de nuevas canciones –hermosísima la de los lanceros de Don Julián y muy desconocida- y el recorrido por las canciones de toda la vida que se tiñen en la voz de los Salazar, la guitarra de Nano y el baile de Alicia, de nuevas propuestas. La Chana, el burro de Villarino… los personajes del folclore salmantino, las formas del ritmo charro de pasacalles, alborás, jotas charras, fandango charro o charrada brincada se unen acertadamente, se imbrican, se mezclan con las bulerías, los tangos, la soleá, la rumba y la alboreá gitana. Y el resultado emociona al espectador y nos mantiene entre las paredes benditas de una catedral que se alza como el mejor de los escenarios. Un escenario donde el concierto nos ofrece de nuevo la consabida elegancia, la humildad, de los cantaores y el guitarrista flamenco. Nos ofrece el genio de una bailaora que interpreta las canciones, baila representando, incluyendo pasos que nos recuerdan la escuela bolera, innovando a cada paso bailando para la luna llena, la noche que se deja iluminar por las paredes de la catedral gótica. A Poldo de Mogarraz esta noche le acompaña Pedro Rodríguez, y es en el baile de los dos hombres, en sus gestos retadores, en sus gentilezas de otro tiempo, donde descubrimos la magia de una danza que ronda a la mujer… absolutamente exquisita Mayra Pérez, bailarina de Sotoserrano, su pelo atravesado por las horquillas ceremoniales y disfruta de la bailaora flamenca en el momento en el que el baile de desencadena, llegada la despedida.

         Un concierto donde de nuevo cada artista tiene su sitio, su aliento a los otros, su momento y sobre todo su bellísima estética. La bailaora hace temblar el escenario cuando se hace un silencio profundo que rompen las palmas de unas voces en estado de gracia, jalea Aarón, suenan la gaita y el tamboril de un Cid Cebrián que permanece en pie, sosteniendo el timón del espectáculo, la viveza del traje charro de la serrana, la dignidad viril, casi épica de los hombres… y fluyendo como el río del que se alimenta Nano Serrano, la guitarra portentosa. Un espectáculo con luna llena, catedral engalanada, unión que nos estrecha en la admiración y en el arte… y el legado de los tiempos, vivo, palpitante, hecho traje, voz, historia, sonidos ancestrales. Una experiencia memorable, un recuerdo hecho libro y música para seguir sintiendo… bravo.       

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.