El tiempo

«Pitágoras, cuando era preguntado sobre qué era el timpo, respondía que era el alma de este mundo»

Plutarco

 

El inicio del curso académico marca para muchos el final de un periodo de “relajación” marcado por el descanso, los viajes, las visitas y todo eso a lo que –a menudo– nos referimos como vacaciones. Periodo en el que, algunos de estos afortunados, nos permitimos la licencia de abandonar el reloj en la mesilla de noche y salir de la rutina, llegando a ignorar el día de la semana en que nos encontramos. Sin embargo, pese a nuestra inconsciencia, el tiempo discurre sin pausa. Su desapercibido curso nos invita a ignorarlo y a no saber –como decía San Agustín– dar una explicación de su ser.

            El tiempo es un ente abstracto cuya necesidad de delimitación nos condujo a concretarlo extremadamente, ideando instrumentos para su medición. El pensador Baltasar Gracián expuso que el tiempo es lo único que realmente nos pertenece, por pobres y despojados que nos hallemos. Si de algo disponemos–desde que nacemos– es de él. A pesar de ello, a menudo reclamamos que “no tenemos tiempo”, sentencia que el propio Marco Aurelio –en sus Meditaciones– señala que debemos evitar decir o escribir con frecuencia y sin necesidad. Somos tiempo hasta el punto de que nuestro ciclo vital se encuentra definido u queda enmarcado en él.

            También nos referimos al tiempo en una enorme variedad de locuciones cotidianas, proclamando –por ejemplo– que “comenzamos un tiempo nuevo” o afirmando que una determinada acción supone una “perdida” de tiempo. Expresiones –en muchos casos– empleadas sin la debida reflexión, ya que –si las entendemos de forma literal– en muy pocas ocasiones pueden ser ciertas o contar con alternativas. ¿Cómo comenzamos un tiempo nuevo? ¿cómo podemos dejar de perder –que no de malgastar– nuestro tiempo?

            En medio de un presente frenético, de jornadas laborales y escolares maratonianas, de continúas conexiones e interacciones en mundos virtuales, de privación de la vida familiar y del ocio tradicional, de comprar inmediatas y vida sin pausa, no está demás preservar tiempo. ¿Existe un regalo más bonito para un hijo, una madre, un abuelo, etc. que una parte de nuestro tiempo? Quizás, hoy más que nunca, el tiempo es nuestra gran fortuna. Una riqueza que debemos aprender y saber administrar para que –su irremediable pérdida– no suponga un lastre en nuestros días.