La Iglesia que queremos

La Iglesia tiene nombre de Sínodo

JUAN CRISÓSTOMO

La sinodalidad, es dimensión constitutiva de la Iglesia, lo que el Señor nos pide, en cierto sentido, ya está todo contenido en la palabra Sínodo.

FRANCISCO

La palabra sinodalidad es importante para entender la Iglesia que sueñan los cristianos del tercer milenio. No es una palabra nueva, tiene una larga historia, pero desde la penumbra ha sido recuperada por el Papa Francisco, dándole un sentido más preciso, siendo un elemento esencial en la definición de la Iglesia, en su organización y articulación. El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio, comentó el papa Francisco en la conmemoración del quincuagésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos por parte del Papa Pablo VI.

La palabra “sínodo”, procede etimológicamente de la palabra griega σύνoδος (sýnodos), y quiere decir “caminar juntos” los miembros del Pueblo de Dios. Nos recuerda la Comisión Teológica Internacional, que la palabra remite al Señor Jesús que se presenta a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), y al hecho de que los cristianos, sus seguidores, que en su origen fueron llamados los discípulos del camino” (cfr. Hch 9,2; 19,9.23; 22,4; 24,14.22). Juan Crisóstomo, afirmaba que la Iglesia tiene nombre de Sínodo, es decir, la asamblea convocada para dar gracias y cantar alabanzas a Dios como un coro, una realidad armónica donde todo se mantiene unido, donde se coincide en un mismo sentir.

En los últimos años se habló mucho en la Iglesia de comunión, unos la entienden como unión, otros como la participación de la mayoría en las decisiones y organización, como una democracia. Pero, se busca el modo de conjugar las diferencias dentro de la Iglesia, y que no solo la mayoría decida, donde con la contribución de todos se pueda construir una perspectiva común. La integración de todos en la diversidad para que pueda surgir una armonía, aquí entra en juego la palabra sinodalidad como la entiende el Papa Francisco. Por eso, comenta que debe ser vivida como una “experiencia eclesial”, como un modo cotidiano de la Iglesia en todos sus niveles, desde la Parroquia a la Conferencia Episcopal, desde los Consejos Pastorales a la Curia Vaticana.

En los primeros tiempos de la Iglesia, la palabra sínodo pasó a significar las asambleas eclesiásticas convocadas en diversos niveles: diocesano, regional o universal. para discernir, a la luz de la Palabra de Dios y con la inspiración del Espíritu, las cuestiones doctrinales, litúrgicas, canónicas y pastorales que se van presentando periódicamente. En la actualidad se ha vuelto a recuperar la palabra sínodo como “dimensión constitutiva” de la Iglesia que arranca del corazón del Concilio Vaticano II, como la corresponsabilidad y la participación de todo el Pueblo de Dios en la vida y la misión de la Iglesia.

En la Iglesia de Salamanca, para acentuar esta sinodalidad, se realizó entre los años 2014 a 2016, una Asamblea Diocesana, caminando juntos laicos, sacerdotes y religiosos en un proceso de renovación espiritual, misionera y estructural de nuestra Iglesia local. De ella salieron numerosas propuestas, que cinco años después se están poniendo en marcha y están dando los primeros frutos, no sin resistencias.

En ese camino de la sinodalidad, Francisco ha convocado tres sínodos: sobre la familia, sobre los jóvenes y sobre la Amazonia. En cada uno, más de doscientos obispos, cardenales y laicos de todas partes del mundo se congregaron durante tres semanas para discernir juntos, para la escucha y la discusión honesta. Concluido ese período, los obispos votaron un documento final. Antes de la reunión de Roma, se realizaron documentos preparatorios en las Iglesia locales de diferentes partes del mundo, que articularon documentos preparatorios y donde se pudieron escuchar voces diferentes: “Lo que afecta a todos debe ser tratado por todos”.

El 7 de septiembre ha llegado a las Diócesis de todo el mundo el Documento Preparatorio de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que se abrirá los días 9 y 10 de octubre en Roma y el 17 de octubre en las Iglesias particulares, y que concluirá en el Vaticano en 2023 con el título: “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Es decir, un sínodo sobre la sinodalidad. El sínodo tendrá cuatro fases. La primera, será una Fase Diocesana, donde se realizará una consulta al Pueblo de Dios, movimientos de laicos, escuelas y universidades, congregaciones religiosas, comunidades cristianas, grupos de acción social, movimientos ecuménicos e interreligiosos y otros grupos. La segunda tendrá como protagonistas a las Conferencias Episcopales y a los Sínodos de las Iglesias Orientales, donde saldrá un primer Instrumentum Laboris. Una tercera fase es Continental, de donde se elaborará un segundo Instrumentum Laboris, que guiará los trabajos de los Padres Sinodales en la Asamblea de octubre de 2023 en Roma (Cuarta Fase).

Un sínodo necesario ya que debemos superar el fuerte “invierno eclesial” en el que estamos metidos y hacer frente a los nuevos desafíos de este milenio. Una crisis que no se le escapa a nadie: la realidad de los abusos de conciencia, de poder y sexuales por una parte de sacerdotes y consagrados; por un deficiente liderazgo de la jerarquía más centrada en sí misma que en la persona y en los que sufren; el elevado clericalismo en la vida de la Iglesia colocando al pastor en una posición de exacerbada preminencia sobre la comunidad, con una formación muy intelectual y poco humana que pueda caminar con el pueblo de Dios en las dificultades de la noche; por el excesivo individualismo parroquial dispersando recursos y estrategias, hay sacerdotes que son obispos en su parroquia, no ayudando a crear redes diocesanas; por un fuerte debilitamiento de la fe, por una fuerte separación y desencuentro entre la cultura y el Evangelio; el retroceso en los últimos años del siglo XX de no haber sabido interpretar “los signos de los tiempos”; el desafío de la globalización, con los nuevos medios de comunicación y la fuerte movilidad de las personas, la desigualdad global, etc.

En este nuevo milenio, queremos una nueva forma de ser Iglesia, que esté en lo más profundo de su esencia, donde todos se animen a decir lo que piensan y sienten, a escuchar lo que se dice y a mirar con libertad lo que se hace. Es decir, que actúe en el sentido más genuino de la sinodalidad.

Deberá ser una Iglesia profética, que sepa poner en el centro a Dios en la cotidianidad de la vida desde el resucitado y, con ayuda del Espíritu, su misión deberá subrayar la atención a los más pobres y necesitados, como el hambriento, el preso, el inmigrante, los engañados y abusados, el enfermo y el que vive en soledad. Una Iglesia pobre y para los pobres, comprometida con las necesidades de los seres humanos y los derechos de todos. En ella todo el Pueblo de Dios estamos llamados a alzar la voz y a navegar contracorriente en los mares de la política, la cultura y la economía.

Necesitamos una Iglesia esperanzada y esperanzadora, continuamente en movimiento para enchanchar las miradas y hacer soñar de nuevo aquellos que perdieron la esperanza, invitando a la renovación y a la conversión. Para ello tiene que ser una Iglesia esperanzada, no pesimista y sin fuerzas como se aprecia en muchas reuniones. Deberá ser una Iglesia centrada en la acción salvadora y con ganas de un futuro mejor.

Una Iglesia centrada y convertida a Jesucristo y a su reino. Es necesario volver a Jesús, que para un cristiano lo es todo y es el eje de la historia, lo debe poner en el centro de la propia vida y trabajar por la construcción del reino. Una Iglesia, cuyos integrantes experimenten una profunda experiencia de Dios en el fondo de su corazón para responder los grandes desafíos de este mundo, lo que se ha llamado una “Iglesia mística”.  Una Iglesia mistagógica que sepa iniciar en los misterios de Dios y en la experiencia del Espíritu. Porque es ahora el tiempo del Espíritu. Una Iglesia que de sentido a la Palabra y a los desafíos del mundo para ello necesita cristianos adultos. No una iglesia intimista y protegida, sino de personas abiertas, acogedoras y libres embarradas en la arena de la historia y en la causa de Dios.