El dispendio

El 11 de septiembre de 2001, cuando Al Qaeda desencadenó los atentados más mortíferos de la historia de Occidente, Kabul estaba bajo control talibán. Justo 20 años después, tras una guerra en la que Estados Unidos habrá desembolsado 825.000 millones de dólares en gastos militares, los talibanes vuelven a controlar la capital afgana, habiendo retomado el país en muy poco tiempo. En menos años, pero también iniciado el lapso a principios de siglo, Venezuela comenzó, una vez más en su historia desde 1920, a cosechar el oro negro del que es beneficiaria alcanzando un nivel de derroche a lo largo de unos tres lustros de una cifra millonaria ligeramente superior a la dilapidada por los estadounidenses. Se habla en torno a 950.000 millones de dólares. Además de aceitar la corrupción del régimen, buena parte se fue en programas de supuesto contenido asistencialista y en financiar las aventuras bolivarianas regionales de la megalómana clase dirigente ahora emanada en torno al chavismo. El dispendio campea por doquier.

Dos décadas suponen cerca de una cuarta parte de la vida de la mayoría donde se desarrollan un sinfín de proyectos con resultados muy diversos. Otra cosa es su significado para la historia de la humanidad ya que apenas son un suspiro y no se diga si la referencia es el universo. En Afganistán se buscaba a un hombre responsable de generalizar el terror a escala planetaria que finalmente fue encontrado y ejecutado en Pakistán. En Venezuela, otro hombre proyectó de forma pacífica sus obsesiones mesiánicas del país a un continente que concibió que el progreso estaba al alcance de la mano; su muerte, en conjunción con un brusco cambio de la tendencia en la economía mundial, supuso el colapso de su designio. Me pregunto por toda la gente que quedó en el camino, desde los compañeros de viaje en mayor o menor medida a la gente silente. Me pregunto por el centenar de muertos españoles y por los 3.500 millones de euros enterrados en Afganistán.

La tragedia es consustancial con la vida humana. También lo es la farsa. Desde el gran teatro del mundo hasta la hoguera de las vanidades no faltan sutiles interpretaciones de su devenir a lo largo del tiempo. En un escenario de expansión del capitalismo, cuando se ha llegado al máximo nivel conocido de población del planeta, aunado con el deplorable deterioro medioambiental, un billón de dólares puede parecer una cifra menor. Un monto asumible por un fluir financiero que no tiene descanso y que efectúa saltos inverosímiles hasta hace poco como el protagonizado por las criptomonedas. El Salvador es un ejemplo. Inaugura ahora una etapa insólita en la que un Estado adopta por ley el bitcoin y abre la puerta a otro tipo de dispendio. Uno liderado por un presidente narcisista que no cuenta con cortapisa alguna en el ejercicio de su poder, pues entre la voluntad popular y su eficaz empeño en la eliminación de todo contrapeso institucional convierte a sus conciudadanos en conejillos de indias.