Las Arribes al día

Los famosos encierros de Lumbrales

En las fiestas de los toros, la parte más fuerte de ellos siempre eran los encierros, ya que la inmensa mayoría de los jóvenes corrían. Y en aquellos tiempos, los encierros comenzaban en el prado del toro, y lo primero que hacían quienes iban con los caballos era apartar a los toros, para que solo salieran los que correspondían a ese día.

Una vez separados, ya se salía y comenzaba el recorrido del encierro, que como todos sabemos, siempre era con los caballos debido a que era la única forma de manejarlos para poder hacer los encierros. Luego, la llegada no tenía hora exacta, solía ser alrededor de las doce y media, pero todo dependía de los contratiempos que hubiera en el trayecto. Una hora antes de su llegada al pueblo, la campana de la torre del reloj, manejada por el señor Ignacio ‘cucuví’, era la que animaba y avisaba de que ya venían en camino los toros. Y a medida que estos se iban acercando, iba subiendo el tono de la campana, lo que significaba que ya se iban acercando al pueblo, eso hacía que los mozos ya comenzaran a ponerse nerviosos y en tensión por la cercanía de estos. Y aún más, cuando las campanadas comenzaban a sonar con más rapidez y energía, pues eso queria decir que ya estaban dentro del pueblo y que había que estar ya a punto para empezar a correr, ya que serían escasos segundos los que tardarían en aparecer. Era en ese momento cuando más tensión se creaba en los corredores y cuando los corazones comenzaban a latir fuerte. Y seguidamente, ya se veía que la gente de atrás daban saltos y empezaba a correr. Era entonces cuando ya había que esperar el momento justo para salir disparados y a ver si se podía entrar corriendo en la plaza, ya que eso era lo que más gustaba a todos. Pero la cosa se complicaba, porque se sabía que en el recorrido, al haber tantísima gente, había muchos empujones, tropezones y caídas de corredores. Los que más miedo tenían, a veces iban abriendo paso con los brazos para avanzar más, pero lo que ocurría con ello es que a veces hacían caer a un montón de corredores y se creaba más tensión todavía. Justo en la entrada de la plaza, al coger la vuelta, siempre se caían corredores, lo que hacía que se formara un inmenso griterío y algarabía en la plaza.

Esa tensión que se tenía, la emoción que se sentía al correr y el buen ambiente de todos los que corrían, es lo que creaba ese gusanillo en cada uno de los corredores. Y es lo que hacía vivir los encierros de una manera tan especial y excepcional. También hay que decir que quien no haya corrido y no lo haya vivido, no puede saber ni comprender lo que es eso, ya que es algo muy especial que se siente dentro de cada uno.

Después de terminado el encierro, todos íbamos a ver las fotos que exponían los fotógrafos de dicho encierro, allí las mirábamos y las ojeábamos a ver quiénes habían salido en ellas y a ver quienes iban más cerca de los toros. Luego comenzaban los comentarios y las anécdotas de todo tipo, sobre lo que había pasado, o de lo que cada cual había visto. Unos decían que los habían empujado, otros si se habían caído, otros que no los dejaban correr, otros que le había pasado un toro rozándole, etc. Con esos dichos y comentarios todos disfrutábamos a lo grande. Luego todos contentos y felices tomábamos algo y seguidamente todo el mundo se iba a comer a sus casas.  

Pero lo que es cierto, es que los encierros de ahora ya no tienen nada que ver con los de antiguamente, ya que entonces corrían todos los jóvenes e iba lleno todo el recorrido de gente. No hay más que fijarse en las fotos que circulan por todas partes.

Texto y fotos: Manuel Corral Arroyo