Las Arribes al día

El día de la cabalgata en las fiestas de Lumbrales

Antes de que llegaran los días de toros, los mozos del pueblo ya hacían sus investigaciones para ver quiénes tenían buches para vender, con el fin de dejarlos encargados y con la intención de ir a buscarlos el día anterior a la cabalgata, para que se los prepararan para ese día, pues eran muy apreciados por los mozos en aquellos tiempos. Con ellos hacían una buena comilona a últimas horas de la tarde, el día de la cabalgata.

Como siempre, el día de la cabalgata era el viernes, normalmente ese día toda la gente trabajaba hasta mediodía y luego se comía en casa. Y después de comer, con muchísima alegría y emoción se empezaban a juntar los mozos y las cuadrillas para preparar todo lo que tenían que llevar: las caballerías, los carros, el vino, las meriendas, etc. Era entonces cuando comenzaba el trasiego de caballerías, de burros, mulos, caballos y montones de carros tirados por sus correspondientes yuntas, y todos ellos iban llenos, especialmente de jóvenes.

Ya con todos los preparativos comenzaba el buen ambiente, el cual prevalecía durante todos los días de los toros. Aquello creaba un ambiente festivo y digamos en cierto modo de desmadre, allí se desfogaba la gente de la tensión que había acumulado durante todo el verano, luego siempre había quienes hacían cosas un poco a lo bruto, pero sin malicia alguna, ya que eran cosas sanas. Era como un desmadre festivo por la alegría que se tenía, pues todos se explayaban y se dejaban de lado todos los prejuicios. Luego, alrededor del prado del toro, se llenaba todo de caballerías y carros, allí se comía, se bebía, se corría, se cantaba, se bailaba y se hacían cincuenta mil tonterías, allí no había formalismos, todo era espontáneo. Pues en aquellos tiempos, había un modelo de conducta muy arraigada de respeto. Y aunque todo era un verdadero follón y un verdadero lío el que se preparaba, todo era alegría y armonía entre todos. Todo aquello se hacía de forma muy sencilla y desordenada, pero de forma sana, lo que creaba un ambiente inolvidable.

A últimas horas de la tarde, ya llegaba la hora de ponerse bien puestos y allí todas las cuadrillas sacaban sus meriendas, ofreciéndose entre ellos lo que tenían, y muy especialmente los buenos vinitos de las viñas del pueblo. Y dichos vinos no paraban en las manos, ya que andaban circulando por todas partes. Muchos tenían carne preparada de los famosos buches, pero lo que más primaba era todo lo mejor de las matanzas y el buenísimo queso que hacían las mismas familias del pueblo. Sin olvidar también, los inmejorables hornazos bien rellenos de chorizo, jamón y lomo. Allí toda la gente comía y bebía a discreción y se ponían bien puestos. Luego para beber, únicamente se llevaba vino en garrafones de cristal de un cántaro, que para quienes no lo sepan, son 16 litros. Luego allí salían los mejores vinos de las viñas de Lumbrales, que como sabemos, en tiempos pasados eran muy famosas en toda la comarca. Todo aquello hacía que hubiera una gran armonía. Y a últimas horas de la tarde y después de bien comidos, bien bebidos y haberse desmadrado en el buen sentido de la palabra, llegaba la hora de dar comienzo a la cabalgata. Era entonces cuando comenzaba el recorrido hacia el pueblo, que son alrededor de cuatro kilómetros. De allí todo el mundo salía con toda clase de caballerías, con sus carros y correspondientes yuntas, otros a pie o cada uno como podía. Había algunos que adornaban las caballerías y los carros con ramajes o plantas, para dar más realce y alegría a la fiesta. Luego, durante el recorrido, muchos jóvenes iban haciendo filigranas y tonterías encima de las caballerías, unos poniéndose de pie encima de ellas, otros subiendo y bajando, y la gran mayoría cantando. Lo que sí es verdad, es que todos venían bien contentos y alegres pasándoselo a lo grande, pero en eso también influía el buen vinito del pueblo que habían bebido. Y en la entrada al pueblo es donde comenzaba la parte más bonita, ya que todo el recorrido estaba abarrotado de gente a ambos lados de la carretera aplaudiendo y haciendo toda clase de comentarios sobre los que pasaban. Todo ello era una emoción y un clamor, lo que creaba un ambiente excepcional. La plaza era el final del recorrido y estaba rebosando de gente esperando que llegaran todos los asistentes de dicha cabalgata, y de camino, escuchar las palabras animosas, entusiastas y de bienvenida del famoso Manolo ‘rojo’, el que animaba, ensalzaba y enaltecía las fiestas de los toros que terminaban de comenzar. Y lo hacía desde el centro de la plaza, desde encima de un carro o de una caballería.           

Verdaderamente era una autentica alegría el paso de la cabalgata por todo el recorrido. Todo ello era alegría, jolgorio y clamor, allí todo el mundo disfrutaba y estaba contento. Y como había gente de todas partes, todo eran saludos efusivos y de bienvenida, recordando las cosas del pasado. Y lo más bonito de todo era la buena armonía que había entre todo el mundo. Se podrían decir muchísimas más cosas sobre la cabalgata, pero no se acabaría nunca. Cabe decir, que entonces no se hablaba de peñas, simplemente se decía cuadrillas de amigos o de mozos.

Texto y fotos: Manuel Corral Arroyo