A la luz y a la sombra de la Biblia

A José Manuel Hernández 

y sus grupos de Biblia.

Tiene nuestro idioma hermosas expresiones que rescatan y abanderan el mejor significado de las palabras. Es el caso de “a la luz” y “a la sombra” de algo. La primera de estas expresiones alude a cómo determinados hechos o experiencias iluminan acontecimientos de un proceso histórico o momentos de una vida; y la segunda, lejos de significar nada oscuro, implica, por el contrario, aportar un cobijo o resguardo (salvaguarda sería la palabra elegida por José Luis Puerto) para lo que se produce a la sombra de aquello que se pretende resaltar. 

Afloran estas reflexiones, al hilo de una lectura de Jiménez Lozano, acerca de la Biblia y de la trayectoria de siglos durante los que han pugnado las dos opciones (contrarias entre sí) de ocultar la lectura de la Biblia o, por el contrario, estimularla y favorecerla, a aquellos que ajenos o no al mundo religioso y creyente, deseaban saciar en su lectura la sed de conocimiento y disfrute narrativo que ella encierra. Incluso no le faltaba razón a Jiménez Lozano al señalar el déficit que nuestra literatura ha mostrado a lo largo de su historia con motivo de la carencia en ella de los temas bíblicos.

En Salamanca, donde los exégetas de la Biblia impartían sus lecciones urbi et orbe y contribuyeron a la gesta de su dorada edad universitaria, se han producido en las últimas décadas dos pequeños acontecimientos que forman parte de esa historia, la que ha buscado trasladar la lectura de la Biblia a los legos, todavía hoy. Por un lado, en el seno de la facultad de Teología de la Universidad Pontificia, hace aproximadamente un cuarto de siglo, Olegario González de Cardedal (y probablemente con él también el que fuera rector José Manuel Sánchez Caro) quiso que los laicos pudieran acceder a los estudios de Teología.

Obviamente esto ya era posible en sí, pero lo que se buscaba era generar una dinámica estable y sistemática a través de la cual no fueran ya, solo y en su mayoría, personas vinculadas al ámbito eclesiástico quienes accedieran a esos estudios. Al margen del resultado concreto, la idea resalta la preocupación de ciertos sectores de la Iglesia católica por que el conocimiento de la Biblia sirviera para iluminar y resguardar a los creyentes de nuestros días.

El otro acontecimiento, producido unos años antes, también menor sin duda en la historia de la fe, pero esencial para la microhistoria de la diócesis de Salamanca en el paso del siglo xx al xxi, lo constituyó la creación de los Grupos de Biblia en la parroquia de la Purísima de Salamanca, de la mano de José Manuel Hernández Sánchez. Durante los últimos cuarenta años estos grupos han servido a miles de personas (sin conocimiento de teología en la inmensa mayoría de los casos) para llevar a cabo un acercamiento a la Biblia que ha supuesto la profundización en sus libros, temáticas, lenguajes… siempre conscientes de que la Biblia es la literatura de un pueblo escrita desde la fe.

Precisamente en estos grupos de Biblia he tenido la suerte –como otros muchos creyentes, no pocos de ellos con mayor y mejor aprovechamiento que yo– he tenido la suerte, digo, de encontrarme a la luz de la Biblia y su lectura un mundo inmenso que todavía hoy estimula y fortalece mi fe y su vivencia. Y también me siento afortunada por haber podido hallar a la sombra de la Biblia un cobijo y un resguardo que el creyente en ocasiones necesita como un oasis en el severo paisaje de arenas y dunas (de penas y dudas, podría decirse también) que es la vida del creyente a la intemperie de nuestro mundo. 

A la luz y a la sombra de la Biblia y de quienes han empeñado sus vidas en darla a conocer se ha desarrollado buena parte de mi vida. Ayer, celebrando con San Ignacio el aniversario de mi matrimonio, también pensé en lo que debo a aquellos Grupos de Biblia, donde Fernando y yo nos re-conocimos.  

 

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