Cuba, ¿ya se acabó?

Hay temas, o quizá basta con una sola palabra, que su mero enunciado posiciona a la audiencia. Sin medir palabra, la gente toma partido cuando los escucha o los lee. Se trata, a su vez, de términos que suelen arrogar un significado mítico. Integran, además, la complejidad y recogen factores constitutivos múltiples. Son sinónimo de (des)esperanza, pero también de desvelo, de tragedia, de farsa. Todo el mundo tiene una opinión que avala el (des)afecto que posiblemente es previo al conocimiento.

Cuba es uno de ellos. Cuando como profesor abordo su caso de estudio me resulta difícil encontrar el equilibrio. La pura descripción es casi una fantasía. Las fuentes aparecen contaminadas. Detrás de cada una hay pasión, interés, compromiso, exilio, alegría, dolor, drama. Ni que decir tiene que todo vaticinio resulta vacuo. Llevo cuarenta años explicando la lección y nunca me atreví a apostar por futuro alguno.

Hoy me parece que algo nuevo ha surgido y que el cambio está en ciernes. No es solo que, como se viene repitiendo una y otra vez, “el modelo esté agotado”. Aunque es obvio que lo excepcional está ahí, no se trata tampoco de que el carisma de Fidel, desaparecido hace cinco años, no se herede -si bien su hermano Raúl lo usufructuó-. Tampoco es debido a los efectos del llamado bloqueo, o embargo, como se quiera, que han martirizado a la población en la vida cotidiana y dado un sólido argumento a la nomenclatura para mitigar su ineficacia. Menos afectan las movilizaciones que ocurren en el vecindario. Ni siquiera el desgaste generado por la COVID-19 o el derrumbe del turismo. No obstante todo suma.

La Revolución se sostuvo por diversos factores de acuerdo con el tiempo, la edad de los protagonistas, y el contexto mundial, pero siempre contó con al menos un socio relevante externo. La Unión Soviética lo fue al principio (1959-1989) y Venezuela después (1999-2020), actualmente poco queda, mientras que China desempeña un papel marginal. Por otra parte, la simpatía que generó en la izquierda mundial mengua porque ahora entiende poco de añoranzas y sabe que el fluir de la calle es la respuesta a la frustración, cuando no al hambre, al autoritarismo o a la opresión. Hoy, el Movimiento San Isidro, de sólido perfil cultural, ha sido el clarín del cambio.

La Contrarrevolución está en las redes sociales y tiene su himno, como no podía ser de otra manera dado los tiempos que corren. Unos raperos, Osorbo y El Funky, que conciertan el interior con el exterior de la isla cantan “ya se acabó” y reemplazan el sagrado santo y seña, que es el epítome disyuntivo por excelencia del martirologio revolucionario, de “patria o muerte” por el lúdico festivo copulativo de “patria y vida”. Mientras tanto, el presidente Miguel Díaz-Canel, en un país donde internet se apaga, ha proclamado enfáticamente que “la orden de combate está dada” a la vez que las fuerzas de seguridad detienen en directo de una transmisión a la youtuber Dina Stars.