¿Los afectos no se negocian?

Uno de los factores que tiene mayor predicamento a la hora de entender lo que ocurre en la plaza pública se refiere al papel que juegan los sentimientos. El papel de las pasiones es un asunto muy viejo que ocupa un lugar destacado en el pensamiento clásico que ha recobrado actualidad en los últimos tiempos avalado por estudios tanto de la psicología como de las neurociencias. Además, el imperio de las nuevas formas de comunicación facilita la emotividad gracias a sus formatos simplificados y a la tendencia a gestar comunidades virtuales siguiendo el trazo de las redes. No hay nada más eficaz, y perverso, que frente a una situación compleja se reaccione con la simple e instantánea pulsación de un emoticono que, a la velocidad del rayo, puede hacerse viral. La expresividad de la reacción humana ante el conflicto queda así reconducida y encapsulada en el seno de un grupo y, a la vez, satisface la necesidad de respuesta.

Deambular en la vida requiere de capacidad y de energía para gestar acuerdos que permitan resolver las tensiones que envuelven la existencia. Se trata de ordenar las relaciones que los seres humanos tenemos con la naturaleza y también entre nosotros para gestionar una fase de la existencia en la que a partir de un determinado momento la negociación forma parte. Entonces, llegar a acuerdos en los que se ceden posiciones que inicialmente parecían sustantivas es un arte y un paso decisivo en la andadura de los grupos.

En un determinado momento este proceso dilucidó que, por encima de todo, había razones que se debían imponer a las emociones. La convicción se mantuvo durante varios siglos de modo que el debate sobre el quehacer se centró en aquellas y, a la vez, se ningunearon los afectos que no eran parte del juego. Al contrario, referirse a ellos era un signo de inmadurez. El corolario aconteció pronto porque algunos adquirieron un carácter intocable haciéndose innegociables: la familia, la religión, la patria.

Mi amiga dice de sí misma que es extremadamente cerebral por lo que no acepta que sus querencias vean la luz. Eso significa que nunca habla de ellas y que no las explicita. Mantiene a rajatabla la esfera de lo público frente a lo privado, un espacio recóndito donde reconoce sentir cariño por personas, animales, cosas e incluso ideas. Me cuenta que hace años sufrió de seguido varias experiencias negativas en las que se sintió chantajeada en el terreno de los afectos. Tuvo que negociar y en la transacción sintió que parte del mundo que había construido se le derrumbaba. No tuvo nada que ver con su divorcio, me explica, puesto que se dejó llevar por un mediador profesional. Con la mirada perdida y tras haber contenido la respiración me suelta a bote pronto: ¿Qué crees que vale más, la fidelidad o la piedad?, ¿es soportable ser desleal a quien quieres?, ¿la tranquilidad de tus amigos puede construirse sobre el dolor personal?, ¿es admisible odiar a desconocidos?