Gestionar la derrota

Toda victoria es una victoria pírrica porque, como las aves cuando se hallan luchando en el cielo frente a una corriente de aire, solo se aguanta ahí arriba un tiempo, y si no se esquiva la fuerza del viento, las consecuencias son terribles. Siempre que asisto a uno de esos combates aéreos viene a mi mente el mítico vuelo de Ícaro. Ningún esfuerzo es eterno ni siquiera en lo más alto o dicho de otro modo, como escribió un historiador, “el éxito nunca es definitivo”.

La novela negra en todas sus variantes, cuya letanía “no hay crimen perfecto” se entona desde hace siglo y medio como uno de los subgéneros literarios de mayor éxito, incide en ello desde sus inicios, y con especial fuerza en las últimas décadas. Tal vez porque es en el crimen donde se reproduce uno de los escenarios más significativos de la creencia –tan humana, por otra parte– de que los hechos que llevamos a cabo, son irreversibles y pueden permanecer ocultos e impunes. Nada más lejos de la realidad, ante el crimen también, pues todo tiene su declive, su vuelta, su momento de asumir las consecuencias. Quizá porque es necesario para equilibrar todas nuestras acciones.

Lo difícil, sin embargo, lo heroico incluso, pues en muchas ocasiones el contexto así lo muestra, es gestionar la derrota. Y esta, entendida las más de las veces como mero declive, es ese momento, que siempre llega, en que torna la suerte y todo se vuelve crepuscular. Es ese momento en el que no se piensa al subir, pero del que es imposible zafarse al bajar. Estoy hablando de la asunción del poder en un partido o en un gobierno en horas bajas; en la gestión de una institución durante los últimos días, cuando ya se afilan los cuchillos y se preparan los ajustes de cuentas ante los errores o excesos cometidos. 

Pero hablo también del momento en que se encara la vida con menos fuerzas e ilusión que antes, cuando uno sabía que era joven y conocía a la perfección las características de ese estado, la perfecta descripción del territorio por el que atravesaba. Y hablo también del momento en que los hijos se van del escenario y dejan solos a los padres ante el público, y estos dejan de ser padres para volver a ser, de nuevo y ya para siempre, un matrimonio. Estoy hablando, en definitiva, de cómo enfrentarse tras una carrera exitosa, en una sociedad tan aduladora y adoradora del éxito como la nuestra, a ese momento en que otro ocupa nuestro lugar en el Olimpo. Billy Wilder llevó a cabo un magistral retrato de ello en el séptimo arte con la genial “Sunset Boulevard” que en España se tradujo con el wagneriano título, tan acertado por el drama y el cromatismo, de “El crepúsculo de los dioses”.

Es a lo que Kipling se refirió en su conocidísimo poema cuando hablaba de ser capaz de tratar de igual manera al triunfo y a la derrota, impostores ambos pues el péndulo de la historia y de la vida los reparte por igual. Dice Wikipedia que este poema es un ejemplo literario del estoicismo de la época victoriana. Pero si solo fuera eso no seguiría recitándose hoy en día, cuando la época victoriana está tan lejos de las islas como el 98 de nuestra península. No, If” (“Si”...) es un poema clásico porque nos sigue hablando hoy a cada uno, más de un siglo después de que su autor lo escribiera. En el fondo es parte de la sabiduría perenne que deberíamos dominar antes de adentrarnos en los territorios de la inteligencia artificial a cuyas puertas parece ser que estamos llamando ya.