Más preguntas

Cuando sabíamos las respuestas nos cambiaron las preguntas. Sí, es la historia de nunca acabar. Una relación que se muerde la cola o una espiral infinita. La gente vive en un mar de dudas que se renuevan, aunque algunas personas crean que están en posesión de verdades incólumes. La dialéctica ya contribuyó a dibujar este escenario creando una lógica endemoniada. El asunto nunca se detiene. Si para él no hay nada nuevo bajo el sol para ella la perplejidad es un motivo de asombro. La curiosidad de la naturaleza humana se encuentra en la base de todo y lo inconmensurable de la vida es la trampa que mantiene la saciedad o el escepticismo. Más preguntas.

La mayoría del estudiantado parece respirar satisfecha porque ha encontrado la aparente solución definitiva que aportan los apuntes manufacturados en internet de todas las materias que se suma a la más oprobiosa de los trabajos a la carta. Aquí las preguntas están limitadas en un temario que reúne lo que se debe saber, hay poco margen para la sorpresa y raras veces la originalidad se premia; por eso las respuestas son ristras de salchichas que se confeccionan según patrones bien definidos. Las contestaciones configuran un ritual que supone la verdad oficial. Hay poco que añadir

Sin embargo, hay interrogaciones imperecederas. Algunas son de carácter más íntimo y subjetivo. Otras, aparentemente, se relacionan con pautas más externas y objetivables. Quién has sido, quién eres, qué te gustaría llegar a ser, definen un orden de parámetros vinculados con las primeras, mientras que de qué y cómo vives o has vivido o esperas hacerlo, lo están con las segundas. Frente a la procelosa cuestión de la identidad se alza otra más prosaica que no sé muy bien cómo definir. Si bien se pensó que las profesiones solventaban el problema trazando un puente, puesto que se era algo y se vivía de ello, no se cayó que había una dimensión más allá al cuestionarse el para qué y el por qué se vivía.

Hoy es el tiempo de la identidad hasta llegar al paroxismo. Tal es su vigencia que la fragmentación y el pluralismo en donde nos movemos definen el orbe político como nunca, de ahí la abrumadora presencia de relatos que intentan aunar lo que se ha sido o lo que se pretende ser desmembrando poco a poco la existencia hasta configurar islotes de soledad. Obsesionados por saber quienes somos, hemos cambiado viejas y simples coordenadas en torno al cuerpo (desde el color de la piel hasta el sexo), al grupo social en el que nos movemos (desde la familia a la nación) o al credo de principios transcendentales que procesamos en torno a la secta religiosa para entrar en sendas turbulentas que nos llevan a un mundo nuevo. Me viene a la memoria la anécdota de Josep Plá que, fascinado ante el espectáculo nocturno que le brindaba la ciudad de Nueva York con las luces prendidas de los rascacielos, se preguntaba: “¿Quién paga todo esto?”