El mar

He fantaseado con la ausencia de lo que nunca estuvo, con aquello que cuando lo descubrí, y sin entonces saberlo, se hizo parte de las sensaciones que contribuyeron a levantar más tarde la añoranza. Apenas había cumplido seis años y el litoral barcelonés constituyó mi epifanía. A partir de entonces se fueron acumulando momentos que sumaron lugares distintos a sensaciones enriquecidas por la diferencia. Desde el olor del salitre al cúmulo de colores entreverados por el agua, el cielo y la luz; desde la brisa infatigable que eriza la piel a la humedad que la suaviza; desde el rumor incansable de las olas al griterío histérico de las gaviotas; desde la plasticidad de la arena a la dureza de las rocas.

Sentado en la duna, después de haber caminado por la orilla con los pies desnudos chapoteando y de recoger conchas de textura imprecisa, manoseo versiones sobre el sentido de este viaje. Busco confundir mis motivos e ignorar el peso del pasado reciente para olvidar lo que ha sucedido porque la huella no es como la que hace apenas unos minutos dejé sobre la arena y cuyos contornos ya se han desvanecido. Absorto, ahora pienso en las otras ocasiones que vine a la Barra de Aveiro que es la costa más cercana a Salamanca. Un destino no pocas veces deseado. Los recuerdos se confunden como siempre y, por tanto, no ayudan a borrar lo inmediato ni logran elaborar un guion comprensible.

Si bien es ocioso, sé que una de las cosas caprichosas que he echado de menos durante los últimos quince meses, y cuya falta se ha agudizado según pasaban las semanas, ha sido la experiencia del mar. Como mesetario el océano tiene un significado incomparable del que supone para un costeño. Por eso, ahora, pudiera parecer que la liviana deuda está saldada, pero sé que no es así. Este rato efímero ni siquiera es una coartada con la que soslayar el vacío que genera la rutina que he construido sin afán alguno. Una reiteración que inopinadamente me recuerda el cansino oleaje que, aunque al principio me subyugó, no solo no me aplaca, sino que termina poniéndome en entredicho pues siento que me interroga por las verdaderas razones de mi presencia este mediodía de mayo.

Una pareja llama mi atención por la forma en que caminan entrelazados sus brazos por sus espaldas. Unos metros delante un niño brinca intentando esquivar las olas mortecinas que suavemente se apagan dejando una marca blanquecina en la orilla. No hay nadie más. Puedo imaginar mi vida jugando a ser uno de ellos, hace treinta o sesenta años. Así, quiero superar el bucle en el que me he metido. No me faltan recursos ni tampoco imaginación. Sin embargo, enseguida reconozco que es un ejercicio que puede engendrarme incomodidad. Aborto esa posibilidad y, como al principio, vuelvo a perder mi vista en el horizonte hasta quedar en blanco. Indiferente, sigo sin tomar conciencia de qué hago aquí, pero sé que me encuentro a gusto.