Una revista literaria para Salamanca

Hace unas semanas que llegó a mi mesa de lecturas por medio de mi “secretario”, consejero bibliográfico y bibliotecario particular, un reciente opúsculo publicado por Anagrama en el que el escritor Roberto Calasso (“di también que es editor”, me dice mi secretario al leer esto) se pregunta “¿Por qué se terminó la época de las revistas?” y, aunque él alude a un periodo anterior al actual, principalmente en torno a mediados del siglo pasado, la pregunta se quedó en mi cabeza algunos días hasta posarse ahora en este texto.

Aún no había entrado en la universidad cuando mi padre comenzó a regalarme Quimera, que yo rumiaba y vertía en mis conversaciones y garabatos literarios. De su mano viene a mi mente ahora también aquella maravillosa Vanidades de Charo Alonso y mis queridos años anayescos de juventud, en los que no sabíamos entonces más que nos queríamos leer el mundo y vomitarlo en un papel y todo en una noche. Quizás hubo otras, hasta acabar en las académicas. Parece mentira que una misma palabra designe realidades tan diferentes.

Con el cambio de siglo, apareció y desapareció El cielo de Salamanca, llevada por A. P. Alencart, y también pasaron a mejor vida, a hombros de Alberto Estella, de Bonilla, de Julio de Manueles y de tantas buenas plumas, los Papeles del Novelty, y pasó tras ellos una década dourada (de oro y de Douro) de Salamanca sin que otra tertulia haya recogido el relevo en una ciudad en la que las tertulias han sido también tradición. Ni tertulias ni revistas moran apenas ya en la ciudad. El ágora está en la web y en la plaza las terrazas y cada vez más descafeinadas.

Pasó el tiempo y vimos irse –con enorme tristeza– Álamo, y su alma Pepe Ledesma. También Atril, del Ateneo. Afortunadamente ahí se yergue aún, enhiesta, Papeles del martes, cual atalaya de la poesía junto al Tormes, aguantando mientras lo haga Luis Fraile, que merece no uno sino diez homenajes de esta ciudad porque es la gente como él (la que lee y escribe poesía, la que habla y piensa en latín) la que desde hace siglos permite renovar aún la evocación del nombre Salamanca junto a Roma o Atenas, como bien nos ha enseñado mi querido F. R de la Flor (al final, el texto se volvió nostálgico y se llenó de amigos).

Calasso considera que las revistas declinaron porque decayó la atracción irresistible por lo nuevo”, por lo moderno. No sé si es cierto o no, tampoco si esa idea estaba en la mente de los fundadores de los Papeles que, a finales del siglo pasado, hicieron coincidir su tertulia y su revista con la raíz de la palabra “novedad”, que se halla en el centro del centenario café Novelty. Lo cierto es que añoro ese espíritu y echo de menos una revista literaria en esta ciudad porque creo que a Salamanca solo la sostiene la palabra escrita (y hasta impresa me atrevo a decir) en las aulas, pero también en las librerías, y en las calles, y en las ferias de libro en la Plaza Mayor. Una palabra escrita sin la que esta ciudad de provincias, con todo su rancio abolengo, está muerta.