Madrileñismo

Toda elección conlleva cierto número de efectos. Se equivocan quienes piensan que es una cuestión sencilla relacionada con personas que ganan porque son electas y, la cara opuesta, otras que pierden. En la medida en que los comicios se inscriben en un sistema complejo de actores e instituciones donde los valores y las identidades configuran un marco de referencia sus resultados tienen el poder de trastocarlo todo. Como, además, el escenario suele estar inserto en otros (lo municipal en lo regional, este en lo nacional y de ahí a lo europeo) las consecuencias tienen serias implicaciones.

Por ello, los resultados de las elecciones autonómicas de Madrid, con independencia de que el Partido Popular haya sido claro vencedor con una participación histórica que supera al 76%, tienen una gama muy rica de lecturas. No se trata únicamente, aunque ello no deje de ser relevante, que exista un número notable de titulares que van desde los argumentados con evidencia empírica rigurosa sobre el comportamiento concreto del electorado en cada mesa o en relación con la interpretación del voto analizada mediante encuestas, a los estructurados como relatos con intereses de parte. Sin embargo, uno de los ejes del reciente proceso electoral ha girado, precisamente, en torno a la construcción de una expresión que ha puesto el acento en el madrileñismo. Un extremo que más que un guiño propagandístico puede ser un jalón dispuesto a quedarse.

De poco sirve el argumento de que algo más del 40% del padrón de la Comunidad Autónoma de Madrid no haya nacido en ella porque, aunque parece apoyar que es abierta y cosmopolita; cifras similares e incluso más altas se dieron en Cataluña y en el País Vasco en las décadas de la gran migración interna del inicio de la segunda mitad del siglo pasado y no por ello, sino al contrario, cejó el imperativo del nacionalismo vernáculo. Sin embargo, ahora es el casticismo capitalino el que parece sumarse a la moda identitaria. El resultado es la floración de islas que buscan en el énfasis de su diferencia el sentido de su existencia otorgando crédito a quienes pergeñaron la idea.

Vienen a mi memoria las palabras del personaje nostálgico, a la vez que desengañado, que interpreta Federico Luppi en la película de 1997 Martín (Hache): “No se extraña un país, se extraña un barrio en todo caso. El que se siente patriota y se cree que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento… Tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa”. El milagro de la comunicación radica entonces en que las cañas y los pinchos tomados con los amigos se conviertan en categoría política autóctona tanto como que la libertad sea patrimonio y bandera de una opción política. Pero lo que puede ser más significativo es que la creación madrileñista termine separándose de la españolista irónicamente secuestrada por la derecha. Al final, como dice mi amigo, “con los cafres catalanes y madrileños el lío está montado”.