Lenguaje inclusivo

El Ministerio de Igualdad está haciendo un gran esfuerzo por introducir en nuestras vidas y hablas el lenguaje inclusivo. Una muestra interesante es la nota final de un reciente decreto del Ministerio de Industria que “recomienda”, o sea, que obliga a que, en los documentos técnicos, se hable de trabajador y trabajadora, director o directora, ingeniera o ingeniero, clienta o cliente, etc… Me dio un ataque de risa cuando vi un pequeño video, en el contexto de la reciente campaña electoral para las Elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid, en el que la ministra de Igualdad, Doña Irene Montero, hablaba de los niños, niñas y niñes –una pista de trabajo político para la ministra Montero: a ver si consigue Vd. que el corrector de Google acepte la palabra “niñes”, que se empeña en subrayármela una y otra vez como falta, ¡Qué falta de sensibilidad!-.

     De repente la risa se me quedó congelada en la garganta y los ojos se me abrieron como platos cuando me di cuenta de que lo que la ministro -antes se decía así- pretendía, pero hace mucho que se dice ministra con toda naturalidad, sin necesidad de leyes que obliguen; vamos que el pueblo, la masa de hablantes, utiliza esa palabra en femenino corrientemente; también se emplea, otro ejemplo, la palabra “médica”, refiriéndose a una mujer médico, pero eso suena más paleto, como a poco ilustrado y pueblerino, con perdón para los de pueblo, como yo, que hablamos mucho mejor de lo que los capitalinos creen, y si no, que se lo pregunten a mi abuela, q. e. p. e., que usaba con toda propiedad el subjuntivo, tortura de los estudiantes extranjeros de español.

     Vaya por delante que la ministra puede obligarnos, vía BOE, a utilizar lenguaje inclusivo, sobre todo si tenemos que pedir una subvención o una prebenda gubernamental, que si el texto presentado no está trufado de “alumnas, alumnos y alumnes” –es otro supositorio, que diga supuesto- la subvención será denegada. Es decir, las peticiones serán sometidas a una censura previa, que obligará a los escribientes a practicar la autocensura, que es menos irritante, sobre todo si se consigue la pasta.

     La ministra y el BOE pueden obligarnos, pero otra cosa es que tengan autoridad para ello. En asuntos lingüísticos la autoridad la tienen los hablantes y los que escriben, como quedó demostrado en el caso del catalán, presionado por la dictadura de Franco quien, sin embargo, no consiguió que dejara de hablarse ni asfixió su espléndida literatura. Algo parecido puede ocurrir en la actualidad: por más que se empeñen los políticos y los BOEs, el lenguaje inclusivo no se impondrá y el castellano –español allende los mares y las fronteras- no desaparecerá de España ni de Cataluña, País Vasco, Baleares, Comunidad Valenciana, Galicia y ¿Asturias? (lo digo por el crecimiento exponencial que está experimentando el bable).

     O puede que sí, que el lenguaje inclusivo se imponga y el castellano desaparezca, porque los medios de poder con los que cuentan los políticos en estos tiempos son muy superiores a los de antaño. Y, entonces, a lo mejor tiene razón la ministra Montero: imponiendo una nueva lengua puede que logre colonizar el pensamiento de las gentes, porque “el lenguaje es la casa del Ser”, como dijo Heidegger, gran filósofo y gran nazi, que no son cosas incompatibles, porque el ser humano es muy contradictorio y todo es posible en Granada.

     Pero volviendo al lenguaje inclusivo, por más que obligue el BOE yo no le reconozco autoridad, porque la autoridad es de los hablantes y, los usos consolidados de los hablantes son registrados por las Academias de la Lengua, que creo que son veintidós. Así que, mientras no me encuentre negro sobre blanco el lenguaje inclusivo reconocido por las Academias, no lo emplearé, a menos que se me vaya la olla con la edad y me deje contaminar por tanta propaganda. Y, aun el caso de que las Academias lo autoricen o aconsejen, podría ser que me diera por actuar como mi maestro Unamuno, a contracorriente, que la libertad es tozuda o no es.

     Sé que la noticia sociopolítica del momento son las Elecciones, pero hoy es día de reflexión y, aunque no sea madrileño, no diré nada sobre ellas.

     Antonio Matilla, hablante.