“El hombre tranquilo” cuando la poesía y la música caminan a la par

De nuevo en la Sala B del CAEM para regresar al gusto por la música en directo con fantásticos músicos y unas letras comprometidas
Actuación de 'El hombre tranquilo' en la Sala B del CAEM - Fotos: Fernando Sánchez Gómez

En la íntima, recogida Sala B del CAEM seguimos disfrutando con el reencuentro con el teatro –aún resuena el éxito de la obra “Interior noche” del grupo Eulogic- y con la música a despecho de la distancia, de la quietud aunque los pies vuelen y las palmas acompañen. De ahí que todas las entradas se hayan agotado para asistir a la última propuesta de uno de los grupos más originales del panorama musical salmantino, novedad y solera para seguir deleitándonos.

El foco del escenario ilumina la guitarra acústica de Jimmy López, el compositor y cantante del grupo Banden Bah! que un día quiso seguir el camino de sus poemas que son letras y sus letras que son una lección de vida. De ese empeño nació “El hombre tranquilo” y quiero pensar que fue en los pasillos del instituto donde trabajan, el Mateo Hernández, donde los pentagramas de Jimmy, profesor de filosofía, se aunaron con la guitarra de Daniel Olivares, el profesor de tecnología que, esta noche, toca con la maestría de un instrumentista dedicado a su labor, callada, íntima y ya no tan tímida. Propuesta arriesgada, de letras comprometidas, poemas de amor llenos de gracia, historias de perdedores con reminiscencias de un viejo blues, de un tiempo de rock and roll y de utopía social, la de “El hombre tranquilo” ha logrado ser una apuesta que nos toca el corazón cada vez que Jimmy se toca su sombrero, su gorra, se pone su traje de habitante del escenario y canta con esa voz que llega muy hondo adonde late el corazón de cada uno de nosotros.

Nos tienen acostumbrados a su solvencia instrumental, a su cercanía, a sus letras que son poemas, poemas que son letras y que la prestigiosa editorial Huerga y Fierro convirtió en libro con las delicadas, las indispensables ilustraciones de Carmen Borrego. Destino Dignidad no es solo el libro de poemas de un cantante acostumbrado al escenario, letrista que es poeta y poeta que canta devolviéndole a la poesía su carácter primigenio, sino toda una declaración de intenciones. Las de este profesor de filosofía, maestro de la vida, sereno y estoico, epicúreo y generoso que sigue subiéndose a un escenario con la emoción que da “Haber pasado un año, dos meses y 16 días sin tocar ante el público”. Emocionados y felices, Jimmy y Dani, los puntales de “El hombre tranquilo” le traen al público del CAEM una formación nueva que enriquece su sonido de guitarras perfectamente anudadas, la voz de Jimmy recorriendo los trastes de cada letra, plena de fuerza. Y la emoción de volver al escenario, a la carretera, tiene también el eco de enriquecer los temas con las voces y la presencia de la cantante y compositora Ana Duque, el piano generoso de José Luis Gómez y la sorpresa en la presencia de David Olivares, un joven intérprete de violonchelo que le da profundidad y gravedad a las canciones más sentidas.


Porque ningún instrumento posee esa grave voz que sale de lo más hondo que el cello, y tienen los temas, los nuevos y los que ya conocemos, otra cualidad, un eco que enriquece mientras el piano se desliza entre las dos guitarras, esa de Daniel Olivares que tan bien suena, y las voces se trenzan para recorrer los poemas que son canciones y las canciones que son poemas. Y de nuevo, el discurso acompasado de López Encinas sigue lleno de reconocimiento, de utopía, de empatía, de amor, de humor, y de hermosos arreglos para sacar el máximo partido de la emoción y de los coros entregados de Ana Duque. El resultado, adornado de un juego de luces muy bien llevado y un sonido excelente, no puede ser mejor.

Concierto con la emoción de reencuentro y la novedad de la nueva formación, nos devuelve el gusto por la letra que se reconoce y se canta, la referencia literaria que tan cara le es al intérprete que se siente cómodo recorriendo las letras y el mástil de una guitarra que ya nos es familiar. A su lado, con esa elegancia exquisita de un músico cada vez mejor si cabe, Daniel Olivares. Ambos, hombres tranquilos, se dejan acompañar por el piano, por la voz y la percusión y, sobre todo, por la profunda, inconfundible voz del cello. Y es el eco el que queda en esta caja negra plena de aplausos y palmas que acompañan. El eco de la música sentida, vivida, gustada y entregada.

Charo Alonso.
Fotografías: Fernando Sánchez Gómez.