Tiempos de vacunas

A la mortificación del confinamiento, de la expansión de la incertidumbre hasta llegar a hacerse crónica y del correspondiente debate sobre las medidas públicas implementadas sigue el momento del paliativo por excelencia: la vacunación generalizada. Todo lo que quedó atrás ya no importa, es un pasado amortizado, aunque para muchos el dolor y el miedo sigan enquistados en su existencia. ¿Por cuánto tiempo?

Los debates se suceden sobre la bonanza de una u otra vacuna, sobre los calendarios y los criterios de vacunación, sobre las estrategias implementadas donde confluyen las lógicas del mercado o del dirigismo público estatal. Criterios variopintos que dan pábulo, una vez más, a la confrontación política entre quienes entienden que están en posición de la verdad. Reconcomidos por la soledad y el individualismo esperamos con mayor o menor paciencia lo que no termina por llegar. Pero el mundo es ancho y ajeno y la casuística desborda el limitado pequeño universo en el que nos movemos.

Mi amigo vive en un estado fronterizo de México con Estados Unidos donde la pandemia ha golpeado severamente. El pasado fin de semana tomó un vuelo de poco más de una hora para vacunarse en el país vecino. Está contento porque así ha superado la ansiedad que lo embargaba, de manera que después del pinchazo de una dosis única siente que se ha salvado de una depresión crónica no identificada para alcanzar un estado de liberación mental.

Me cuenta que es uno más entre casi la mitad de la gente de su entorno social que ha hecho ese viaje y considera que antes de que acabe el mes la mayoría estará en su situación. Ante mi pregunta de si esa vacuna tendrá reconocimiento en su país me responde que más adelante las autoridades mexicanas terminarán confirmando esa circunstancia en el registro de vacunaciones, pero que de momento no quiere hacerlo público por un prurito nacionalista, y por cierto respeto institucional, añade.

Ella vive al sur de Quito adonde llegó desde la provincia vecina de Cotopaxi procedente del medio rural. Sus tres hijos son adultos y ya tiene dos nietos. Sus padres murieron hace dos meses con una diferencia de seis días y pudo desplazarse al entierro de ambos salvando todo tipo de impedimentos. Su hermana mayor se ocupó de todo el engorro que conllevó el proceso de enterramiento en el que no fue necesario certificar la causa concreta de la muerte. La edad avalaba plenamente su candidatura a un final más o menos próximo.

En su jornada laboral ella atraviesa todos los días de sur a norte la ciudad en un autobús lleno de gente apretada como sardinas en lata que lleva la mascarilla obligatoria. Ha visto con estupor cómo se han sucedido seis ministros de Sanidad y no entiende muy bien por qué en la campaña electoral ninguno de los dos candidatos de las elecciones presidenciales del domingo en las que ha anulado su voto, hayan referido nada concreto e inteligible para afrontar el calendario de vacunación.