Ser Mujer. Christine de Pizan

Si mi colaboración de la semana pasada terminó con unas palabras de Soledad Gallego-Díaz, la primera mujer en dirigir un periódico de tirada nacional, en las que se lamentaba de que a veces parece que para combatir la discriminación de la mujer hace falta ser mujer; me parece oportuno comenzar la de esta semana con una reflexión del Jean-Paul Sastre[1]: La libertad es lo que haces con lo que te han hecho. Sin duda, nuestra protagonista de hoy supo muy bien qué hacer con lo que le habían hecho. Se atrevió a defender ideas “revolucionarias” en pleno siglo XV, un siglo de invocaciones y descubrimientos, en el que el Renacimiento italiano se abría camino en toda Europa.

Christine, nace en Venecia en 1364, hija de un astrólogo y físico de la corte del canciller de la república, Tomaso de Pizan. Casi recién nacida su familia se trasladó a Paris al aceptar su padre un puesto en la corte del rey Carlos V de Francia.

Con apenas 15 años se casa con un Secretario de la Corte, Étienne du Castel.  Diez años después, muere su padre y también su esposo de forma inesperada, los dos hombres que siempre la animaron y ayudaron a poder contar con una exquisita formación intelectual, recibiendo lecciones de historia, filosofía y medicina. Así que, con 25 años se encuentra viuda y teniendo a cargo tres niños, a su madre y a una sobrina menor. En aquella situación, y en aquella época, había pocas opciones para una mujer: casarse otra vez o ingresar en algún convento. Pero Christine Pizan tenía otros planes. Amaba el conocimiento y sentía pasión por la literatura.

Su oportunidad apareció cuando, algunos miembros de la Corte, conocedores de su afición y dotes para escribir, le pidieron un texto que destacara las virtudes del Rey Carlos V recientemente fallecido. Fue tal el éxito obtenido que, a petición de muchos nobles, compuso baladas, rondós y poesías sobre los más variados temas, lo que le permitió contar con suficientes recursos económicos y hacerse con una buena posición. Las desgracias sufridas convirtieron a la joven Christine, en la primera escritora profesional de la historia.

Pero sus inquietudes iban mucho más allá de aquellos encargos palaciegos. Lo que leía sobre las mujeres en textos escritos por filósofos, religiosos y ciertos profesores de la Universidad de Paris, le indignaban, y decidió enfrentarse a aquello utilizando su educada y experta pluma

En 1405, antes de cumplir los 40 años, escribió La ciudad de las damas, una obra con la que quiso demostrar que podía ser erróneo el testimonio de tantos hombres ilustres que vituperaron a todo el género femenino sin excepción. También afirmaba que dichos ataque a las mujeres tenía como único fin mantenerlas en su condición de servidumbre y obediencia. Añadía que las damas, todos los días eran culpadas, difamadas y engañadas por bellacos, que su honor era pisoteado y que no eran ellas las que organizaban guerras ni mataban, herían o saqueaban. Si las niñas fueran educadas de la misma forma en que se educaba a los varones aprenderían y entenderían las dificultades y las sutilezas de todas las artes y las ciencias tan bien como los hombres.

Seis años antes Christine había participado activamente en un célebre debate sobre el poema, Roman de la Rose, en que se relegaba a la mujer a ser objeto de deseo y placer de los instintos masculinos. “La excelencia o la inferioridad de los seres no reside en su cuerpo según el sexo, sino en la perfección de sus conductas o virtudes”. En su opinión esa inexistente inferioridad femenina no era natural, sólo producto de una cultura que debía ser superada. "No todos los hombres (sobre todo los más inteligentes) comparten la opinión de que es malo educar a las mujeres. Pero es cierto que muchos hombres estúpidos lo afirman, ya que no les gusta que las mujeres sepan más que ellos”

Su osadía en expresar por escrito, también de viva voz, ideas tan escandalosas para su tiempo, le acarrearon no pocas y fuertes críticas de Obispos, Sacerdotes, Nobles, Clérigos, filósofos, profesores, incluso, de muchas mujeres, y para defenderse publicó ese mismo año una autobiografía: La opinión de Christine. Tuve que convertirme en un hombre, afirmaba ante sus más íntimos.

Continuó editando libros en los que criticaba los de otros personajes muy reconocidos, y otros sobre mujeres que destacaron en el pasado santas, reinas, científicas, poetisas, guerreras; y en especial de Juana de Arco, contemporánea suya, a la que consideraba un ejemplo del esfuerzo de todas las mujeres francesas por defender su país. Sus obras, que ella misma editaba y distribuía, trataban multitud de temas desde la historia a la moral, pasando por la política, la filosofía o el derecho.

Un año antes de morir en 1430, con 65 años, decidió poner fin a su muy dilatada carrera como pensadora, activista y escritora.

Simone de Beauvoir filósofa, escritora y también francesa, no por casualidad pareja sentimental del también filósofo Jean-Paul Sartre antes citado; en su libro El segundo sexo, afirma: La primera vez que vimos a una mujer tomar su pluma en defensa de su sexo, fue en la Francia del siglo XV. Su pensamiento, sin duda, fue libre.


[1] (1905-1980), filósofo, escritor, novelista y dramaturgo francés. Autor entre otras muchas obra de “El ser y la nada” En 1964, rechazó el Premio Nobel de Literatura, alegando que su aceptación implicaría perder su identidad de filósofo.