Ciudad Rodrigo al día

 

Llanto por un Obispo

Y es que, siempre encontré en el obispo de Ciudad Rodrigo un hombre culto y muy educado, al margen de su sensibilidad cristiana

Pocas veces, como ahora, me he visto obligado a escribir en primera persona y a referirme a un asunto que, aunque público, me atañe muy directamente; me explico, por un lado, por mi condición de alcalde de la ciudad tuve ocasión de tratar con tres obispos de Ciudad Rodrigo, por otro, ya apartado de mis obligaciones públicas, traté con cierta asiduidad al último obispo de nuestra diócesis, como fue Don Raúl Berzosa.

A tal efecto, tengo que decir, como ya he dicho otras veces, incluso públicamente, que para Ciudad Rodrigo es un lujo contar con obispo. Y ello, porque en mi experiencia personal, he constatado la calidad humana y la valía intelectual de todos los obispos mirobrigenses, desde Don Demetrio Mansilla, al que merecidamente tuve el honor de imponerle la medalla de plata de la ciudad, concedida por unanimidad del consistorio, hasta Don Antonio Ceballos o Don Atilano Rodríguez, que tuvo a bien, sabiendo que no soy un “meapilas”, encomendarme el pregón de la Semana Santa de la ciudad.

Y es que, siempre encontré en el obispo de Ciudad Rodrigo un hombre culto y muy educado, al margen de su sensibilidad cristiana. Muchas son las anécdotas que avalan estas afirmaciones, me limitaré a la homilía del obispo Mansilla, con fama justificada de conservador, el día de San Blas de 1984, en la que apartándose de la manida biografía del santo como benefactor de las enfermedades de la garganta, dijo que hablaría, para nuestra sorpresa, del padre Kolbe, que en el campo de concentración de Auschwitz se ofreció a sustituir a un padre de familia que iba a ser fusilado, salvándole la vida a costa de la suya. Don Demetrio aprovechó la ocasión para realizar un duro ataque al nazismo y a su política de exterminio como régimen totalitario y dictatorial, él que había sido propuesto por Franco. Y así, los demás, unos obispos ejemplares y en cierto modo sabios.

Y llegamos a Raúl Berzosa, cuya marcha y dimisión nos cogió a todos por sorpresa. Yo pude comprobar que, además de un intelectual autor de una decena de libros e incluso pianista de relieve, era un conversador tan agradable como profundo y, sobre todo, un obispo plenamente entregado a su tarea pastoral. Esto último, lo constaté en la última visita que le hice a su Palacio, en la que me contó conmovido cómo había vivido el día, lleno de ocupaciones y peticiones de toda índole imposibles algunas de atender: “el Señor me está dando tareas superiores a mis capacidades”, me dijo consternado. Era evidente tanto su fe como sus profundas convicciones.


Por ello, no entiendo qué ha pasado y por qué se fue, estando pleno de juventud y de ansias de hacer el bien en su tarea pastoral. Sólo se me ocurre una explicación y es que cuestiones ajenas y relativas a su vida personal le obligaran a ello. Nada de esto se ha constatado, pero si debo decir que un sacerdote muy amigo, tristemente desaparecido, me lo confirmó. Y yo, como mirobrigense por los cuatro costados, lamento una pérdida tan valiosa para nuestro pueblo.

Y ahora, qué. Pues ahora hay un clamor pidiendo el nombramiento de un obispo después de dos años sin hacerlo, cuando ya lo teníamos. El secretario de la conferencia episcopal y obispo auxiliar, Luis Argüello, acaba de decir en una entrevista en televisión de Castilla-León, que la diócesis de Ciudad Rodrigo no va a desaparecer, lo que no excluye, también ha dicho, que el obispo sea el de Salamanca para ambas diócesis como sucede ya en otras. Lo que es una no muy buena noticia.

En fin, como dijo Pio Cabanillas “ahora lo más urgente es esperar”. Y yo también espero que mis palabras se comprendan como una manifestación de sinceridad. Don Raúl Berzosa me dijo me no había oído a nadie hablar mal de mí, lo que le agradecí, espero que este artículo no haga cambiar este aserto.