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Miércoles, 3 de marzo de 2021
Ciudad Rodrigo al día

La normalización apostólica y la declaración de la Catedral como Monumento Nacional en 1889

Sexto capítulo de la serie de José Ignacio Martín Benito ‘Las acometidas contra la Diócesis de Ciudad Rodrigo, una constante histórica’

Ningún monumento de España será por su significación histórica más digno de respeto que esa antigua catedral”.

(Informe de la Real Academia Española de la Historia)

El mismo año que se celebró sínodo diocesano bajo el pontificado de Mazarrasa, la catedral de Ciudad Rodrigo fue declarada Monumento Nacional el 5 de septiembre de 1889. La petición había surgido del cabildo y del obispo Mazarrasa, los cuales, en el mes de febrero, dirigieron sendos oficios al ministro de Fomento solicitando la declaración.

La Iglesia civitatense impulsaba la declaración con la esperanza de que el edificio entrara dentro de la protección del Ministerio de Fomento y se procediera a su restauración y conservación. El cabildo argumentaba esta petición reconociendo la “exigua dotación de su fábrica” y el estado del templo, donde señalaba “los grandes destrozos especialmente de su claustro y coro...”, fruto tanto de los bombardeos de los dos sitios que tuvo que soportar la ciudad en 1810 y 1812, como de “la acción destructora del tiempo”.

El cabildo recurría a la declaración de Monumento Nacional obligado, pues, por las circunstancias y dificultades económicas; por tanto, como “extremo y el más seguro medio de hacer frente” a la necesidad de intervenir en el templo.

El 17 de abril de 1889 la Dirección General de Instrucción Pública y Bellas Artes solicitó de la Real Academia de la Historia la emisión de un informe sobre el valor histórico de la iglesia catedral de Ciudad Rodrigo con el fin de resolver el expediente incoado. La Academia emitió dictamen favorable el 3 de mayo de ese año y lo envió al Director General de Instrucción Pública. El 28 de junio, el Secretario de la Academia contesta al obispo de Ciudad Rodrigo que el informe emitido es “favorable a la expresada declaración”. Recibida la comunicación, Mazarrasa, en oficio fechado el 3 de julio, dio las gracias a la institución.

La Real Academia utilizó sobre todo argumentos históricos para justificar la declaración. Destacó las figuras de algunos prelados, en concreto las de Alonso de Palenzuela, Francisco de Bobadilla, Juan Tavera, Pedro Portocarrero, Diego de Covarrubias y Bernardo de Rojas Sandoval.

Señaló también la posición fronteriza de la ciudad “á una vida más militar que política”, para ensalzar el papel jugado por la catedral durante “los sitios que heroicamente sostuvo, en el presente siglo”. El informe destaca, de entre todas las contiendas bélicas de la plaza, las consecuencias de la Guerra de la Independencia y, en un encendido tono patriótico proclama: “todavía claman al cielo contra la más pérfida de las invasiones la gran torre mutilada, la suntuosa capilla maior hundida y el contiguo Seminario maior sepultado hasta los últimos años entre escombros. Y si da valor histórico a un monumento de haber figurado como baluarte de la independencia nacional contra la más odiada de las tiranías, que es la extranjera, y el presentarse hoy con justo orgullo como veterano cubierto de cicatrices, ningún monumento de España será por su significación histórica más digno de respeto que esa antigua catedral”.


Además de los argumentos de carácter patriótico, el informe de la Real Academia de la Historia valoró también las esculturas de los arranques de las bóvedas del crucero y de la nave central, entre las que señala la Fernando II de León y su esposa Urraca de Portugal, la del primer obispo Domingo y la que, según la tradición, se consideraba de San Francisco de Asís.

A partir de la declaración comenzaron los trabajos de reparación en la seo civitatense. Entre 1891 y 1895 tuvieron lugar las primeras campañas, a cargo del arquitecto Joaquín de Vargas y Aguirre, que se centraron en las bóvedas de la nave principal. Los trabajos de reparación y reconstrucción continuaron en los primeros años del siglo XX bajo la dirección de Luís María Cabello y Lapiedra.

La labor de Mazarrasa en Ciudad Rodrigo fue ingente. Basta reseñar que en 1886 creó una Escuela de Artes y Oficios para obreros en la ciudad. Impulsó los estudios en el Seminario. Durante su pontificado se establecieron en la diócesis nuevas congregaciones religiosas: Compañía de Santa Teresa de Jesús, Hermanitas de los Ancianos Desamparados, Carmelitas Descalzas y los Padres Claretianos, Hijos de del Corazón de María. El prelado promovió asociaciones devocionales, en especial el culto al sagrado Corazón y la devoción a la Virgen y al Rosario. En las parroquias se fueron constituyendo congregaciones del Apostolado de la Oración y se instauró la obra de la Propagación de la Fe.

Así pues, con la normalización apostólica inaugurada por el obispo Mazarrasa, comenzaba lo que podíamos llamar un nuevo renacimiento de la diócesis de Ciudad Rodrigo.

Para saber más: https://www.academia.edu/44806561/La_Iglesia_de_Ciudad_Rodrigo

Próximo capítulo:

(VII) De Mazarrasa a la restitución de la mitra (1907-1950)

Sucedieron a Mazarrasa ininterrumpidamente otros cinco administradores apostólicos hasta que en 1950 se normalizó la situación y se restituyó la mitra con el nombramiento de Jesús Enciso Viana como obispo titular de Ciudad Rodrigo.