El poeta al atardecer

De sobra sabe el autor del excelente poemario que es Silencios de la espera, que lírica (relativo a la lira; procedente del griego a través del latín) fue una palabra de uso tardío como sinónimo de poesía o adjetivo a ella vinculado, inicialmente aquella acompañada por instrumentos, como la lira. De hecho, fue melos (canto) la palabra usada con anterioridad para referirse a los versos debido a su vinculación y necesidad de musicalidad. En cualquier caso, la poesía nació como un canto y así fue durante siglos; e incluso, a diferencia de otros géneros, gusta a los poetas –más aún si lo son de tertulias– leerse sus poemas unos a otros. 

Por eso considero mucho más importante, y hasta solemne, el hecho de que Luis Fraile nos diga al comienzo de su poemario que estos versos suyos de Silencios de la espera no son “para declamarlos sino para leerlos en silencio”. Me parece que con esta afirmación está recalcando, además de su esencia íntima, una de las funciones de la poesía moderna de los últimos dos siglos, que no es sino la de servir, como la lectura en general, de alimento espiritual para deleite y evolución de la conciencia del lector.

Sirva esto como prólogo antes de comenzar diciendo que es Silencios de la espera, paradójicamente, el canto sereno y memorioso de quien resiste en soledad sonora el embate cotidiano de la vida. Ese silencio por antonomasia, ante el que todos debemos prepararnos apagando sucesivamente los ruidos –tan bellos algunos como “las esquilas del rebaño”– que nos acompañan hasta el último de los umbrales. Ese silencio que permite al sujeto lírico percibir “la luz más oscura que la noche sin estrellas”, y esa espera cuyo tiempo será el que haya de ser: “Hasta que se apague la lumbre de mi casa”. 

Es, precisamente, “Oigo las esquilas del rebaño”, uno de los mejores poemas de un libro pródigo en buenos versos, donde aparece el que tal vez sea el “objetivo principal” –y pido disculpas por el academicismo– de Silencios de la espera, y que no es otro que el prepararse para lo que venga. Resulta difícil para la crítica, desde esta perspectiva, analizar los versos de un sujeto lírico, que en este caso se solapa plenamente con el poeta que se halla en esta disposición. Un poeta que ahora escribe tan hermosos versos, plenos de un espíritu clasicista que entronca con toda una larga tradición de escritores que miran cara a cara al destino último de todo hombre, y que se prepara con este rito de paso.

La obra se estructura en dos partes: “Colores del silencio”, la primera, y “Evocaciones”, la segunda. En la primera todo es naturaleza alrededor, y el sujeto lírico experimenta la fusión con el entorno, que le devuelve los mejores momentos de una vida plenamente vivida y disfrutada. “Evocaciones”, sin embargo, es humanidad y, en este sentido, supone la parte más melancólica y nostálgica del poemario. Todos los poemas se hallan, además, traducidos al italiano por Stefania di Leo, también poeta, lo que habrá contribuido, sin duda, al magnífico resultado lírico.

El inicio quejoso y exclamativo del primer poema, “Mirada al atardecer” tira del lector hacia el interior del libro: “¡Cómo me pesa el tiempo/ y los recuerdos”, expresa la voz del sujeto lírico, y encuentra su respuesta en el último verso del poema “Oigo las esquilas del rebaño”, que dice: “y quizá estoy escuchando una llamada no lejana”, con el que termina la primera parte. Este tono, reiterado en alguna otra ocasión a lo largo del poemario, no es, sin embargo, el acento que impera en una obra a ratos estoica y resignada, por una parte, si bien el sujeto lírico se muestra confiado a la vez en lo que siente aproximarse; mas por otra parte, estamos ante un libro epicúreo, en cuanto que la espera se adorna con el asombro ante una naturaleza que brota una y otra vez en una bacanal de sensaciones que sirven, como un regalo añadido, para rememorar el pasado, verdadero lastre del presente en el momento en que el poeta se encuentra. 

Luis Fraile en el convento de San Esteban. 27 de mayo de 2016. Foto: F. Benito.

La segunda parte, “Evocaciones”, es la estela de una historia de amor cuyos rescoldos mantienen aún intacto el calor en el corazón del sujeto lírico, y que nos entrega, sobre el lecho de uno de los tópicos más utilizados por la poesía de todos los tiempos, dos de los versos de amor más hermosos que yo he leído: “Me quedan en el suelo de aquellos años/ las hojas secas”. Pero, además, hay, tras cada uno de estos poemas evocadores, un rostro amigo cercano a la voz que manifiesta al lector el dolor de las ausencias. 

Significativo es, sin duda alguna, el poema que abre la sección: “La casa vacía”, donde ni “la voz nueva de Elisa y Marguerite” logra sustituir la añoranza. Por ejemplo, la añoranza “del amado rostro” evocado en el poema “Dalias”, esa añoranza amarga que se fusiona, simbólica y paradójicamente, en los extremos enmarcados “en la ausencia perenne/ y en los nuevos retoños de la vida incansable” (“Más rosas”). Estos últimos poemas muestran al sujeto lírico, precisamente, en ese momento en el que los seres queridos le llaman y se hacen todos presentes en sus recuerdos, que afloran ahora en estos atardeceres últimos. 

Mas entre el aparente bosque primaveral de los versos (si bien encontramos imágenes delicadas y hermosas, los títulos sin embargo no engañan y muestran lo puramente descriptivo del sentir del poeta), y adentrándose en los elogios de lo que germina y florece, se halla el lector –sin apenas percibirlo y confuso ante lo que intuye que es una maniobra de distracción– en el seno del corazón sombrío del sujeto lírico. Le delatan los sustantivos y le traicionan los adjetivos, pues grita (aun en silencio) su esperanza sosegada ante lo que ha de llegar. Así, nos dice en “Mirada al atardecer” que los recuerdos “Ahora me traen a mi refugio/ los tiempos de lumbre, de sombra,/ de ardores y de hielo,/ y me van tejiendo una corona de rosas y de espinas/ para que la lleve hasta el fin de mi destino”.

A veces la protesta de la voz protagonista se muestra explícita, precisamente, en lo añorado. A veces todo ese verdor y naturaleza, donde el bucólico paisaje que contempla y su cuerpo sereno son uno solo, parece ansiar, esconder o sustituir la ausencia que se explicita en estos versos, en los que pide a las aves: “Devolvedme a aquellos tiempos/ en que brotaban flores/ en todos los rincones de mi corazón”, leemos en “Los últimos hielos de abril”. Esto resume en buena medida uno de los ejes de Silencios de la espera, en el que se fusiona lo contemplado en la naturaleza con el estado anímico que genera en el protagonista del poema, permitiendo al lector pasar de uno a otro paisaje (el natural y el emocional) constantemente y sin puerta alguna. 

Así, resulta frecuente que los lectores puedan ir sintiendo la pesadumbre del sujeto lírico conforme se suceden sus descripciones del entorno en que habita. Un hermoso ejemplo se da en el poema “Pétalos de ámbar”, que concluye: “Descanso a la sombra que avanza/ y se abate sobre mi valle/ y va envolviendo mi corazón/ en una bruma de seda y de silencio”. Aunque en ocasiones esa misma sombra le dé miedo: “No quiero quedarme aquí solo/ en las sombras de la noche”, concluye “Los últimos días de abril”.

Pero sin duda alguna es en el poema titulado, no casualmente, “Narcisos”, donde hallamos una de las imágenes -machadianas- más claras de la mencionada identificación, al leer: “Y mi corazón, después de tanto invierno,/ de soledad, de frío seco y noche interminable,/ revive con el gozo de la espera y tiende sus palmas abiertas a los cielos”. Además del claro significado de los narcisos y su vinculación al renacer, tanto de la naturaleza como de las personas, el verbo “revive”, junto con los sustantivos “invierno”, “gozo” y, sobre todo en el último verso, “palmas” y “cielo”, conducen, con suma inteligencia, al lector a que sienta la intensa y esperanzada experiencia del presente.

Este recurso es constante en todas las páginas de Silencios de la espera, y son numerosas las ocasiones en las que los versos nos traen los ecos de esta identificación de la naturaleza con las emociones experimentadas por el sujeto lírico. Se consigue, así, producir en el lector la sensación de estar asistiendo a una intimidad lírica sobrecogedora: “El sol se va al compás de mi corazón cansado./ Está subiendo a la colina, amarilla de crepúsculo/ y mi alma escucha los latidos del valle anochecido”, leemos en “La tarde”. 

Precisamente la tarde, el atardecer en concreto, está presente en la mayoría de los poemas, no solo porque, como el autor nos recuerda en la “Entrada” al poemario, el atardecer es propicio para contemplar y recordar con serenidad, sino, fundamentalmente, porque ese momento del día coincide con el ánimo y el instante vital en que se halla el sujeto lírico. En su poema “Busco el tiempo presente”, escribió a mediados del siglo xix Henry D. Thoreau, en una lección de desapego maravillosa: “Si no amas/ el último atardecer,/ ¿qué puedes encontrar en los cuadros/ o en las antiguas joyas?”. No obstante, existe además mucha vida en estos versos. Vida humana, apasionada y amorosa incluso, a veces en el recuerdo o la evocación del amor en el pasado. Pero también percibida en la naturaleza observada, lo que da lugar a bellas y coloridas imágenes, por ejemplo, en el flirteo de “las clavelinas azules/ […] con el rojo de las amapolas”.

En este sentido, y desde el punto de vista formal, la sinestesia se adueña del poemario de modo semejante a como en el sujeto lírico los sentidos se hallan mezclados en una bacanal de voces y aromas, encuentros y adioses agridulces, como una confusión necesaria para sedar la espera y hacerla más fácil de llevar. De hecho, el poemario se abre con la sinestesia con la que comienza la primera parte: “Colores del silencio”, que no es sino un tópico harto poético (culminado en el machadiano “esos días azules y ese sol de la infancia”). Aunque hay otras muestras de este uso retórico repartidas por el libro: “aromas luminosos”; “pétalos ardientes” y “palabras ardientes como volcanes”; pero también “el frío de las palabras”; etc. 

Sin embargo, quizá la más bella de entre las metáforas que el poeta escoge para mostrarnos la deriva vital del sujeto sea esta, dividida entre dos poemas: “Girasol insatisfecho, mi alma,/ huye hacia las sombras/ bruma luminosa en la cima de mis años,/ que se me escapa, líquida, entre los dedos”, dice en “Girasol”. Y vuelve a retomar la imagen en “Oigo las esquilas del rebaño”, donde leemos: “Cantaré la vid frondosa/ y el girasol que mira hacia el ocaso./ Con él, oteo el final,/ y renuevo el tiempo/ y trasciendo la presencia del presente/ y quizá estoy escuchando una llamada no lejana”.

También la paradoja brota abundantemente entre los versos de este poemario: “oro efímero”, “ausencia perenne”, “dulce amargor de la vida que se va”, “[…] miradas/ que me gritan cuando callan” … y siempre girando simbólicamente en torno a lo mismo. Al fin y al cabo, también algo de paradójico hay ya en el título del poemario si tenemos en cuenta que la tautología de unos silencios que preceden a otro silencio mayor no es en sí más que un inmenso silencio en el que la espera, en sí, solo existe marcada por la conciencia del que aún respira y es dueño, eso sí, de los silencios primeros. No es fácil ni única la manera de encarar la espera.

En este sentido, entre las muchas evocaciones que la lectura Silencios de la espera le trae a quien esto escribe hay dos que, aun escritas en lenguajes muy diferentes al de estos Silencios de la espera, he querido traer aquí. La primera es de José Manuel Ferreira Cunquero quien, en los primeros años de este siglo, escribía en el poemario Trashumancia del delirio un poema titulado “Inventario de soledades”, cuyos primer y último verso cito porque creo que se encuentran en sintonía con este poemario: “En las alcobas del alma desalojos, […] la incierta trashumancia del delirio”. E igualmente leemos en otro poema estos versos que no dejan de resultarnos familiares, insisto que en un idioma poético lejos del sosiego de nuestros Silencios: “Esta tarde no tiene almíbar/ mi refugio repujado de añoranzas,/ ni débil la sombra apenas deja/ alguna forma en las paredes,/ algún rastro de posibles geometrías/ donde pueda al menos reubicarme”.

Más o menos por la misma época escribía Isabel Bernardo en uno de sus primeros poemas lo que sigue: “Me llegaría de nuevo al precipicio/ para asomarme al instante/ del temor que descansa/ en los terrenos enlodados/ que preceden/ a la muerte”. Insisto en que no hay una sola forma de poetizar la espera, ni una edad, quizá porque ni las esperas son iguales ni siquiera el sujeto lírico es siempre el invitado al umbral. Bien lo sabe el autor, conocedor y amante de los clásicos. Solo se ama lo que se conoce, y viceversa. Autores latinos como Cicerón o Séneca nos mostraron cómo vivir, pero también de qué manera morir con dignidad. Dichoso el que aprenda a irse de este mundo con la dignidad que reclamó para vivir en los días jóvenes, en los que la primavera danzaba a la par que su vida, pues él habrá merecido aquellos tiempos y la marcha le será leve. 

Pocas citas anteceden a los poemas, pero las que hay son pertinentes e incluyen el poemario en una tradición clara a caballo entre el clasicismo formal y la temática amorosa. Dos, atribuidas a Ovidio, han sido extraídas del texto “Concordia y discordia del género humano” de Juan Luis Vives, humanista traducido con prodigalidad por Luis Fraile. Ambas citas inciden en una de las claves del poemario: “El poema busca el silencio y el sosiego del poeta”, dice la primera, y “El poema brota de un ánimo sereno”, la segunda. 

En este sentido, el lector se va a encontrar ante un poemario directo y sincero en el que, como ya he adelantado, el poeta se desnuda en la espera ante sus sentimientos y recuerdos, a los que parece recibir y tratar como el mejor de los anfitriones. El poemario delata así, en definitiva, una monacal preparación para lo que ha de ser. Lo que viene conviene y hemos de ayudarlo a ser. Gracias, buen Dios, por una vida dichosa y larga de tu amor, escucha el lector de oído atento en la disolución de estos versos.

Luis Fraile en el convento de San Esteban. 27 de mayo de 2016. Foto: F. Benito.

Muchas son las cosas hermosas que nos dice este poemario. Tirando del hilo de cada palabra se puede elaborar una teoría sobre la situación en que la voz lírica se encuentra: la alondra y su significado simbólico; las fugaces apariciones de la fe entre los versos; la evolución del poemario y los recuerdos de la infancia; el significado de las alusiones mitológicas o el simbolismo de las flores mencionadas; la aparición de “alas” que cobijan en poemas de la segunda parte; las alusiones veladas a su querido Fray Luis de León: el huerto, la vida retirada, … lo que el poeta llama “mi refugio”, en definitiva;  etc. 

Quizás la más hermosa de entre todas las alusiones de este poemario sea la del tópico histórico del atardecer, al que ya nos hemos referido y, concretamente, el atardecer sanjuanista –imposible que el autor no sea consciente de esta evocación–, la del examen del amor que nos espera “al atardecer de la vida”, y que da vueltas en torno al poemario entero, aunque la que se muestre más visible sea la versión (más humana) del mencionado Thoreau: “Cuando se impone la tarde/ meditamos en nuestra puerta/ sobre los días de antaño”.

Mucho es, asimismo, lo que la crítica podría decir de este libro. Lógico, por otra parte, si tenemos en cuenta que su autor lleva casi un siglo a sus espaldas leyendo, y sintiendo, a los clásicos y sus enseñanzas; a la vista está. Nos recuerda Irene Vallejo que el sabio griego Solón, “tal vez el único poeta antiguo que se rebeló contra la erosión de los años”, se mostraba orgulloso de envejecer aprendiendo. Luis Fraile, como el sabio profesor y amante de los clásicos que es, nos enseña que él, a sus noventa años, continúa no solo aprendiendo, sino enseñando. Y Silencios de la espera es una buena muestra de ello.