Las parcas palabras

Mi amigo habla por los codos. Su verbo fluye constantemente, a veces es imaginativo, otras no deja de repetir lugares comunes que ha leído o escuchado en algún sitio. No hay vehemencia en su parlamento, pero es insistente. No le importa que lo interrumpan, aunque casi nunca nadie lo hace. Cuando salimos a pasear no termino de sentirme a gusto, si bien me agrada percibir que está cómodo.

El monólogo suplanta toda posibilidad de intercambiar opiniones y en muchas ocasiones termino desconectando para ensimismarme en mis rutinas mientras asiento de vez en cuando sin mirarle a los ojos. El otro día al iniciar la caminata le expresé mi preocupación por uno de esos asuntos que se enquistan en la cabeza de uno y no lo dejen en paz; posiblemente era una forma de querer liberarme de aquel agobio más que de pedir consejo o al menos un punto de vista distinto, pero fue en vano, después de escucharme llevó sus palabras a un derrotero que no tenía nada que ver con mis cuitas.

Sé que la manera de ser de mi amigo es frecuente como también que hay gente que es todo lo contrario. A mi amiga, por ejemplo, le cuesta mucho hablar hasta llegar a un nivel en que incluso sus estados de ánimo los expresa con los ojos o con ciertos gestos que denotan aquiescencia, desagrado o nerviosismo. Pareciera que las palabras son un preciado tesoro que quiere gestionar con mesura.

Ahora bien, hace unos meses cuando le pregunté su opinión acerca de una cuestión laboral que me preocupaba me deslumbró con una larga y bien articulada perorata que me sirvió para despejar mi lío mental. Sin embargo, a aquella descarga oral le siguió el silencio pues después nunca volvió a sacar a relucir el tema ni mostró interés aparente por el mismo. Por mi parte, tampoco supe manejar la situación y no sé si por temor a incomodarla o por no resultar pesado no volví a hablar del asunto.

Me fascina la semántica y, aunque menos, la lingüística, desde un nivel que ni se aproxima al de aprendiz. Leo artículos de divulgación sobre ello, pero al final termino enredado en un saber que es muy técnico donde, como es habitual, domina una terminología compleja y los argumentos son muy sofisticados.

Pero ello no impide que la seducción que ejercen en mí las palabras me lleve, más que a atender a su significado o a su procedencia, y ya no digamos a la forma en que construyen esas estructuras maravillosas que son las frases, a su uso en la arquitectura tanto de lo social como del universo íntimo que constituye la singularidad de cada ser humano. La administración de las palabras se convierte, entonces, en una manera de estar en el mundo en la que cuentan muchas otras circunstancias. Ante quien se expresan, donde y cuando se enuncian, cuantas se emiten, bajo qué formato -oral, escrito o mental-, son los determinantes de su inquietante sentido.