Ciudad Rodrigo al día

¡Surge, Civitas!

Tomás Muñoz Porras da un paso al frente en defensa de la Diócesis de Ciudad Rodrigo ante la situación que vive desde hace dos años

> El sacerdote Tomás Muñoz Porras, actual párroco de San Andrés y anterior Vicario General de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, ha decidido dar un paso al frente en defensa de la Diócesis ante la situación que está viviendo sin Obispo titular desde hace casi ya dos años (el aniversario se cumplirá en los próximos días). Tomás Muñoz Porras considera que “ha llegado el momento de hacer llegar a nuestro pueblo la triste y peligrosa situación en la que está nuestra Diócesis”, de ahí que haya escrito una carta pública (que reproducimos íntegra a continuación), en la que expresa su “dolor” por la situación actual y su temor a que el deseo de la Conferencia Episcopal sea suprimirla como tantas veces se ha rumoreado.

                                              “Morimos el día en el que guardamos

                                                Silencio ante las cosas que importan.”

                                                                                                           M. Luther King.

Hace dos años que la Iglesia Particular de Ciudad Rodrigo está sin su obispo residencial y, aunque está pastoralmente servida gracias a la presencia de Mons. D. Jesús García Burillo, Administrador Apostólico, no es la situación más propia y adecuada. Prolongar por dos años esta situación de tránsito, lesiona a la institución.

Un silencio profundo y prolongado se cierne en torno a esta pequeña Iglesia diocesana. Dos años sin obispo y nadie dice nada, nadie da una razón, todo son rumores y solo rumores. Silencio en los ámbitos eclesiales y en los civiles. Es como si esta pequeña y amada Iglesia no tuviera voz ni defensa.

Cuando repasamos la historia de nuestra Iglesia Civitatense, observamos que las mayores calamidades que ha sufrido se han producido cuando se encontraba sin Obispo residencial propio (en sede vacante o en Administración Apostólica). Porque una Iglesia requiere “su obispo”, así como el obispo requiere de “su Iglesia”; de modo que se produce entre ambos una unión esponsal, un vínculo de amor tan fuerte, que ambos se cuidan entre sí. Mirarán el uno por el otro para proteger y alentar a sus hijos, que somos nosotros: los fieles hijos de la Iglesia que peregrinan en estas tierras del oeste salmantino, junto a su Señor.

Ochocientos años de historia hacen de nuestra pequeña Iglesia una Gran Madre que ha mantenido vivo el EVANGELIO DEL SEÑOR en esta parte de los antiguos reinos de Castilla y de León. Y esta historia larga y hermosa le da una dignidad que cualquier hijo fiel de la Iglesia sabe y debe admirar y respetar.


Pues bien, esta Iglesia nuestra lleva dos años sin “su” obispo. ¿Por qué? Nada se sabe. Todo son rumores, y si alguien sabe algo, no lo comunica, se mantiene en secreto.

Y todos nosotros guardando un largo y frio silencio, porque parece como si el silencio se apoderase de nuestra Diócesis.

¿Será que van a eliminar la Diócesis? Se preguntan algunos. ¿Será que la van a unir a Salamanca? Opinan otros.

¿Pero es posible, pensamos algunos, eliminar una Iglesia buena, hermosa y centenaria, en el silencio, en medio de un mar de rumores? ¿Será posible tomar la decisión más importante en la historia de la Iglesia Civitatense cuando se encuentra en la situación más triste y frágil, sin “su Obispo residencial”, sin el esposo y sin una sola palabra para sus hijos? ¿Sería este el respeto debido a la dignidad hacia una centenaria Iglesia Particular?

Dicen los rumores que va a desaparecer porque es pequeña, porque tiene pocos habitantes (incluso en su discurso rebajan la población real de la diócesis), sin embargo más de un centenar de diócesis y Administraciones apostólicas tienen menos fieles que la nuestra. En todo caso, si esta fuera la única causa, aún estaríamos más asombrados, porque, en efecto, es una Diócesis pequeña, pobre y humilde. Sí, es cierto.

Pequeña, porque a lo largo de los siglos le han arrebatado sus territorios, la han desmembrado sin consideración, porque nunca fue fuerte ni poderosa.

Pobre, porque vivimos en el oeste del oeste de España, la zona más pobre y deprimida del país, en las tierras de la frontera.

Humilde, porque nunca fue “importante”, porque siempre es la última, la que no cuenta… pero no importa. No nos importa, porque debemos aceptarnos en la pequeñez.

Sin embargo, ¿cómo es posible que la pequeñez, la pobreza y la humildad, que son una CLARA Y ABSOLUTA OPCIÓN PREFERENTE del Evangelio de nuestro Señor Jesús, sea ahora causa de males y desgracias para nosotros, sea causa de castigo para esta Iglesia y su tierra? En estas tierras pobres, que se siguen empobreciendo en población (y en todo), ahora también le arrebatan instituciones “de vida” tan importantes y antiguas como la propia Diócesis.

Y todo, en medio de un silencio que produce escalofrío. Un silencio denso que nos acompaña y nos envuelve.

Hace dos años nuestra Iglesia Diocesana de Ciudad Rodrigo está en una frágil situación de orfandad, y este prolongado silencio nos revela, con certeza, que le falta quien le de voz, ante los responsables de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede de Roma. Darle voz para expresar y exponer sus inquietudes, sus problemas, sus gozos, sus planes pastorales de futuro y la vida diaria de sus hijos diseminados por todos sus pueblos.

Este silencio tan elocuente nos revela que a nuestra Iglesia Civitatense le falta un defensor que mire con ardor y firmeza por sus intereses. Y este defensor solo puede ser quien corresponde: “SU” OBISPO PROPIO, ESPOSO, PASTOR Y PADRE.

En medio de este “silencio ensordecedor”, junto a la Virgen querida de la Peña de Francia, a la que nos encomendamos todos, solo puedo decir:

                               ¡SURGE, CIVITAS!

En Ciudad Rodrigo a 6 de Enero, en la Solemnidad de la Epifanía de Nuestro Señor del año 2021.

Tomás Muñoz Porras, sacerdote diocesano.