Pórtico para “A la otra orilla / On the far shore”, de los chilenos Víctor Ilich y Luis Cruz-Villalobos

Víctor Ilich, la portada del libro y Luis Cruz Villalobos

 

Acaba de ser publicado este poemario por el sello editorial Independently Poetry, y puede conseguirse en Amazon. Me alegra haber colaborado con este breve pórtico. Enhorabuena para ambos.

 

 

POESÍA Y CONFESIÓN, AL ALIMÓN

(Ilich en el diván de Luis)

I.

 

Volvamos siempre a la Poesía porque es una de las formas de estar arraigados a lo Sagrado.

 

Volvamos a la Palabra única que en sí misma es una gran marejada. Volvamos a su eco de Paraíso, a su Fuerza que no flaquea ni en la colina de las calaveras: allí otra poderosa Realidad es recién nacida…

 

Volvamos a la Poesía, especialmente cuando sucesos adversos arponeen sin piedad cualquier destello de dicha que tengamos. La Poesía como confesión para desentumecer los maderos de la culpa o de aquello que arde en la conciencia, donde nada es volátil cuando se trata de hoscos recuerdos, de hacer balance de pérdidas y derrotas, desasosiegos… Pero también de instantes de felicidad, de Esperanza cierta…

 

II.

 

Vuelvo a leer unos versos recién llegados desde Chile. Allí, al final del primer poema, encuentro esta confesión:

 

He tratado de gobernar mi vida

y he fracasado una vez más

porque la poesía no me deja descansar.

 

 

Se trata de Víctor Ilich, un poeta que miente mucho para decir siempre la verdad. Él, que en horario de oficina ejerce de juez, ahora acude donde Luis Cruz-Villalobos, un poeta que también es psicólogo clínico, para publicar trece poemas escritos al alimón: los suyos, como confesión; los otros trece, como diagnóstico y aliento en torno a lo por venir.

 

El resultado es A la otra orilla, una fraterna obra conjunta.

 

III.

 

Allá por el 33 del siglo pasado, Neruda y Lorca ofrecieron en Buenos Aires un discurso al alimón en honor de Rubén Darío. Uno tras el otro, frase tras frase hasta rematarla juntos. Partes del mismo bien pueden estimarse auténticos prosemas.

Querían semejar esa suerte torera donde dos maestros de la lidia cogen un extremo del mismo capote; o, más probablemente, seguir ese juego infantil de vieja data, donde no solía faltar este estribillo: “Al alimón, al alimón, / ¿de qué es ese dinero? / Al alimón, al alimón, / de cáscaras de huevo”.

 

 

IV.

 

En el diván de Luis es donde Ilich arroja el lastre, su inventario de defectos. Claro que hay ciertos toques de humor y de ironía en su propuesta, pues pide a su poeta–psicoterapeuta que le deje escribir una novela porque desea dejar atrás los poemas: “No más racimos de luz. / No más asteriscos en flor. / No más soles de arena”.

 

Aunque luego, insistiendo en lo de la trama y los personajes de novela, confiesa que con ello lo que quiere es ganar dinero para publicar otros libros de poesía, que se sumarían así a los catorce ya salidos de imprenta. La respuesta del epígono de Freud es contundente:

 

Nada de retrocesos prosaicos

Nada de narrativas minúsculas

Estás llamado a ser

Poema de amor.

 

Un juego muy serio encontramos en esta poesía, en apariencia sencilla y algo jocosa, pero que expresa lo profundo de la naturaleza humana y su religación con Dios.

 

Luis Cruz-Villalobos responde al paciente que se confiesa poco experto: “Pues bien / Nada de caído del catre / Usted su señoría / Nada de pánfilo / Pues el soberbio mira a todos hacia abajo / Y lo numinoso está en lo alto […]”.

 

Ilich con sus poemas en números romanos, Cruz-Villalobos con los suyos desde la A hasta la M. Trece poemas cada uno, cual doce apóstoles más el rabí. El último, de Luis, incide en la razón poética, así como en los logros y en la perfecta esperanza de la obra de su “hermano de pobreza y de carne / de cantares y cariños”, del mismo que en un principio se declaraba “impotente de no poder volar”, como el Alsino de la novela de Pedro Prado.

 

A este “compañero de viaje” que se le confiesa; a este “hermano de sangre rociada sobre nuestras culpas”; a este Víctor que ya no desea ser llamado así porque sabe que victorioso solo existe Uno; sabe decirle que “la vida puede ser nueva después del perdón”. Luis remata sus trece sesiones con un tono profético:

 

Como ya te anuncié

Querido Alsino feliz

Estás llamado a cosas mayores que la novelería barata

Estás llamado a ser una flor que es deshojada

En las manos de Dios

Cuando juega al me quiere mucho/poquito/nada

Mirando la historia de nuestra humanidad.

 

V.

 

Deseo lo mejor a estos dos bienaventurados que, además de tener hambre y sed de justicia, vuelven una y otra vez a la casa de la Poesía, al reino donde resuena el tambor que no deja descansar, pero que a cambio ofrece un puñado de milagros, panes y peces para saciar el hambre de mañana.

 

Y también los mejores puentes para cruzar, indemnes, a la otra Orilla.

 

Julio y en Tejares

ALFREDO PÉREZ ALENCART

 

 

JOINT POETRY AND CONFESSION

(Ilich on Luis’s couch)

 

I.

 

We always come back to Poetry because it’s one way to stay grounded in the Sacred.

 

We come back to the unique Word who is in himself a great churning sea. We come back to his echo of Paradise, to his Strength that does not falter, not even on the hill of skulls: there, another powerful Reality is newly born…

 

We come back to Poetry, especially when adverse circumstances mercilessly harpoon our every spark of happiness. Poetry is like confession to unanesthetize the stiff, sleepy kindling of guilt or whatever is burning in our conscience, wherever there is a marked lack of volatility regarding surly memories, the tally of losses and defeats, misgivings… But also regarding moments of happiness and of sure Hope…

 

II.

 

I go back and read some poetry recently arrived from Chile. There, at the end of the first poem, I come across this confession:

 

…I’ve tried ruling my life

and I’ve failed yet again

because poetry won’t leave me alone.

 

It’s by Víctor Ilich, a poet who tells a bunch of lies to always get to the truth. This poet, who makes his bread and butter as a judge, now turns to Luis Cruz-Villalobos, a poet who also as a clinical psychologist, to cowrite and jointly publish thirteen poems each: his, as confession; the other thirteen, as diagnosis and encouragement about the future.

 

The result is the On the Far Shore, a fraternal joint effort.

 

III.

 

Back around the year 33 of the last century, Neruda and Lorca offered a joint lecture in Buenos Aires in honor of Rubén Darío. They alternated speaking one right after the other, phrase by phrase, until they finished the talk speaking in unison. Parts of the lecture could be called veritable prosetry. They were going for the bullfight move when two matadors each hold one end of the same cape, or, more likely, for the old schoolyard game

 

where two groups of children hold hands and singsong chant back and forth to each other, ―Al alimón, al alimón, / ¿de qué es ese dinero? / Al alimón, al alimón, / de cáscaras de huevo.‖

 

IV.

On Luis’s couch, Ilich coughs up all his dross, his inventory of defects. There are definite touches of humor and irony in his proposal—asking his poet-psychotherapist’s permission to write a novel because he wants to leave poems behind: ―No more bunches of light. / No more flowering asterisks. / No more sand suns.‖ Though, later, insisting on the novel’s plot and characters, he confesses that what he’s after is to make enough money with the novel to publish more poetry, to add to the fourteen chapbooks already printed. The answer that comes from Freud’s disciple is conclusive:

 

None of this prosaic backsliding

None of these lowercase narratives.

You’re called to be

A love poem!

 

There’s a very serious game going on in this poetry, apparently simple and even jovial, but which captures the depth of human nature and its religationship with God. Luis Cruz-Villalobos answers the patient who claims to be inept: ―Ok then / No more falling off the cot / You / Your honor / No more playing the idiot / For the haughty look down on everyone / And the numinous floats above…‖

 

Ilich’s poems appear with roman numerals, Cruz-Villalobos’s go from A to M. There are thirteen poems each, like twelve apostles plus a rabbi. The last one, from Luis, floats in on poetic reasoning, as well as the achievements and perfect hope of the work of his ―brother of poverty and flesh / Of songs and affections,‖ he who at first claimed to be ―impotent‖ for being ―unable to fly,‖ like Pedro Prado’s Alsino.

 

To this ―travelling companion‖ who makes his confessions; to this ―brother of blood sprinkled over our faults‖; to this Víctor who no longer wants such a name because he knows that only One is victorious; Luis knows to tell him that ―life can be new after forgiveness.‖ Luis polishes off his thirteen sessions in a prophetic tone:

 

Like I already told you

Dear happy Alsino

You’re called to greater things than dime-store novels

You’re called to be a flower whose petals are picked off

In God’s hands

 

When he plays at he loves me, he loves me not/a little/a lot

Watching the history of our humanity.

 

V.

 

I want the best for these two blessed souls who, besides their hunger and thirst for justice, come back over and over again to the house of Poetry, to the kingdom with the resounding drum that allows no rest but, instead, offers a handful of miracles, loaves and fishes to satisfy tomorrow’s hunger.

 

And the best bridges for crossing, unscathed, to the Far Shore.

 

July, in Tejares

ALFREDO PÉREZ ALENCART

 

 Traducción de Gretchen Abernathy