Viernes, 4 de diciembre de 2020

‘En Salamanca’, y con Francisco Brines, nuevo Premio Cervantes

Francisco Brines recibiendo el Premio Reina Sofía de la Poesía Iberoamericana, en Palacio Real y ante la Reina y el Rector de Salamanca (2010)

 

Los Encuentros de Poetas Iberoamericanos, que se celebran en Salamanca gracias al apoyo pleno del Ayuntamiento de Salamanca (a través de la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes) son un puente para el conocimiento de los poetas de España, América y Portugal. También para el reconocimiento de destacados autores, muchas veces relegados o poco conocidos.

Me alegro el Premio Cervantes concedido a Francisco Brines. Una noche, de hace catorce años, recibí una llamada telefónica bien pasada la medianoche. Era don Paco (siempre lo he tratado así), insistiendo en que Jacqueline y yo asistiéramos a su toma de posesión en la Real Academia de la Lengua. Y es que desde dicha institución me habían enviado dos comunicados, con sendas invitaciones, y yo no había contestado a ninguno de ellos. Por lo general me gusta hacer el trabajo previo y, cuando llegan los honores a los poetas que admiro, me retiro a un segundo o tercer lugar. Pero fuimos a Madrid ese domingo 21 de mayo de 2006, y abrazamos a don Paco.

 

Brines, el día de su Ingreso en la Real Academia de la Lengua

 

Previamente, el 26 y 27 de noviembre de 2004, el VII Encuentro de Poetas Iberoamericanos había estado dedicado a él y al poeta venezolano Ramón Palomares. Entonces se publicaron las antologías “Amada vida mía”, de Brines, y “El canto del pájaro en la piedra”, de Palomares, ambas con selección y notas mías.

Un año después, días antes del VIII Encuentro, dedicado a José Hierro, se presentó la antología de los poetas que fueron invitados al VII Encuentro (por entonces se hacía así; ahora se publica una única antología con poemas del homenajeado y de los poetas invitados, la cual se presenta en el propio evento). Se tituló “Los lugares del verso”. De dicho volumen ahora reproduzco las palabras de agradecimiento que Brines manifestó en el Ayuntamiento de Salamanca. Y también reproduzco el manuscrito de las mismas.

 

Felicito a don Paco por este Premio Cervantes, que no hace sino reconocer la enorme valía poética de este valenciano que estudió unos años de Derecho en la Universidad de Salamanca; Universidad que, conjuntamente con Patrimonio Nacional, en 2010 le concedió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

 

Nuestros Encuentros han sido, y espero que prosigan por esa senda, un lugar donde se ha ido decantando el enorme caudal de la poesía iberoamericana. Los premios a Gonzalo Rojas, José Emilio Pacheco, Raúl Zurita, Brines… así lo confirman.

 

Francisco Brines, A. P. Alencart y Ramón Palomares, en  el Salón de Recepciones del Ayuntamiento de Salamanca (2004, foto de Jacqueline Alencar)

 

EN SALAMANCA

 

Francisco Brines

 

Es una satisfacción para mí que estas gratísimas jornadas tengan lugar en esta ciudad tan querida. Aquí residí tres años en mi época de estudiante errático y displicente de Derecho y, aunque aquí me licencié, puedo asegurarles que mi licenciatura sólo fue brillante en cuanto a la felicidad que en esta ciudad obtuvo mi existencia. Recuerdo los cuatro domicilios en los que residí: uno en el Campo de San Francisco, desde donde me desplazaba solitario al hermoso patio del Colegio de los Irlandeses para allí leer, bajo el aire sesga­do del vuelo de los vencejos, mis codiciados y secretos libros de poemas. Hoy, espléndidamente remozado, nos aloja a todos noso­tros.

 

En otro de los lugares conviví con algunos futbolistas del pri­mer equipo del Salamanca. Y en un hotel, frente a Correos, y vecino de la librería Cervantes, con ilusionados novilleros que hacían su temporada invernal y algunas esporádicas compañías de teatro. Tres de mis espectáculos preferidos. A través del balcón de esta sala del Ayuntamiento puedo contemplar enfrente, en esta bellísima Plaza Mayor, otro lugar habitado por el joven que fui. Mi habitación y el comedor, y supongo que todo el piso, se han trans­formado, al parecer, en un restaurante que, presumo, por el color ígneo que desprenden sus estancias, mucho más lujosamente deco­rado. Desde allí mi primera mirada al exterior se iniciaba cotidia­namente con la fachada de este Ayuntamiento, ahora por primera vez conocido en su interior.

 

Llegué como ignoto aprendiz de poeta y aquí seguí ejercitándo­me oscuramente en ella. Aproveché mi estancia para matricular­me en un curso de Filología Hispánica. Con más alegría cruzaba el edificio dieciochesco de Anaya, en donde radicaba la Facultad de Letras, que la plateresca y hermosísima Universidad, en donde entonces se cursaba la carrera de Derecho. Había en aquélla un buen profesorado, y allí hice mías las primeras amistades hispano­americanas. A uno de mis mayores amigos, con el que he compartido la más estrecha amistad hasta su reciente fallecimiento, lo conocí allí. Me refiero a José Olivio Jiménez, un tan sensible como pro­fundo crítico de la poesía hispánica de ambas orillas. Era obligado convocar su nombre en la hermosa ocasión de hoy.

Brines, Ruiz Barrionuevo, Borrego, Castelo y Shimose, durante el homenaje internacional a Gastón Baquero (Aula Magna de la Pontificia, 1993. Foto de Jacqueline Alencar)

 

Tuve también la fortuna de asistir, hace unos años, en la Universidad Pontificia, al homenaje que, como el de hoy bajo la cortés y entusiasta dirección de Alfredo Pérez Alencart, se le ofre­ció a otro amigo cubano, gran poeta y de mágica naturaleza, Gastón Baquero, a quien tanto admiré y quise desde su llegada a España. Creo que no gozó, como escritor, en toda su existencia, de otro acto público más acorde con el justo reconocimiento que merecía por parte de sus agradecidos lectores.

 

Me complace que este acto, huéspedes todos en esta casa que es hoy la de la poesía, lo compartan poetas españoles e hispanoa­mericanos, y me satisface representar a unos junto a Ramón Palomares, poeta venezolano de mi generación, tan justo y digní­simo representante de los hispanos de occidente.

 

No hay más mérito en mí que la constante fidelidad que le he ofrecido a la poesía desde mis catorce años, y con ella el voluntario cumplimiento de la lealtad que le debía. Sólo he escrito cuando ella ha querido o mandado, y lo he hecho con voluntad, no sé si lograda, de no menoscabarla. Agradezco a la poesía que haya afi­nado, desde la gozosa lectura o la esforzada creación, mi sensibili­dad y así haber podido gozar mejor de la existencia, a la vez que hacía más vasta y rica mi pequeña porción de humanidad. Es además la poesía una de las más poderosas escuelas de tolerancia, ya que asentimos, gracias a la memoria estética habida, a aquello que se nos comunica. Aunque no por ello nos transformamos en lo que no somos, sí que lo comprendemos mejor, con generosidad desinteresada, y el asentimiento se da a quien en aquel momento, logrando en nosotros tan acertada emoción, nos comunica su per­sonal verdad.

 

Por todo ello creo que sinceramente estamos home­najeando con justicia a la Poesía. Y sólo en nombre de ella, ya que así se ha querido que fuese, doy las gracias esta tarde.

 

(2004. Palabras ofrecidas en el Ayuntamiento de Salamanca durante el VII Encuentro de Poetas Iberoamericanos).

 

Antología “Los lugares del verso”, en homenaje a Brines y Palomares (Edifsa, Salamanca, 2005)