Los lugares en los sueños

Los últimos ocho meses están suponiendo para mucha gente una forma de vida de la que se carecía de experiencia. Tras el dolor y luego la incertidumbre, el confinamiento en mayor o menor grado es la nota dominante. Dentro de las consecuencias más livianas de este estado de cosas se encuentra la canalización inconsciente de alguna de las prácticas que se han dejado de hacer, ya que cuando un determinado modo de existencia se interrumpe abruptamente y de forma perdurable sus elementos constitutivos afloran por donde pueden. Se trata de una manera de mantener rutinas que, cuando además constituían expresiones agradables del quehacer, se resisten a quedar relegadas sine die y buscan cierta continuidad. Desean reivindicar el sentido que comportaban y, a la vez, claman por no caer en el olvido.

Los sueños son una palanca excelente para promover el mantenimiento del rescoldo generado por la hoguera a la que fueron echadas las rutinas sin previo aviso. Además, al jugar con el espacio y con el tiempo donde no hay reglas a la hora de la puesta en escena, los sueños representan pasajes más complejos imposibilitando interpretaciones únicas y, por supuesto, huyendo de explicaciones evidentes. Hay personas que dicen que no sueñan nunca, otras que lo olvidan al poco de despertarse, pero de ellas un pequeño grupo escribe el contenido del sueño con algún tipo de detalle. Muy pocos recuerdan lo soñado durante mucho tiempo. Pero en todas las circunstancias esa actividad cerebral se enseñorea de la gente mientras duerme.

Si, como dice Borges, “los lugares se llevan, los lugares están en uno”, quienes hacen a gala atesorar un gran número de viajes han capturado una cantidad equivalente o, seguramente, superior de sitios que permanecen en alguna parte de sus recuerdos. Espacios donde se ubicó la belleza o el miedo, la serenidad o el frío, la soledad o el desencanto, la alegría o el fracaso, la plenitud o el aburrimiento. Todo un bagaje que por el confinamiento no puede seguir expandiéndose ni contrastándose con experiencias nuevas quedando relegado a un rincón en la penumbra de los largos días sinsentido. La ciudad a la que tantas veces se volvió compite con la que solo se visitó una vez.

Entonces es cuando los sueños concatenan escenas, arrastran palabras, recuperan imágenes. Construyen una narración desordenada de lo que nunca fue, pero que ahora cobra un sentido vivificador. Los lugares en los que una vez se estuvo y que permanecían agazapados en lo más profundo de uno saltan para construir un relato que suple el vacío de cada día. No importa la incoherencia, ni que la factibilidad de lo propuesto sea una quimera absurda, lo relevante es que se retoma el viaje y que la monotonía salta por los aires por un momento. Aquella arboleda, aquella plaza, aquel amanecer, aquel puente cobran vida durante unas fracciones y al poco vuelven a desvanecerse para regresar al escondrijo donde están desde el primer día que fueron nuestros y quieren mantenerse siempre.