Viernes, 4 de diciembre de 2020

Tres poemas leídos en “Poesía, Instante Infinito”, junto a autores de México, Bolivia, Nicaragua, Chile y España

Captura de pantalla de la lectura coordinada por Pedro Enríquez y Nicasio Urbina

 

Los poetas Pedro Enríquez, desde Granada (España) y el nicaragüense Nicasio Urbina, desde EE.UU., donde es profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cincinnati, vienen coordinando unas lecturas semanales a las que invitan a poetas de los distintos poetas que conforman los países de habla hispana, pero también a autores de otros países que leen en castellano.

 

Este viernes 13 estuve con ellos y con los poetas Benjamín Chávez (Bolivia), Camila Valdebenito (Chile), Silvia Siller (México/Nueva York) y José Manuel Rodríguez Viedma (España). Estaba prevista la lectura de Gerardo Rodríguez (México), conocido en Salamanca por haber sido invitado el pasado año al XXII Encuentro de Poetas Iberoamericanos y por haber ganado el Premio António Salvado-Ciudad de Castelo Branco (Portugal) y el Premio Francisco de Aldana en Lengua Castellana, convocado en Nápoles y entregado en Salamanca. Lamentablemente falló su conexión a la Internet, y no pudimos escucharle y departir con él.

 

Aquí tienen el enlace de la sesión completa de POESÍA, INSTANTE INFINITO

 

https://www.youtube.com/watch?v=TIEw07v-C9k&feature=youtu.be

 

 

Y aquí los textos que leí, todos seleccionados de la parte IV de mi libro “Cartografía de las Revelaciones (Verbum, Madrid, 2011). Al final va un breve comentario de Raúl Zurita, escrito por entonces tras leer el libro. Los poemas que cita, y que más le agradaron, están en la parte I del mismo.

 

Fotografía de José Amador Martín

 

TROFEOS HUECOS

 

Se agotaron los prestigios.

Hasta el niño menos viejo sabe que tras el cristal blindado

muchas manos ensucian la mecedora de los sueños,

restan opciones, ignoran el código del arpa taciturna

y exhiben identidades acordadas.

 

Mejor dejemos que alardeen por su cuenta

esas sombras que dan vueltas

pero no aran la tierra de labor, no fertilizan los surcos

heredados ni captan la luz maciza del alma

que es la gloria, verbos que el cemento no deja libre

porque no están ungidos sus cuerpos aplastados,

sospechosamente neutros, sin secretos de estado, sin

lenguaje  suficiente que conmueva por adentro.

 

Nos despedazan, nos devoran, nos ponen

en punto muerto: comienza otro lunes demasiado brutal

para nuestra estatura, otro lunes tiranizando

su escándalo. Qué tristeza esta obra que encalla, que

encanalla, que hincha desmayos y desganas.

 

Se agotaron los prestigios en medio de la pena,

del invierno, de las tenazas del viento blanco,

del rayo sin víctimas rico en metamorfosis espurias,

voceadas cual pétalos sin parangón traspapelando papeles,

cambiando en lugar de éste y éste, poniendo demasiados

voltios para la juerga, para la bolsa, para la alfombra

por donde pasarán ciegos y sordos solamente,

solamente,

solamente,

solamente…

 

 

Fotografía de José Amador Martín

 

ACECHAN DESIERTOS

 

Ser dueño de bosques desaparecidos es pertenecer

a la derrota de un mundo que otorgó fulgores a mi infancia

antes de la rueda turbulenta del fuego,

antes que se extinguieran los frutos que teñían

hasta la médula del alma

de los míos que redescubro ahora si los evoco

por este páramo de alguna flor sobreviviendo endeble

sobre el estío en cuyas brasas

parecen crepitar las lindes de lo que pensé cuando joven,

rápido en probar del manjar de la ilusión.

 

Esta mirada por encima del secarral

aparta trofeos de oxidado latón, sedentarias aureolas,

juegos fosforescentes

que adulteraron la humilde ceremonia

de existir sin acaparar.

 

Acechan desiertos con sus siglos de arena

coronando la envoltura de la tierra. Acechan climas

ensayando arrojos en latitudes equivocadas.

Acechan semillas amargas y días de ceniza apurando

pesadumbres en lo profundo de los ojos

o del corazón desmesurado, propenso al entusiasmo

que ya no vuelve con lenguaje amparador.

 

Duele el aire que hostiga entre los rastrojos, echado yo

sobre la hierba seca del verano

cuyos llameantes dedales tocan mi piel como fieras.

Va y viene lo que pienso ahora, a la izquierda

del zarpazo susodicho,

resarciendo la otra existencia que emerge más allá

de vitrinas acicaladas,  inventario

de lo que no gira adentro de uno mismo.

 

Heme aquí visionando árboles que ardieron

o fueron cortados con diáfana impunidad. Heme aquí

entonando la canción del regreso

bajo los truenos inaudibles del recuerdo.

 

Aquí, aquí, aquí, donde el estío me combate

con las alas de un pájaro angustiado.

 

Fotografía de José Amador Martín

 

MIENTRAS TANTO

 

Mientras los inquisidores comprueban

que el hombre existe

y llena su zurrón de pérdidas y ganancias,

él sigue residiendo donde los relojes avanzan

con su derecho a no dar la última hora.

 

Quieren taparle la voz con las manos de la intriga,

mientras alzan sus copas color envidia

o perpetran postergaciones y panfletos;

pero el hombre sigue con su único menester:

sumar a sus crónicas las primicias

de indesmayables vuelos.

 

Así camina entre el aliento de las gentes,

apartando celos y malentendidos,

ofreciendo amor con las pestañas de sus ojos,

palabra a palabra dispuestas a perdonar

trampas de la ciudad pequeña.

 

Las ventanas de su corazón están abiertas.

Es cuestión de preferencias, de no huir del asombro,

de saber que el tiempo es dulce y mezquino:

así va sintiendo cómo la ciudad pequeña

va amarrándose al tallo envolvente de su espíritu.

 

Mientras se empeñan en dejarlo de lado,

queriendo evaporarlo con amargos

incendios viscerales, él destila buen humor,

ofrece de comer a los pájaros

y termina por creer que tantas zancadillas

sólo fueron sueño.

A. P. Alencart escuchando la lectura de demás poetas participantes (Foto de José Alfredo Pérez Alencar)

 


Portada de Cartografía de las revelaciones (Verbum, Madrid, 2011), con pintura de Miguel Elías

 

LAS REVELACIONES DE ALFREDO PEREZ ALENCART

 

Raúl Zurita

 

Detrás de todo poema logrado hay un duro tránsito por el fracaso y la imposibilidad de escribir una poesía que tenga un sello propio, un tono, esa voz que hace inconfundible a César Vallejo, a Walt Whitman, a Antonio Machado, a Pablo Neruda, a Federico García Lorca. Es esa angustia extrema, la angustia ante la propia mudez, ante la incapacidad de encontrar aquello que solo uno puede expresar, ese corazón íntimo, secreto, que se esconde en el fondo de las palabras, en suma, es ese indecible sufrimiento el precio que hay que pagar por la apuesta nunca segura de escribir El poema. Es el precio sin el cual no hay buena poesía. Ese precio en la obra de Pérez Alencart ya está pagado y por eso pudo escribir sus poemas de Cristo del Alma.

 

En el que es de lejos su mejor libro, Cartografía de las revelaciones, Alfredo Pérez Alencart alcanza una voz propia que se inicia con los poemas a Cristo: donde logra fundir la tradición lírica de la poesía peninsular con el aliento épico de la poesía latinoamericana, y poemas como "Pensativos en esta noche de nadie", "Aquí estoy para vivir", "La mano de los muertos", junto al resto del libro, se cuentan entre los poemas que se deben escuchar dentro de la más reciente poesía en castellano.

 

El destacado poeta chileno Raúl Zurita