Viernes, 4 de diciembre de 2020

Se fue un ángel

El reloj de la vida se le paró a los 95 años. Su corazón, agotado de tanto dar cariño a sus seres queridos sin esperar nada a cambio, perdió la fuerza que le quedaba, decidiendo que era hora de emprender el viaje al cielo para reencontrarse con su marido tras casi dos décadas de ausencia.

Trabajadora incansable, María Cristina se acabó despidiendo de la vida de la misma forma en que vivió, humildemente, sin querer causar preocupaciones a su familia. Ese día el cielo encapotado con el que amaneció Salamanca no hacía presagiar nada bueno y, tras dar su último aliento, la abuela Cristina se nos fue. Fue entonces cuando el cielo rompió a llorar, dejando mojadas las calles como testigo de ese llanto celeste

Había llegado para la familia la fatal e inevitable noticia, yéndose aquella abuela tierna que, cuando de pequeños los primos hacíamos alguna trastada, mediaba con nuestras madres para intentar quitarle hierro al asunto porque, como ella decía, “son cosas de muchachos”. Con ella se van las charlas al pie del brasero y también la fiel acompañante con la que compartías paseo y conversación hasta la parada del autobús, para despedirse una vez que arrancaba el ‘coche de línea’.

Por otro lado, los achaques de la edad ya se habían encargado de dejar atrás los paseos hasta el teso de San Cristóbal, que siempre se acababan alargando camino del de Valdegejo, en los que imprimía una velocidad que te hacía cuestionarte si el anciano eras tú o ella. Asimismo, quedan en el recuerdo las reuniones de las inseparables primas, Cristina, Isabel y Fili, tan frecuentes, y que ahora podrán retomar las tres en el cielo. Se fueron también sus paseos hacia ‘la fábrica’ y Yecla, también los de Encinasola, en los que amortizó un buen número de zapatillas.

Lejos quedó también la última visita a Villarino, viendo un pueblo muy distinto de aquel en el que vivió en los años sesenta. También quedó atrás la visita a La Zarza de Pumareda, donde se acercó a la casa de su madre Consuelo, y donde ella misma nació antes de trasladarse aún muy pequeña al pueblo de su padre, Guadramiro.

También quedaron atrás los nacimientos, los bautizos y las comuniones de sus nietos, las bodas de su hijo y de su hija, las reuniones anuales con su hermana Auxilio y sus hermanos Juan José, Fermín y Manuel, o la cita semanal a la misa del domingo.

Ciertamente, abuela, cierro los ojos y aún soy capaz de verte con las bolas del rosario en la mano, rezando, pero también poniendo la lumbre o moviendo con la badila el brasero. Riéndote o llorando de la risa tras haber hecho o dicho alguna tontería. Contándome anécdotas de antaño, de cuando estuviste en San Felices o de aquellos tiempos en que el palacio de Guadramiro y la ermita de San Sebastián estaban en pie.

Y es que, más que mi abuela y madrina, fuiste en realidad una segunda madre para mí, también una amiga, y si hay ausencias que duelen especialmente, la tuya va a ser una de ellas. Siempre estaré agradecido a que me ayudases cuando me hizo falta, me escuchases cuando necesitaba ser escuchado, y me transmitieses en las conversaciones que compartimos una parte de toda la sabiduría que fuiste adquiriendo a lo largo de la vida. Una sabiduría, la de una abuela, que nunca podrá encerrarse en un libro, y un cariño, ese tan generoso de nuestras abuelas, que jamás se podrá explicar con palabras.

Gracias abuela por los innumerables sacrificios que hiciste en tu vida para que hoy tus hijos, nietos y bisnietos podamos estar aquí. Gracias por la alegría con que siempre nos recibiste, y gracias por haberme permitido compartir contigo tantos buenos ratos, con la tranquilidad y el buen ánimo que siempre me transmitiste. Disfruta del cielo y de reencontrarte con el abuelo, que te lo has ganado, y ambos os lo tenéis más que merecido. Trataremos de ser dignos de vosotros.