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Viernes, 15 de enero de 2021

Un poema de Monthia Sancho, en castellano e inglés

La poeta y editora costarricense  Monthia Sancho

 

El año pasado se celebró el primer centenario de la inmensa poeta llamada Eunice Odio (San José, Costa Rica, 1919 - México DF, 1974). En Salamanca organizamos un homenaje, hermanándola con San Juan de la Cruz, además de publicar la antología “Eunice, Cien Veces Cien” (Edifsa, Salamanca, 2019), donde se incluyó su libro Los elementos terrestres, junto a un buen número de poemas dedicados a ella. También en 2019 se publicó en San José y bajo el sello de editorial Estucurú, la obra Territorio de Voces y Fuego. Homenaje a Eunice Odio, antología coordinada por la poeta y editora costarricense Monthia Sancho, y en la cual tuve el privilegio de participar con los auspicios de Javier Alvarado, querido poeta panameño.

 

Pues Monthia Sancho no se quedó en ese magno homenaje colectivo. Por Amor a la palabra poética y por necesidad espiritual, escribió un poemario dedicado especialmente a dialogar con Eunice Odio, a expresar su admiración y su necesidad de aprendizaje ante los monumentos poéticos creados por su paisana.

 

El resultado ha sido El rastro de la grulla / The Crane’s Trail, un libro bilingüe publicado por Nueva York Poetry Press, dirigida en la ciudad de los rascacielos por Marisa Russo. Tiene una texto en la contraportada, firmado por el Juan Carlos olivas, conocido en Salamanca por haber sido el justo ganador del VI Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador”, un galardón muy apreciado aquende y allende nuestro idioma.

 

El libro está vertebrado en tres partes: “Halo a contraluz”; “Yo la repatriada” e “Incienso al vuelo”.  De la primera parte he seleccionado uno de los poemas, que ahora ofrezco a mis lectores.

 

 

"Yo no he venido  a  disfrutar  lo hecho,,

sino a fundar desconocidos frutos."

Eunice Odio

I

HALO A CONTRALUZ

 

IV

Aver golpeaste de nuevo mis cuerdas,

escuché tus gritos hambrientos de Luz,

ellos mostraban tu calvario.

 

Creí que sabías que tu rastro

había dejado perennes huellas

que ya no transitabas

por ese fuego sin espacio,

pero atisbé

cómo el grillete detenía tu vuelo.

 

Supe que tenía que encaminarte

hasta el sendero

donde descansan las almas.

 

Desde esta rierra

lanzo mis rezos,

enciendo siete velas

con la cerilla de gracia,

para que tu alma alcance

la promesa

de la Luz

y del reposo.

 

 

 

"I have not come to enjoy what is done,

but to found unknown fruits."

Eunice Odio

 

I

HALO AGAINST A BACKLIGHT

 

 

IV

Yesterday you strummed my strengths again,

I heard your screams hungry of Light,

they showed your calvary.

 

I thought you knew

that your tracks

had left perennial footprints

that you no longer walked

through that fire without space,

but I discerned

how the shackles stopped your flight.

 

I knew then

I had to direct you

to the trail

where the souls rest.

 

Then

from this land

I cast my prayers,

I light up seven candles

with the match of grace,

for your soul to reach

the divine promise

of light

and rest.

 

 

 

Invocar

El poeta Juan Carlos Olivas leyendo en el Teatro Liceo de Salamanca (Foto de Jacqueline Alencar)

 

Invocar a los espíritus es quizás uno de los oficios más cotidianos del poeta. Traer, desde el verbo en carne viva de la palabra, esa presencia que otrora pareciera haberse ido, pero solo bastaba un simple encantamiento, el preciso, para que una vez más volviese a vivir un puñado de páginas que se agolpan contra el fuego, contra lo que fue, lo que será y aún es, entre los pliegues de la imaginación, lúcido encuentro. Monthia Sancho nos trae el espíritu de Eunice Odio, ni más ni menos. Y nos muestra en su forma de invocarla los misterios de la autoinmolación, ese espacio atemporal en el que reza para que su atormentado espíritu encuentre al fin la luz, a sabiendas que al acercarse demasiado podría también quemarse. Es el riesgo de la propia extinción lo que hace tremendamente conmovedor a este poemario. Es saber que el desti­no de esta gran poeta de la que todos somos hijos, podría ser asimismo nues­tro propio destino, el de la patria cruel, el de la soledad paupérrima y bendita, el del sollozo de las botellas vacías de las noches soberbias, el de la mano ausente de un amigo en la hora de su muerte en las entrañas del agua.

JUAN CARLOS OLIVAS