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Martes, 19 de enero de 2021

Soliloquios aéreos

Diez horas encerrados en un avión especial para cruzar el océano y alcanzar el corazón del continente y otras tantas de vuelta dan para mucho. Salvo que son de la misma generación, puesto que los diez años que se llevan están en la horquilla de los quince establecidos caprichosamente por Ortega, lo demás los separa. Uno representa todo contra lo que el otro lucha, que tiene su punto neurálgico en el privilegio del primero por razones de cuna. Pero ahora los reúne una tarea de estado cuya presencia el segundo ha forzado porque no es habitual que alguien de su rango acuda a un acto de ese tenor. La comitiva no es excesivamente numerosa y hay espacio suficiente para ocupar lugares extremos en la cabina que eviten la interacción. La posibilidad de la charla discreta está abierta, aunque ello daría mucho que hablar en los mentideros nacionales. Al menos el soliloquio parece plausible.

“Regreso a un país donde siempre me trataron muy bien y mis conferencias tuvieron una calurosa acogida. Desde la atalaya que supone el altiplano conocí el continente y entendí las razones que esgrimía Íñigo de su relevancia: desde los afectos al inevitable compromiso académico para transformar una realidad profundamente injusta y desigual. Por mi cargo actual y sin defraudar a mis anfitriones sé que tendré que cuidar mis palabras. Quien se dice primer servidor del estado, que formalmente preside esta delegación, no mantiene sino una pura pose que oculta desde intereses de clase a una ignorancia supina del país real al que vamos dos días. Me resulta fascinante repasar lo que ha sucedido en mi vida desde la última vez cuando viajé en un vuelo que no era directo y constatar cómo aquellas charlas con Álvaro y los hermanos sobre la toma del poder, cuando el frío se adueñaba de la noche paceña, trazaban un libreto cumplido en cierta manera”.

“Es difícil mirar fijamente a los ojos de quien sabes que quiere tu cabeza. Además, no le gusta mantener la mirada. Cuando me dijeron que había forzado el protocolo para incorporarse al séquito torcí el ceño. Había razones de peso, dijeron, ‘porque es alguien reconocido allí que facilitará las cosas templando también la presión que se pudiera ejercer sobre la eterna cuestión de las disculpas a las comunidades originarias’. Entiendo las razones de estado y la necesidad de tragarme este sapo, pero mi padre nunca viajó con alguien que expresamente se la tuviera jurada. Dicen que el trato personal morigera las tensiones y que desarrollar la empatía alivia los malos rollos. ¿Debería preguntarle por sus experiencias en ese país, por su percepción de los problemas de la región? Podría recordarle que, Carmen, una antigua compañera de su departamento universitario con la que quizá nunca se encontró, no solo por una cuestión generacional sino por desavenencias ideológicas, venía por casa cuando éramos adolescentes”.

El capitán ha encendido las luces y el sobrecargo ha recordado la saludable necesidad de que los pasajeros piensen menos y hablen más.