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Sábado, 16 de enero de 2021

El exilio cultural

Malo cuando volvemos al símil del avión. Lo volvió a recordar la señora Arrimadas en la “desigual” moción de censura de la semana pasada: “¡como si cayera un avión cada día con doscientos pasajeros!”. Esto y decir que estamos en la Champions del coronavirus viene a ser lo mismo.

Nosotros en esta segunda ola aún no hemos hablado de la “desgracia” -término que se consolida-, distinto de lo que hicimos en la primera, en la que, con nuestros artículos, creímos contribuir a nuestra calma y a la de los demás. Ahora habrá otras plumas que tomen el relevo y lo entiendan como lo entendimos nosotros: escribir con responsabilidad.

Por tanto, ya que fuimos leales a no hacer crítica política con la desgracia, hoy vamos a tomarnos una pequeña licencia y nos referiremos a la parte “positiva” de la “desigual” moción de censura, o sea, a los matices ideológicos entre los partidos de derecha.

Dejando aparte al nuevo Ciudadanos de la señora Arrimadas, sensatamente preocupado por la salud y el coronavirus, como vimos al comienzo, bastó un “hasta aquí hemos llegado”, palabras de ruptura del señor Casado con el señor Abascal, para que llegara un poco de aire fresco al Parlamento con la esperanza de que en Europa pudiera ser homologable una derecha española moderna a la altura de las circunstancias.

“Son ustedes el peor Gobierno de los últimos ochenta años”, había dicho Abascal sobre el Gobierno del señor Sánchez. Y esto no, señor Abascal, usted no puede “abascal/abarcar” tanto, pensaría el señor Casado. Los cuarenta años de Franco no pueden contar para los demócratas. Es un paréntesis en la Historia. Nadie debe ocultar que en la guerra se vertió mucho odio, pero peor aún fue el odio de después de la guerra.

Cárcel, ejecuciones, miedo, silencio o exilio fueron las puertas de salida de los que perdieron. Una monstruosidad de la que nadie debería enorgullecerse, sino sentir vergüenza. Así, por mucho Halloween, en lugar de muerte, con el que quisiéramos disfrazar aquella dictadura, ningún partido democrático debería sentirse heredero.

En una columna como esta no podemos hablar de tanto despropósito con los vencidos, por lo que sólo nos referiremos al exilio, y de este -sin olvidar a nuestros compatriotas sin visado asesinados en los campos de concentración nazis- nos centraremos en el exilio cultural, a sabiendas de que con total seguridad nos olvidaremos de muchos.

Cruzando las fronteras, el exilio más breve fue el de Antonio Machado, que calló rendido por la enfermedad y el sufrimiento en el pueblo francés de Colliure. Y el largo exilio a México y otros países, del que no tuvieron retorno y sus restos quedaron allí para siempre, de los Luis Cernuda, Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Emilio Prados, Ramón Gómez de la Serna, Arturo Barea, Ramón J. Sender, Pau Casals, Manuel de Falla, Salvador de Madariaga, María Lejárraga, Concha Méndez, etc. Y otros y otras, como Rafael Alberti, Jorge Guillén, María Teresa León, Rosa Chacel, María Zambrano, Ernestina de Champoucín, Manuel Altolaguirre, etc., que después de un largo exilio, algunos hasta la muerte de Franco, volvieron y fallecieron en España.

Y sin salir de nuestro país, digamos que hubo reconocidos intelectuales exiliados hacia el otro mundo, que como dijo en cierta ocasión José Bergamín, fueron Miguel Hernández y Federico García Lorca. Pero añadamos a Miguel de Unamuno, cuya muerte no fue tan natural según estudios recientes.

Después existió el exilio interior, al que bien se le puede aplicar un pensamiento de Thomas Mann, quien una vez Hitler en el poder tomó el camino del exilio con estas palabras: “No es que los nazis no me dejen vivir, es que no me dejan pensar”. Y hay quien, para pensar, caso del poeta catalán Josep Vincent Foix, tuvieron que poner entre Franco y él “un muro de poesía”.