Miércoles, 25 de noviembre de 2020

Cestas de Navidad en tiempos de Covid-19

Tratándose de una tradición propia de la crisis económica, cuando la ausencia de Seguridad Social asediaba un pueblo empobrecido como el nuestro, las cestas y lotes de Navidad han sido sustento y gracia del esfuerzo ciudadano

Los lotes y las cestas de Navidad son un obsequio típico y tradicional de nuestro país cuya continuidad debe extenderse incluso en actual contexto. Más aún, cuando se trata tanto de una obligación de la empresa para con el trabajador, como un retorno a los valores que cimientan nuestra identidad. 

Manteniendo la normalidad

La pandemia y el actual estallido de rebrotes de Covid-19 a lo largo y ancho de nuestro país ha trastocado nuestro día a día, empujándonos hacia una situación que, a la fuerza, hemos apodado como la “nueva normalidad”. Viviendo en la vorágine de incertezas de una etapa cuya volatilidad pone en la cuerda floja también nuestra economía, ahora más que nunca es momento de solidarizarnos con nuestros conciudadanos. Acercándonos inminentemente a unas Navidades que prometen ser un tanto extrañas, el poderoso valor de compartir exige ser invocado. Y, con ello, los detalles que tanto reconfortan el espíritu.

A pesar de las derivas laborales y económicas, todo trabajador, además de salud, reza por sentir un abrazo amigo que apoye su esfuerzo, su sacrificio y su constancia. Un abrazo que, a riesgo de no efectuarse por prevención contra el contagio, encuentra vías distintas como los obsequios navideños que se brindan con las cestas de Navidad. De hecho, Carlos Franco, gerente de Cestas-Originales, declara a este medio que las solicitudes este año son de cestas y lotes de Navidad más baratas que otros años. Por lo tanto, razón de más por la que recurrir a dicho obsequio, de entre un vasto repertorio, mediante el que repartir afecto y ánimo.

Agradecimiento y obligación

Del amplio catálogo de tradiciones que guarda nuestro folklore, la celebración de la Navidad es posiblemente una de las más esperadas. La ilusión que acarrea toda esa mitología mágica de luz fantástica y encuentro fraternal apenas encuentra rivales. Y, si bien para muchos se trate de una festividad limitada al descanso, son muchas las personas que ritualizan esta señalada fecha apasionadamente. Más aún, cuando se trata de esos pequeños detalles que revalorizan el esfuerzo de ganarse el pan y que, como bien han recordado tanto sindicatos como el Tribunal Supremo, la obligación de mantener los lotes de navidad se extiende a estos tiempos.

Tratándose de una tradición propia de la crisis económica, cuando la ausencia de Seguridad Social asediaba un pueblo empobrecido como el nuestro, las cestas y lotes de Navidad han sido sustento y gracia del esfuerzo ciudadano. En el actual contexto, y más que un derecho del trabajador ante la empresa por la que trabaja, se trata de un detalle que puede incluso suponer un bolsillo más holgado para afrontar el dispendio de las fiestas. Como es sabido, y aunque sea necesario para engrasar los engranajes de la economía, el consumo se dispara en Navidad. Por ello, gozar de un lote de calidad puede acercarnos a aquellos caprichos que hemos restringido con el paso del tiempo.

Por lo general, las cestas y lotes de Navidad agrupan distintos productos de notable categoría y calidad que no pueden faltar en ninguna mesa navideña. Desde botellas de cava, vino y sidra, hasta packs de queso, jamón, turrones y otros dulces y licores. Se trata, por lo tanto, de productos cuya naturaleza forma parte indispensable de la fecha en la que se proponen reaparecer en el mercado. Asimismo, sin ser exactamente bienes de primera necesidad, obedecen a un capricho al que todos tenemos derecho en un momento solidario. Es deber del ser humano disfrutar de los pequeños placeres. Y si, además, éstos nos los proporciona nuestra empresa, sentiremos su agradecimiento.


La cesta de Navidad en tiempos de postmodernidad y Covid-19

La era en la que hoy se sumerge la interminable vida humana está sujeto a aquello que Zygmunt Bauman acuñó como sociedad líquida. Bajo el prisma del sociólogo polaco, esta sociedad se caracteriza por una ausencia de arraigo, tanto material como inmaterial, que se traduce en una constante búsqueda del placer a corto plazo. Es decir, una fractura total contra la generación anterior, sujeta a todo cuanto es firme, estable, seguro y tradicional, apostando por un carpe diem que no confiere treguas y que, además, condena todo cuanto considera estanco. Sin embargo, una tradición como las cestas de Navidad cambia el sentido al prisma de Bauman.

Existe hoy en día un receso en la postmodernidad que impera entre los más jóvenes donde se incluye cierta nostalgia por lo folklórico y lo tradicional. Ejemplos de esta nueva deriva podemos hallarlos en todo tipo de artistas musicales, cuyos videoclips, lejos de proyectar una imagen futurista, extraen del pasado su valor estético y lo incrustan en el ahora. Justamente, un grito disruptivo contra lo “pasado de moda” y a favor de una recuperación de nuestras tradiciones. En el ejemplo de las cestas y lotes de Navidad, encontrando, por poco concebible que parezca, cestas de Navidad veganas, vegetarianas y a medida.

La revalorización de “lo de toda la vida”

Se trata, por lo tanto, de un nuevo ciclo donde los pilares que mantuvieron el mundo antaño, de los más triviales a los más complejos, retoman hoy su trono ocupando de nuevo un lugar especial de nuestro podio atávico. Con más relevancia todavía, cuando, en estos momentos, la exposición a un entorno contagiado de coronavirus retrotrae la búsqueda de la seguridad doméstica, del valor de las tradiciones en familia. Razón por la que ese cariz vintage de elementos como una cesta de Navidad transgreden incluso su significado para arraigarse en un acto repetido, positivo y con origen que, con el tiempo, llamaremos tradición.

Es aquí donde aquellos “de toda la vida” toman su verdadera forma. Ante un mundo cambiante, líquido a criterio de Bauman, de grandes comercios cuyos productos no dejan de redefinirse, queda el escudo de siempre, lo conocido. Un retorno a todo cuanto es seguro y reclama nuestra presencia. Porque, de forma inequívoca y sin entrar en criterios de sabor y preferencia, siempre será más bien recibido un buen vino y un jamón de pata negra en nuestra cesta que un paquete de sushi.