Sábado, 28 de noviembre de 2020

Más allá de las tentaciones

A pesar del título, digamos que nuestro artículo de hoy nada tiene que ver con ese programa de la isla con el que intenta distraer a su público la cadena Mediaset. Las tentaciones a las que nos referimos no buscan morbo ni servir de espectáculo, sino esas en las que ya se ha caído y han ocurrido en la mismísima Santa Sede.

La pasada semana saltó la noticia de que el Papa Francisco había pedido al cardenal Giovanni Angelo Beccio la renuncia a los derechos cardenalicios. Una información ni mucho menos banal, pues el purpurado estaba muy bien posicionado, con permiso de la divina providencia, para ser elegido pontífice en un próximo cónclave.

Las tentaciones del cardenal, reveladas por sus antiguos colaboradores, fueron presuntas prácticas de blanqueo y envío de dinero a varios de sus hermanos encargándoles trabajos en las nunciaturas de las que fue responsable. ¿Miserias humanas? ¡Vaya usted a saber!

Hasta aquí la noticia. Y siendo muchos los secretos que guardará la Santa Sede, si alguno es aireado desde el mismo Vaticano, como en este caso, quizá sea por la imposibilidad de no poder soterrarlo.

En la Historia tenemos muchas tentaciones en las que la Iglesia estuvo por medio. Unas fueron por obediencia y otras por desacato, pues dado su poder, reyes o gobernantes se sirvieron de su influencia bien por interés personal unos y otros para aherrojarse el seguimiento de todo un pueblo.

Nunca por sabidas hemos de ahorrar referirnos a las locuras de Enrique VIII de Inglaterra, quien después de ser premiado por su celo católico con el título de “Defensor de la Fe”, cumplió la tentación (de católico a protestante) y organizó el cisma del anglicanismo defendiendo la causa luterana, todo ello por rebeldía al no conseguir la demanda de anulación de su primer matrimonio. Su deseo era casarse con Ana Bolena, una dama de la Corte de la que estaba locamente enamorado.

Es sabido que el rey se apoyó en un arzobispo que se plegó a sus deseos, se casó, fue excomulgado y replicó con un “Acta de Supremacía” (1534) organizando una Iglesia inglesa independiente de la autoridad pontificia y proclamándose jefe supremo de la misma. Pero lo curioso fue que posteriormente mandó decapitar a su mujer, Ana Bolena. Asimismo, es conocida la decapitación y repudios de otras esposas.

Pero esto solo es el resumen de un rey al que no se le podía llevar la contraria. Víctimas de su maldad e ira, fueron ejecutados su ilustre canciller y amigo, Tomás Moro, y el ministro Tomás Cromwell.

También es conocida la consumada tentación (de protestante a católico) de Enrique IV de Borbón, rey de Francia y de Navarra (de la Navarra transpirenaica o francesa), en quien, con apenas quince años, recayó la jefatura del partido hugonote o calvinista en medio de las guerras de religión. Y salvado de la matanza de protestantes en la tristemente célebre noche de San Bartolomé (1571), se dedicó a reorganizar los fuertes calvinistas para dar la batalla a las fuerzas católicas.

Pero viendo la oportunidad de heredar la corona francesa a la muerte de Enrique III y sin ninguna posibilidad si seguía en contra de la Liga Católica en un país de mayoría católica, aquella tentación, en principio infranqueable, la llevó a cabo abjurando del calvinismo y abrazando el catolicismo con la famosa frase “París bien vale una misa”.