Martes, 24 de noviembre de 2020

Rebaño

De pronto, una palabra que permanece en el almacén de los recuerdos escolares, o que asoma a la boca cuando desde el coche en un viaje de fin de semana se vislumbra en lontananza, cobra vigencia. No se trata tampoco de su encuadre literario en el mundo rural, ahora que se celebra el centenario del nacimiento de Miguel Delibes que tanto usó de ella, ni de su vinculación con los pasajes bíblicos, tan útil para apuntalar enseñanzas acerca del comportamiento humano. La oveja perdida, la oveja negra, el papel del pastor, el calor del rebaño, configuran un elenco de imágenes muy potentes para construir un relato en diferentes direcciones. De todos sus usos el más habitual es el que muestra un componente de plácida mansedumbre, nada que ver con recua, ni menos con jauría o con piara aplicados a perros y cerdos. Quizá las muy en desuso hato o majada pudieran aproximarse más.

Pero ahora su significado ha entrado en nuestras vidas acompañando a un sustantivo dominante: inmunidad. Así, la inmunidad del rebaño se plantea en algunas instancias como la panacea a todos los males que la pandemia inflige. Una solución cómoda propugnada por quienes consideran que todo lo que está ocurriendo debería ser ajeno a la actuación del Estado, así como de los que piensan que su libertad no solo es inalienable, sino que está por encima de cualquier otra cosa. Una medida que consiste en alcanzar un determinado nivel de contagio que varía en función de distintos factores como la densidad y la estructura de la población y, por supuesto, las propias características del virus. La inmunización natural a lo largo del tiempo dejaría centenas de millones de contagiados con sus consiguientes secuelas y decenas de millones de muertos. El impacto en la salud pública sería letal, se produciría su colapso con el consiguiente impacto en el resto de las enfermedades que no podrían ser atendidas.

Mi colega me dice por teléfono que se siente enajenado porque le obligan a ir con mascarilla asimilándole a todo el mundo sin poder mostrar su individualidad; además, han cerrado los bares cercenando su albedrío a la hora del aperitivo. No entiende que le obliguen a que su comportamiento público sea pautado milimétricamente y vuelve a pronunciar la palabra: “nos tratan como a un rebaño”. Sigo la conversación y le pregunto por el pastor. Tras un breve silencio me dice que no quiere que haya pastores. Entonces eso no es un rebaño, le respondo. “Bueno”, señala tras una nueva pausa, “lo que no quiero es que el pastor sea de los otros”. Perplejo, quiero desviar la conversación hacia otro tema, pero ya es difícil pues no suelta el hilo: “Los pastores actuales -continúa- quieren arruinar al país para mantenerse en el poder sobre unos borregos que dependerán de las órdenes y de los subsidios que ellos den”. Anonado dejo vagar mi vista hasta topar con la loma envuelta en la polvareda que levanta el rebaño de mi pueblo camino del redil.