Viernes, 30 de octubre de 2020

La vida disoluta de un rey

Bien podemos decir que el término disoluto, referido a moral sexual, hace mucho tiempo que dejó de penalizar en la sociedad. “A mí qué me importa con quien se acueste ese señor o señora. Lo importante es que cumpla con su deber”. Un deber referido al trabajo, que “es sagrado”.

Sin embargo, al retroceder en el tiempo, el peso de lo disoluto casi acapara por completo la vida de personajes históricos -reyes sobre todo- que formaron parte de nuestras primeras enseñanzas.

Fijémonos, como ejemplo, en uno de los nuestros. Qué les parece si traemos la historia de aquel penúltimo rey de los Habsburgo que reinó en nuestro país en la época del absolutismo. Vamos a referirnos al vallisoletano Felipe IV, un rey que vivió envuelto durante los cuarenta y cuatro años de reinado en un ambiente de fiestas cortesanas, cacerías y aventuras amorosas totalmente promiscuas.

Para ello su misión de rey, creciendo la decadencia en España, la dejó en manos de Óscar de Guzmán, tomado por valido cuando solo era un rumboso universitario en nuestra ciudad, Salamanca, posteriormente más conocido como Conde Duque de Olivares, quien hizo y deshizo a su antojo con la astucia de que a su rey no le faltara “pan y circo”.

Por esta dejadez de funciones del monarca, no existe libro de historia que no haga alusión a su vida disoluta, de la que heredó el apodo de “El Incansable”. Tuvo trece hijos legítimos y se le reconocen más de treinta bastardos (lenguaje de la época hoy en desuso), con la mala fortuna que, por muerte, ilegitimidad u otras causas solo uno reunió las condiciones para ser su heredero.

El último; engendrado en la ancianidad, cuando el rey padecía todo tipo de enfermedades venéreas, y dándose la circunstancia de que el pobre niño también heredó las complicaciones de la consanguinidad. Así llegó al mundo Carlos II. Un infante que a los tres años aún no podía sostenerse en pie y que, a los cuatro, fallecido su padre, pasó a gobernar los destinos de medio mundo bajo la tutela de su madre.

Desgraciada vida la de este rey, a quien le cayó todo tipo de mofa por sus esfuerzos en tener descendencia. Un asunto de bragueta que quisieron arreglar con ayuda de brebajes, estampas, reliquias y novenas, sin conseguirlo, y que hicieron exclamar a la reina: “¡Creéis verdaderamente que esto es cuestión de rogativas!”.

Ella era María Luisa de Orleáns, quien de princesa fue la más hermosa de Europa y de casada no era más que un vientre de Estado para dar un heredero, sin éxito alguno a pesar de los ungüentos y cocidos procreativos que le administraron mientras el pueblo le sacaba cantares: “Parid, bella flor de lis, que en ocasión tan extraña, si parís, parís España y si no parís, a París”. Pero no fue a París, sino a la tumba. Posiblemente la falta de paz y esos ungüentos contribuyeron a su muerte prematura.

La nueva esposa fue Mariana de Neoburgo, elegida por la fama de fertilidad de las princesas bávaras. Otro fracaso a pesar de sus simulacros de embarazo para ganar tiempo y mangonear los asuntos en su interés.

La impotencia del rey no se quería reconocer, pues para quienes se aprovechaban del poder de la Corte, el rey tenía que dar un heredero sí o sí, y la nueva ocurrencia del monarca, admitida por el Gran Inquisidor, fue que este había sido víctima de un hechizo, con lo que manos a la obra: la Corte fue tomada por exorcistas y curanderos y el único embarazo fue las burlas del pueblo: “Tres vírgenes hay en Madrid: la Almudena, la de Atocha y la reina Nuestra Señora”. Un cronista de la época llegó a decir que el rey no tenía descendencia “porque tenía constipadas las partes”.

Desgraciada vida la del último Austria, que más que “El Hechizado”, debían haberle llamado “El Desdichado”, pues volviendo a recordar a su padre, Felipe IV, podemos decir que “buena la lió”.