Viernes, 30 de octubre de 2020

Madrid

Hay palabras que arrostran una infinidad de significados por cuanto que respaldan innumerables vivencias individuales que en muchas ocasiones adquieren connotaciones colectivas. Además, la historia las dota de un sentido profundo que enmarca situaciones complejas. Sucede con la mayoría de las ciudades, pero, en este caso, “pongamos que hablo de Madrid” y que escribo no tanto al calor inmediato que provocan los titulares de los noticieros como del simbólico deterioro que ejemplifica para muchos otros lugares su devenir cotidiano.

Desde ámbitos concretos como la salud, que domina la preocupación del día a día, hasta el más abstracto de lo simbólico, lo ocurrido en los últimos años en la capital del país, que se extiende a la Comunidad Autónoma, intensificado dramáticamente por la desastrosa gestión de la pandemia, constituye un ejercicio atrabiliario de oportunismo y de sectarismo sazonado de dosis elevadas de cinismo. Algo que no es exclusivo de Madrid pues se comparte con otros lugares de España y del entorno europeo en el que nos movemos, sin olvidar el americano.

La sanidad madrileña, como ha ocurrido en la educación, ha ido desmantelando poco a poco su sector público para beneficiar al privado. Para ello, las autoridades han congelado plantillas de personal sanitario, han reducido notablemente las inversiones y han llevado a cabo políticas para desalentar expresamente a los usuarios de acudir a los centros de salud y hospitales públicos, como ha ocurrido con las listas de espera, extendiendo el mantra de su ineficacia frente a la eficiencia del mundo privado. Esta situación ha tenido su colofón en los últimos seis meses desde que las autoridades madrileñas decretaron la ilegibilidad de los ancianos residentes para ser atendidos en los hospitales (y que ahora confrontan más de cuatrocientas denuncias penales de familiares de las víctimas). Después vinieron las pólizas de seguros privados incrementando su número en un 30% con respecto al año pasado, o la decisión apresurada de la construcción del hospital de pandemias cuyo beneficiario inmediato es una importante empresa constructora.

Muestra de cómo el cinismo ha desembarcado también en lo simbólico es la condena al olvido de los socialistas Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto por parte del ayuntamiento de la ciudad. Así, a propuesta de Vox y secundada por el Partido Popular y por Ciudadanos, aprobó retirar la estatua del primero, ministro de Obras Públicas durante la segunda República y presidente del Consejo de Ministros durante la guerra civil, erigida en el entorno de Nuevos Ministerios en 1985, y la del segundo, también ministro de Obras Públicas, Marina, Aire y Defensa Nacional. Así mismo, retiró sendos nombres del callejero. Según el concejal Javier Ortega Smith del partido proponente eran “personajes siniestros”, “criminales” y “antidemócratas”. El concejal del Partido Popular, Borja Fanjul, en su intervención para avalar esa decisión mencionó al “macabro espectáculo” del traslado de los restos del dictador Francisco Franco y apuntaló su intervención afirmando: “es lo que tiene la memoria que cada uno tiene una memoria distinta. Es muy personal”. Por supuesto. Abuso, beneficio y descaro.