Miércoles, 28 de octubre de 2020

La vuelta al cole (II)

"Como señala The Economist, los campus son lugares excelentes para el cultivo de los virus y los estudiantes viajando de un país a otro son buenos agentes difusores"

El rector y el gobernador tuvieron una larga conversación. La universidad había comenzado con precauciones sus clases a primeros de agosto, pero diez días después decenas de estudiantes contagiados encendieron la alarma. Una vez más había que sopesar una decisión de salud pública entre una maraña de factores con incidencia en otras facetas colaterales a la vida universitaria. Desde asuntos vinculados a expectativas personales que se veían quebradas a cuestiones relativas a la economía del entorno que quedaba lesionada. Al tratarse de una universidad estatal, la más antigua de Estados Unidos, la autoridad política tenía la última palabra frente a la académica.

La Universidad de Carolina del Norte cerró sus residencias a mediados de agosto, mandó a sus 20.000 estudiantes de grado a casa para seguir sus clases de manera virtual, y solo mantuvo distanciados a los 10.000 estudiantes de posgrado, así como al cuadro del profesorado y de la administración. Chapel Hill, la ciudad de 60.000 habitantes donde tiene su sede principal la universidad, cuya vida gira en torno a esta y que había clamado desesperadamente por la apertura irrestricta, se vació y su economía pasó del calor húmedo estival a la pura hibernación. Por otra parte, la propia universidad aumentaba su déficit pues no hay que olvidar que una de las fuentes de ingresos más saludable de aquel mundo estudiantil se deriva de la gestión de las residencias.

En un escenario paralelo se encuentra el que hasta hace poco aparecía como irreversible proceso de internacionalización del que muchas universidades hicieron su razón de ser distanciándose con fortuna de las que quedaron ancladas en un provincialismo pacato. Si en el año 2000 había dos millones de estudiantes internacionales, veinte años después esa cifra superaba los cinco millones. Un asunto nada marginal en el apogeo de la globalización no solo por la cifra sino por tratarse de jóvenes cuyo proceso de maduración conllevaba una socialización más rica que preludiaba un estilo de vida diferente con un notable impacto en su entorno. Además, sobre la fuerte movilidad internacional se gestó una red de intereses no estrictamente académicos que terminó definiendo en gran parte a las nuevas universidades cosmopolitas.

Pero la pandemia vino para complicarlo todo. Como señala The Economist, los campus son lugares excelentes para el cultivo de los virus y los estudiantes viajando de un país a otro son buenos agentes difusores. Reproduce un estudio de la Universidad de Cornell que señala que, aunque un estudiante universitario promedio comparte clases con apenas el 4% de sus colegas, “they share a class with someone who shares a class with 87%”. Por consiguiente, el potencial para la rápida propagación de la COVID-19 es máximo. Un aspecto que contribuye a la zozobra sobre el ya de por si complicado futuro de universidades perplejas, ensimismadas y con escasa capacidad de reacción ante los profundos cambios registrados en la sociedad y en el mercado de trabajo, así como por el cada vez menor interés que despiertan en el ámbito político.