Martes, 22 de septiembre de 2020

Cartas de los lectores

El ADN nuclear de Salamanca

El proyecto de una mina de uranio en Retortillo ha generado una nueva polémica en la provincia

La provincia de Salamanca parece tener en su ADN la palabra nuclear grabada en una de sus bases nitrogenadas. Son varios los proyectos salmantinos, presentes, pasados y futuros, en los que «nuclear» y «radiactividad» han sido o son parte fundamental. Y la clave de todo está en su suelo, en su geología, en un metal que todos conocemos y que siempre asociamos con el amarillo, con la letra «U» y con el número 238: el uranio.

La historia nuclear de la provincia de Salamanca es larga y empezó en los años 70’s, cuando se abrió en Saelices el chico Mina Fe, una de las explotaciones de uranio más importantes que ha tenido el país. Más tarde, en 1985, España abría en Juzbado su primera y única planta de combustible nuclear, en la que no se enriquece el uranio sino que se fabrican las barras que después se emplearán en centrales nucleares de España y otros países. Pocos años después, en 1987, el gobierno quiso poner en marcha un proyecto experimental para ver la viabilidad de los granitos como rocas para almacenar residuos nucleares (los temidos cementerios nucleares). Este proyecto, que nunca se llegó a poner en marcha por la férrea oposición social, que no dudó incluso en secuestrar y derribar torretas del tendido eléctrico con explosivos, iba a desarrollarse en las galerías subterráneas de la presa de Aldeadávila, excavadas precisamente en granitos. Hoy en día la palabra nuclear vuelve a estar asociada con un proyecto salmantino, esta vez una nueva mina de uranio que la australiana Berkeley pretende abrir en Retortillo desde hace ya más de una década. ¿Por qué en Salamanca hay tantos proyectos asociados con la energía nuclear?

La radiactividad no es un invento humano. Es un fenómeno físico natural que encontramos en absolutamente todo lo que nos rodea, desde el suelo hasta nosotros mismos. La radiactividad es en realidad la energía que liberan los radioisótopos para alcanzar la estabilidad, en un proceso que llamamos desintegración radiactiva y que puede durar fracciones de segundo o millones de años. Todos los elementos de la tabla periódica tienen algún radioisótopo, aunque no todos los tienen en la naturaleza porque algunos duran tan poco que solo los podemos sintetizar en el laboratorio. Nosotros mismos somos en parte radiactivos, y es precisamente gracias a esa radiactividad que emitimos que existe la prueba del carbono-14, que en realidad es un radioisótopo. También es radiactivo parte del potasio de los plátanos (el potasio-40 es de hecho el radioisótopo más abundante de planeta) o el hidrógeno y el oxígeno del agua que bebemos. Porque insisto, todo en el universo es radiactivo. Esto es muy importante para entender por qué en Salamanca hay tantos proyectos nucleares, aunque en nuestro caso el elemento químico que está detrás no es ni el potasio de los plátanos ni el carbono de nuestros cuerpos, sino el uranio de nuestras rocas.

El uranio es un metal en el que todos sus isótopos son radiactivos, son radioisótopos. La mayoría del uranio que existe en la naturaleza es isótopo uranio-238, aunque también hay en la naturaleza pequeños porcentajes de uranio-235, que es el que hay que concentrar en el combustible nuclear por medio del famoso proceso de enriquecimiento nuclear. Pero volviendo a la naturaleza, en los dos isótopos principales el uranio tiene un radio demasiado grande para entrar con facilidad en la mayoría de los minerales, por lo que cuando un magma va solidificando el uranio poco a poco se va concentrando en el residuo que queda. Y en el caso de las rocas plutónicas las últimas en formarse, las que proceden de ese residuo y por tanto más uranio tienen, son los granitos. Todo el oeste salmantino (en realidad prácticamente todo el oeste de la península Ibérica) está formado por abundantes plutones graníticos en los que tenemos uranio en distintas proporciones, un uranio que va desintegrándose poco a poco y que lentamente va pasando a otros elementos químicos hasta alcanzar la estabilidad en forma de plomo. Uno de esos elementos intermedios, muy conocido en los últimos años, es el radón.

Parte de la historia reciente de Salamanca parece destinada a ser escriba en amarillo radiactivo y con solo 92 caracteres, como 92 son los protones que caracterizan al uranio. Muchos de nuestros granitos tienen concentraciones importantes de uranio, que a veces se ha movilizado y concentrado en lugares en los que podía explotarse, como era el caso de Mina Fe en el pasado y del actual proyecto de Berkeley en Retortillo. En otras ocasiones, el uranio no aparece con concentraciones elevadas sino en pequeñas partes del interior de los minerales que forman los granitos. Porque el uranio en realidad es parte de nuestros granitos, es parte de nuestra historia. El uranio, el radón y otros radioisótopos presentes en el suelo salmantino son parte del ADN de Salamanca, una provincia en la que lo nuclear es frecuente, aunque no siempre seamos conscientes de ello.

 

Daniel H. Barreña es geólogo, educador ambiental y escritor. Es director del blog Hombre Geológico y autor de IPES, una novela en la que recrea el secuestro que se vivió en Aldeadávila en 1987 como parte de los actos que se realizaron en contra del proyecto IPES.