Miércoles, 28 de octubre de 2020

La vuelta al cole (I)

"Septiembre está al caer. Siempre fue un mes especial que hacía que la vuelta al redil tuviera un carácter ritual bien recibido". Foto EP

“Debe estar la cosa bien complicada cuando este año no han sacado el anuncio”, me dice mi amiga que está deseando que el dicho publicitario popularizado por los grandes almacenes se haga realidad porque no aguanta más. Vive en un piso de poco más de cien metros cuadrados con una terraza orientada al sur a la que dan tres de las cinco habitaciones que tiene. El barrio es uno más concebido durante la explosión inmobiliaria de hace medio siglo. Desde marzo ella y su pareja hacen teletrabajo, aunque sus ocupaciones son distintas yendo de la actividad más estrictamente burocrática con un horario fijo a la más liberal con una agenda sin restricciones. Sus dos vástagos que están en edad escolar han vivido el marasmo de las aulas virtuales y luego han realizado un sinfín de labores tampoco presenciales con las que han ido llenando el verano que, entremedias, ha contemplado salidas esporádicas a pueblos cercanos donde pasar algunos días en casas de amigos o de familiares.

Sabe que se han establecido nuevos hábitos que van a perdurar durante mucho tiempo, si no para siempre, y que la formación de rutinas requiere de un margen. Odia la incertidumbre, la improvisación. Dice que como experiencia ya tiene suficiente, que quiere pasar página. Los cinco últimos meses han dado para toda clase de sensaciones, casi siempre moteadas de un carácter negativo: enfados, riñas menores, frustraciones, cansancio, tedio. En un momento dado el espacio se convertía en una camisa de fuerza que inhibía cualquier atisbo de imprescindible intimidad. Las interacciones entre los cuatro devengaban en un juego a veces perverso de gestos soeces e inhibiciones oscuras, silencios reiterativos y palabras recortadas entre dientes. Pero había lugar para el sosiego después de la batalla que imponía el descubrimiento de una vieja película pendiente de ver o la excitación producida por la negociación para ver quien salía a tirar la basura o a hacer la compra.

Septiembre está al caer. Siempre fue un mes especial que hacía que la vuelta al redil tuviera un carácter ritual bien recibido. Después de todo, el ritmo del verano era insostenible y el regreso a la normalidad resultaba entrañable. Los chicos avanzaban de curso en curso en una progresión numérica que solo se entorpecía cuando se cambiaba de ciclo. Los mayores estaban ya ubicados en la monotonía de la edad tardía.

Pero ahora, es todo tan extraño. Nadie asegura nada. En los trabajos nadie dice nada y la mayoría parece conforme con el modus operandi establecido; al parecer “todo el mundo gana” pues se reducen costes y la productividad, subrayan, no disminuye. El asunto radicará en las clases, ¿serán como siempre, aunque con horarios salteados?, si ya está previsto en caso de algún contagio en el colegio ¿se volverá a la virtualidad? Es en este punto cuando mi amiga con los ojos desorbitados me dice que tiene que confesarme algo: “No lo aguantaría, no podría soportar más mi ignorancia ni la estulticia de los profesores”.