¿Nada es personal?

Vito Corleone tenía muy clara la diferencia entre negocios y amigos. Posiblemente con la familia las cosas fueran diferentes. Pero cuando tomaba una dura decisión advertía a la persona afectada que no se figurara que andaban por medio cuestiones personales. Había un fin último más poderoso que justificaba lo decidido. La política, que a veces tiene tanto que ver con la vida mafiosa, ¿o es al revés?, impone conductas en las que, aparentemente, lo personal no desempeña papel alguno. Se dice que, bajo el imperio de las instituciones, que no son sino normas que regulan la interacción entre los individuos para evitar la incertidumbre, los nombres y apellidos, las viejas relaciones, no tienen espacio. Pero me cuesta creerlo. Suena a manual y si estos son buenos para dar los primeros pasos en una disciplina y comprender inicialmente su lógica de funcionamiento, no lo son para entender a cabalidad los procesos siempre más complejos que se dan.

El pasado 19 de julio Juan Carlos Monedero, colega y ahora director de la flamante Fundación Instituto 25-M, declaró lo siguiente: “Errejón tiene un problema. Tiene la mala cualidad de dañar a la gente que le quiere. Lo hizo con su mejor amigo [Pablo Iglesias], maltrató al profesor que más le ha cuidado, que era yo, y ha defraudado a la mujer que le permitió iniciar su vuelo propio, Manuela Carmena, la cual le ha repudiado. En lugar de hacer reflexión sigue alimentando su ira”. De pronto, los afectos entran en escena: el amor, el desapego, la cólera. En una acera política muy alejada, años antes los mensajes de pasión intercambiados por Mariano Rajoy a Luís Bárcenas (“Luís, se fuerte”) o de Francisco Camps a Álvaro Pérez “el Bigotes” (“te quiero un huevo”) trascendían la fría política para adentrarse en el siempre complejo terreno de las emociones. Por otra parte, y volviendo al presente, ¿qué acciones del monarca son personales? ¿tiene derecho a ellas?

Mi amiga no cree en sesgos culturales propios de cada país como factores explicativos de estas actitudes. Ejemplos similares a los citados se pueden encontrar en todo el mundo, dice. La insistencia de que, en la cultura latina, supuestamente más efectista y pasional, lo personal sigue moviendo más montañas que la fe que en otros lugares, está por ver, añade. Sin embargo, hay dos cuestiones que a ella le llaman más la atención. La primera es la enorme velocidad en que lo nuevo se contagia de lo viejo; la caducidad inmediata de las promesas de cambio hacia pautas de comportamiento que se venden como renovadoras y la asunción de la diferencia con respecto a los vicios atávicos de la siempre presente casta en el poder como un valor por sí mismo. La segunda es la incapacidad de la ciencia política para trascender esta brecha. Capturada por la necesidad de plantear modelos, en la senda que siguieron antes otras disciplinas, relega lo subjetivo sin advertir que a veces se requiere de la ficción para entender mínimamente las cosas.