Viernes, 7 de agosto de 2020

Dosificar el tiempo

Día del Libro por accidente. Ni Shakespeare ni Cervantes murieron un 23 de abril de 16.16 para que en el año 20.20 (nada de supersticiones) tuvieran un regreso al futuro el 23 de julio. Carecemos de datos, pero nos alegramos si los libreros han aliviado sus ventas. El año próximo, nuevamente al 23 de abril.

Somos conscientes de estar ante un hecho pandémico excepcional, pero no es excepcional que desde antes de la pandemia el sector del libro esté pasando por uno de sus peores presentes.

Los tiempos están cambiando de manera acelerada, y si antes la proposición se sustentaba en no ver tanta televisión y a cambio leer un libro, ahora se habla sin rubor y ya le hemos escuchado a algún niño decir que “leer es un rollo; yo no leo porque si leo no tengo tiempo para la play, Instagram y las series”.

Y esto también le ocurre a algún escritor. ¡Qué diría Unamuno! La novelista estadounidense Amy Michael Homes señalaba hace unos meses con gran sinceridad que “por primera vez en mi vida me está costando horrores escribir. Lo intento, pero no hay manera. La pulsión de estar conectada todo el tiempo a lo que está pasando ahí fuera está haciendo que incluso deje de leer. Me pregunto qué clase de libros escribiremos en el futuro y si los escribiremos”.

Esto lo decía antes de la pandemia. Me gustaría conocer su opinión ahora, pues quizá su laxitud lectora y creativa se haya acentuado. Lo digo por su condición de persona que frisa los sesenta, y a esa gran cantidad de lecturas fugaces que enriquecen la curiosidad en redes hay que añadir eso que nos hace más vulnerables: ser “población de riesgo”. Nadie nos lo había dicho antes. Nuestra esperanza de vida era un muro de poesía. Hoy chocamos con la realidad y en la sesentena estamos en el último perro y, quizá, en la última novela por escribir o por vivir.

Sin embargo, no debemos escuchar los fantasmas que arrastra la pandemia y sí administrar las nuevas tecnologías como las entienden los magnates del sector. Por supuesto ellos no son quiénes para aconsejar a los adultos, pero dan pistas de que, además de estar bien informados por la prensa virtual o de papel, también dosifican su tiempo y pueden leer tres o más libros al mes.

Distinto es el caso de los pequeños. Bill Gates limitaba a sus hijos el tiempo de pantalla: “Cuando estamos comiendo no tenemos los teléfonos en la mesa, y no les dimos los móviles hasta que cumplieron 14 años”.

Y ampliando datos, los colegios donde van los hijos de los ejecutivos de la Silicon Valley (región de California donde se hallan ubicadas gran número de empresas tecnológicas) no utilizan las tablets ni las pizarras interactivas hasta que no pasan a Secundaria.