Domingo, 9 de agosto de 2020
Ciudad Rodrigo al día

Homilía de Jesús García Burillo en el funeral diocesano por las víctimas del coronavirus

El funeral tuvo lugar durante la mañana del sábado con motivo de la festividad de Santiago Apóstol, patrón de España

Hermanos sacerdotes, religiosos y laicos, Sr. Alcalde y autoridades invitadas a este acto: Bienvenidos a la Iglesia madre para celebrar juntos, en la fiesta de Santiago Patrón de España, la fe y la esperanza que nos ofrece la Eucaristía, ante la partida de este mundo de tantos hermanos nuestros. Oremos por el eterno descanso de los fallecidos por COVID 19 en nuestras parroquias y por otros cuyas familias guardan silencio.  

Ha sido una partida abrupta, inesperada. Ingresamos a un ser querido y nos han devuelto sus cenizas pocos días después. Esto ha sucedido con millares de enfermos. Las familias no habéis tenido tiempo para despedirlo, para apretar su mano en el momento del adiós. Han muerto en soledad, solo acompañados por el médico o la enfermera que les asistió en el momento final. El Señor que nos espera al final del camino ha sido su consuelo; por eso la esperanza prevalece sobre el sufrimiento. Hoy queremos acompañar a estas familias, sintiendo vivamente su aflicción.

Existe una misa a la que llamamos “Ante una muerte imprevista”. Ninguna de nuestras muertes es deseada, pero algunas sobrevienen repentinamente sin poderlas preparar. Esto ha sucedido con miles de hermanos. La sorpresa, cuando es positiva, aumenta nuestro gozo, pero cuando es negativa nos hiere con mayor dureza. Hoy lloramos en silencio el fallecimiento de nuestros sacerdotes, ancianos, médicos y sanitarios, miembros del orden público, tantas y tantas personas que han muerto en servicio a los demás.

Pero a la vez que hemos experimentado una herida en el alma por un ser querido o por la información sobre el número de fallecidos, nos hemos preguntado: Señor, ¿a qué se debe un destrozo tan enorme e inesperado? ¿Qué nos quieres decir en esta adversidad? Hoy pedimos al Señor que acoja a estos hermanos nuestros y les muestre el amor infinito que en este mundo no pudieron experimentar.

Recordemos que nos sobrevino la epidemia en el momento en que comenzábamos la cuaresma. La recibimos como una prueba del tiempo de preparación para la Pascua, que requiere de nosotros oración, abstinencia y limosna. Eran tres acciones que nos ayudaban a sobrellevar cuanto nos estaba sucediendo.

Luego, pasó la cuaresma y llegó la Pascua de resurrección. Entonces, nuestro encuentro con el Resucitado daba sentido al sufrimiento vivido y a la muerte de los seres queridos. En medio de la oscuridad aparecía un rayo de esperanza. Cristo resucitado es la respuesta presente y la esperanza futura a tanta angustia vivida. Él es nuestra salvación, nuestra gloria para siempre. Por nuestros fieles difuntos ofrecemos esta Eucaristía, el sacrificio de Jesucristo muerto y resucitado, que nos da vida eterna.

Os confieso que, desde mi aislamiento en mi pequeña vivienda, como la vuestra, he tratado de descubrir el sentido del dolor, buscando luz y consuelo en la Palabra de Dios. Los mensajes que cada día tenía el gozo de compartir con vosotros eran la respuesta y el puente que unía nuestra fe y esperanza en el Dios de vivos y muertos.

Ahora, brevemente deseo compartir también con vosotros cuatro lecciones de la Palabra de Dios que, en esta fiesta de Santiago el Mayor, nos abren a la esperanza.

La primera lección, basada en Santiago, primero de los mártires que entregó su vida al Padre después de habernos traído el Evangelio a los pueblos de España, es que los seres humanos no somos todopoderosos. Omnipotente solo es Dios. Los seres humanos somos limitados físicamente por nuestra naturaleza, y moralmente por el deterioro social que producen nuestros propios pecados. Un insignificante virus ha sido capaz de parar el mundo con mayor poder que nuestras ilimitadas aspiraciones. Pero todo el poder de Santiago, primer evangelizador de España, residía no en su propia fuerza sino en la de Aquel que le envió.

Como Santiago, sabemos que nuestra vida está siempre en las manos de Dios. En la vida y en la muerte somos de Dios, nos asegura San Pablo, otro evangelizador de la primera Iglesia en España. Y de este modo, si vivimos, vivimos para Dios, y si morimos, morimos para Dios; en la vida y en la muerte somos de Dios. Que para esto Cristo murió y resucitó.

El Señor nos ha ofrecido además una inesperada lección de humildad. No somos nosotros quienes disponemos de nuestras vidas, es Dios quien está sobre todo y sobre todos. Lentamente a lo largo de los años, lo hemos ido expulsando de nuestras vidas y ahora Dios se nos ha manifestado en medio de nuestra impotencia para conocer la naturaleza de esta enfermedad y el remedio para curarla. Por medio de Jesucristo, que llegó con humildad a este mundo, asumiendo nuestra propia carne y muriendo injustamente en la cruz, nos comprendemos mejor a nosotros mismos y nuestra débil naturaleza.

En segundo lugar, esta prueba nos ha ayudado a crecer como personas y como comunidad de hermanos. Hemos aprendido que no estamos solos, que somos una familia, vivimos en familia y nos necesitamos mutuamente. El libro de los Hechos que leíamos en Pascua, nos ponía como modelo de vida la primera comunidad de Jerusalén. Esta ha sido nuestro referente. Los cristianos todo lo tenían en común. Compartían la Palabra, la oración, sobre todo la Eucaristía, como lo hacemos ahora nosotros en memoria de nuestros seres queridos. Y en todo momento compartían sus bienes.

La ausencia de nuestros difuntos nos lleva a pensar cuán fugaz es nuestra existencia y cómo no es posible vivirla si no es compartiéndola con los demás, particularmente en tiempos de escasez. Abramos los ojos de la fraternidad no solo a quienes han marchado de este mundo sino también a quienes quedamos aquí, compañeros de viaje, y a quienes quedan en extrema necesidad.

En tercer lugar, pongamos los ojos en Jesucristo, que sube a Jerusalén, muere por nosotros y nos otorga con su resurrección el don de la vida eterna. Con él también muere Santiago en la primera persecución de la Iglesia: “por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan”. Por su muerte, Cristo nos regala una vida nueva, que gozamos ya en este mundo con la mirada puesta en el cielo, en los bienes de arriba.

Agradezcamos el don de la vida eterna, que nos lleva a confesar nuestra fe en la resurrección de los muertos, unidos a la carne de Cristo resucitado. Nuestros hermanos fallecidos viven ya con Él, en la vida que nos ha regalado con su muerte y resurrección. Nosotros caminamos en este mundo como peregrinos: con humildad, con fe en el Dios misericordioso y con amor a los hermanos, formando una familia de fe, amor y misión. Con esperanza firme en la vida eterna.

Y finalmente, el Señor nos ha dejado una tarea en este mundo: vivir el evangelio y llevarlo a los demás. Nos lo recuerda San Lucas: En mi primer libro (en el evangelio) escribí todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar. Ahora nosotros hemos de continuar en la historia la labor que Él empezó, junto a Santiago, a Pablo y los demás apóstoles. Nuestros difuntos, a quienes hoy lloramos, con su vida y su muerte han puesto su granito de arena y ahora han sido llamados a la vida gloriosa con Cristo. Nosotros tenemos la hermosa tarea de hacer presente el Reino de Dios en Ciudad Rodrigo, donde Jesús nos ha plantado para crecer y dar fruto.

Oremos, queridos hermanos, por intercesión de Santiago y la Virgen de la Peña, nuestra Madre del cielo, que acompañe a los que murieron y los lleve al encuentro con Cristo, y que nos acompañe a nosotros en nuestro peregrinar en amor y esperanza hasta encontrarnos con ellos en el gozo eterno de la bienaventuranza. Amén.