Jueves, 29 de octubre de 2020

Seducidos por la muerte

Nombrar mal las cosas es añadir desgracia en el mundo.

Albert Camus

La eutanasia, que se había propuesto como solución necesaria para unos pocos casos extremos, se había convertido en una manera casi rutinaria de tratar la ansiedad, la depresión y el dolor en pacientes graves o terminales.

Herbert Hendin

El debate en torno al final de la vida humana constituye una de las discusiones más intensas dentro del campo de la Bioética. Hoy no es fácil hablar de la muerte, pero de alguna manera nos toca y nos roza a lo largo de nuestra existencia. Vivir la muerte no ha sido nunca una novedad, se ha integrado tradicionalmente en la cotidianidad de la vida. Era la culminación de la existencia y, en otras épocas, el individuo se preparaba para el buen morir (ars moriendi), despreciando todo tipo de banalidades y procurando una muerte en paz

Así la muerte no es sólo un fenómeno biológico, también ontológico, un modo de ser y poder ser. Esa imposibilidad de ser, provoca en nosotros angustia.  En el hondón de nuestra existencia, la muerte es la no respuesta, esa realidad que nos desnuda de toda desnudez, es el silencio de la angustia que nos hace sentir nuestra fragilidad y nuestra finitud. El miedo a la muerte, es lo que más doblega al individuo, lo mete en sí mismo y sólo tiene su propia referencia.

En nuestras sociedades tecnificadas, los grandes avances producidos en medicina durante el último siglo han permitido retrasar la muerte hasta extremos no hace mucho insospechados. La implantación y el uso generalizado de las técnicas de soporte vital, así como la posibilidad de los trasplantes de órganos, respiradores artificiales, máquinas de diálisis, etc., además de salvar numerosas vidas, puede que también condemen a otras a una muerte más lenta.

Nuestros seres queridos mueren a una edad muy avanzada, apenas en casa. La necesidad de tratamiento prolongado, las unidades de reanimación, de paliativos, etc., hace que el hospital sea el nuevo escenario del último adiós. El personal del hospital, la funeraria, se hacen cargo del difunto, pero se atrofia la capacidad de sufrimiento, preocupados en mil cosas, la muerte se disuelve en el devenir de la vida, cono lo que se banaliza, como una forma de huir y detener el tiempo.

Por otro lado, en los últimos años se ha desarrollado el derecho a la autonomía del individuo en las decisiones, todavía más en lo que tiene que ver con la salud y la enfermedad de las personas. Comentaba el filósofo Stuart Mill: “sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su mente, el individuo es soberano”. La autonomía, en cuanto capacidad de decidir, es uno de los elementos definitorios de las diferentes prácticas sobre el final de la vida humana y está detrás de gran parte de las leyes que afectan a la misma, como todas las cartas de derechos de los enfermos, las leyes de autonomía de los pacientes, el consentimiento informado y los diferentes textos comúnmente llamados de testamento vital.

En este contexto surgen asociaciones que defienden el derecho a morir. Sus principales tareas son de información sobre cuestiones relacionadas con la eutanasia, favorecer la cooperación entre asociaciones, celebrar congresos y conferencias relacionadas con la muerte y el derecho a morir, todas las asociaciones tienen en común afirmar y defender el derecho de los enfermos al respeto a su autonomía y a su capacidad de decidir morir si así lo desean. Estos movimientos y asociaciones han tenido una fuerte influencia en muchas de las legislaciones en lo referente al final de la vida. También en España, han elaborado un documento de Voluntades anticipadas o Testamento vital adaptado a cada comunidad autónoma.

Ante el debate sobre la eutanasia en nuestro país y sobre una posible futura ley, quisiéramos presentar un libro de Herbert Hendin, Seducidos por la muerte. Médicos, pacientes y suicidio asistido. Un libro que se publicó en nuestro país en la editorial Planeta y se ha vuelto a reeditar en la editorial Mercurio por la “Plataforma Cuidando”. Es una obra imprescindible para la ciudadanía ya que se puede formar un criterio sobre un tema tan delicado, partiendo de situaciones concretas de enfermos, y las dificultades que surgen por la aplicación de la eutanasia en otros países que ya existe.

El debate sobre la eutanasia suele girar en torno a casos límite. Pero la ley se hace para la generalidad, y por eso es necesario atender a los resultados de los pocos países que la han legalizado. Así lo hizo el Dr. Herbert Hendin, al estudiar sobre el terreno la experiencia de Holanda, y donde habló con sus principales promotores. Hendin es catedrático de Psiquiatría en el New York Medical College y una autoridad en la prevención del suicidio.

Comenta en su libro, que la eutanasia y el suicidio asistido han sido invocados como medios para proporcionar a los enfermos un control más grande sobre la muerte y mejorar así las circunstancias en las que mueren. Pero una vez analizada la experiencia de la eutanasia en Holanda, se pregunta ¿eso realmente es así? ¿cuánto de la decisión recae en el enfermo y cuánto en el médico?. Comenta el autor que cuanto más investigaba sobre el tema en Holanda y más sabía, más impactado quedaba, no solo por elevado número de muertes equivocadas, sino por la insistencia holandesa de defender lo que parecía indefendible.

Como en Holanda la asistencia sanitaria está garantizada para todos, la eutanasia se situaba allí en un contexto en el que los pacientes tendrían como alternativa unos cuidados paliativos mejores que los que tenemos en Estados Unidos, comenta el autor del libro. Pero me di cuenta de que esto no era cierto, y de que además la aceptación de la eutanasia estaba llevando precisamente a que se descuidara el desarrollo de los cuidados paliativos.

La eutanasia, que se había propuesto como solución necesaria para unos pocos casos extremos, se había convertido en una manera casi rutinaria de tratar la ansiedad, la depresión y el dolor en pacientes graves o terminales. Comenta el autor, que lo que ha visto después en Holanda y Estados Unidos, se ha convencido de que hay que evitar la legalización de la eutanasia porque los cuidados paliativos se descuidarían y empeorarían.

En Holanda, al contrario de que esperaban los promotores de la misma, no aumentó el poder de los pacientes, sino de los médicos. Estos pueden proponer la eutanasia, lo cual tiene una gran influencia en la decisión del paciente, pueden ignorar la ambivalencia del paciente, pueden dejar de proponer alternativas y pueden matar a pacientes que no lo habían pedido.

El autor del libro, Herbert Hendin, partidario de la eutanasia y el suicidio asistido, al estudiar el sistema holandés, se ha convertido en detractor de la misma. Confiesa que es imposible regular la eutanasia y que la desinformación sobre el tema es muy grande, incluso entre el colectivo médico. Entre los médicos, los más opuestos a la legalización son los especialistas de cuidados paliativos, los que cuidan a pacientes mayores y los psiquiatras con experiencia de pacientes suicidas. La práctica de la eutanasia en Holanda ha pasado de los enfermos terminales a los crónicos, de las enfermedades físicas a las psíquicas y de la eutanasia voluntaria a la involuntaria.

Un libro necesario no solo para entender el debate sobre la eutanasia, sino para valorar que antes que la muerte digna, hay que garantizar una vida digna. La información y la decisión auténticamente libre, sin condicionantes sociales, laborales, de cuidados, es fundamental para hablar de la eutanasia. En una sociedad tan envejecida como la nuestra, una ética del cuidado y de la responsabilidad, así como un buen sistema de cuidados paliativos, debe preceder a cualquier debate sobre la eutanasia.