Lunes, 3 de agosto de 2020

Guardar la distancia

¡Cómo no recordar esta vieja expresión! Tan anclada en nuestro más funesto acervo, tan parecida a aquel “usted no sabe con quién está hablando”. Había distancia porque se sabía claramente quién estaba encima, reducirla era una actitud imposible. Se guardaba con la mirada, - “¿qué mira?”-; con la palabra, - “tráteme de usted”; con el gesto sumiso. También había distancia entre personas iguales: se pedía que existiera entre las jóvenes parejas en el paseo o en el baile –“¡que corra el aire!”-. El aprendizaje en la familia era consecuente con el complementario adoctrinamiento en la iglesia y en la escuela.

No era una cuestión de respeto, se trataba de educarse en que había que mantener una clara separación para que no hubiera equívoco acerca del lugar en el que uno no solamente estaba ubicado sino del que debía permanecer sin aspiración de cambio. Solo para el común, en el caso del paso por el matrimonio, los cuerpos podrían juntarse. Luego las cosas fueron cambiando lentamente. El tuteo se impuso al menos en las formas, los cuerpos se acercaron y la denominada democratización social se extendió por doquier. La ingenua igualdad traspasó los viejos convencionalismos y de pronto la modernidad estaba aquí.

Soy consciente de que juego con un dicho que descontextualizo. Hoy la distancia a guardar conlleva una dimensión diferente: profiláctica, urgente, necesaria. Se dice que temporal, aunque otros advierten que dejará secuelas en los comportamientos. Es extraña a la supuestamente añeja divisoria social, a la segregación como pauta de vida. A primera vista pareciera que se trata de una treta tramposa en mi argumento. No es eso. Son resabios pretéritos. Las palabras acumulan significados que son legados del tiempo. Tardamos en reacoplarlas al presente, pero su pasado siempre permanece.

Sin quererlo, por los días en que estamos, surge el recuerdo de otra expresión, ¿infausta?: la de “malas hierbas”. Aplicada a las que estropean el armónico perfil dibujado del jardín ideal, del parque racionalizado que repudia lo agreste, que rechaza lo que crece anómalo a la visión ordenada del jardinero o del público ilustrado exigente. Proyectos que requieren de manos diestras expurgatorias que saben a conciencia qué herbaje eliminar o del siniestro herbicida que asola indiscriminadamente. Sentencia tan propia, por otra parte, de épocas en las que lo que se quiere extirpar son aquellos elementos incómodos del orden social que por su especial dinamismo son ajenos a la norma.

Las malas hierbas ignoran que deben guardar la distancia de aquellas que definen el sentido del parterre. Es la cercanía que mantienen con las titulares, su promiscuidad a la hora de solapar el espacio perfectamente acotado, su desordenada atemporalidad, lo que define su carácter pernicioso. Ignorantes de su afán crecen sin límite año tras año, conscientes de que “hierba mala nunca muere”, para desazón del jardinero, como le ocurre al ingeniero social con el colectivo de los asociales, aquellos que se inmiscuyen donde no deben, que no reparan en que el lugar que les corresponde requiere guardar distancia.