Miércoles, 3 de junio de 2020

Cadenas de valor

La jerga académica está llena de términos que se crean en momentos felices. Algunas veces estas situaciones están dominadas por el azar, otras por un proceso racional bien enmarcado de acuerdo con procesos canónicos. Cabe también que se de mitad y mitad. Son producto, en cualquier caso, de investigaciones que se dan en debates en foros de especialistas o fruto de la especulación solitaria. Su nicho es normalmente el proceso de elaboración de una ponencia que va a presentarse en un congreso de la especialidad y que luego, con suerte, podrá convertirse en un artículo o, con mayor ventura aun, en un libro.

Para la mayoría son expresiones construidas con palabras de uso relativamente frecuente, pero que hilvanadas tienen un arduo significado. Sin salirme del ámbito de las ciencias sociales, el público ha escuchado con frecuencia términos como “el buen salvaje”, “la rebelión de las masas”, “el fin de la historia”, “la democracia delegativa” … Detrás de cada una hay una realidad compleja que queda suspendida con ese puñado de palabras. Solo tras leer el texto que las acogió se tiene una idea cabal de su profundo sentido. Hoy está ocurriendo algo similar con el término de cadenas de valor.

En medio de la perplejidad del momento actual surgen voces autorizadas que señalan el impacto que a la hora de la deseada recuperación económica tiene el hecho de que dichas cadenas no solo se hayan roto, sino que su recomposición diste mucho de ser una realidad. Un sofisticado mecanismo entrelaza procesos productivos sucesivos que se dan con independencia del factor geográfico, pero teniendo siempre muy en cuenta que, en un marco de confianza, se de una oportunidad utilitaria, es decir, que cada paso concreto sea confeccionado con el mejor provecho posible o, mejor, al costo más barato. Así, el resultado es, aparentemente, óptimo para el consumidor final.

Leo un artículo en una revista especializada que explica muy bien este escenario. Sin embargo, mi atención, como tantas otras veces estos días, se dispersa. Pienso en ambos términos por separado. Si “cadenas” se vincula, en su primera acepción, con algo que ata, lo que en mis pensamientos me lleva a cierta inquina, “valor” aparece como algo positivo, algo dotado de una carga que por sí misma es auténtica. Sé, entonces, que el problema radica en que debo usar la segunda acepción de “cadena”: eslabón. Eso me da cierta tranquilidad por su sentido más instrumental, al fin y al cabo, es una pieza.

No obstante, es “valor” lo que sigue produciéndome zozobra. En el diccionario aparece vinculado en primer lugar a utilidad y en segundo término a precio. Es decir, soy yo el equivocado. Trasnochado, lo entendía con aquel significado preñado de un espíritu que infunde coraje, capacidad de resistencia, valía. Atribulado y sin lograr centrar mi atención dejo el artículo de marras cuando el teléfono suena. Un amigo me pregunta si tengo unas cadenas de bicicleta porque las suyas se han roto. “Sí”, respondo. Sé de qué me habla.