Miércoles, 3 de junio de 2020

Consumo responsable

Un “Diógenes”, todos ustedes lo saben, es sinónimo de individuo acaparador que hace acopio de cosas inservibles sin medida, y cuyo resultado es vivir una vida de manera miserable. ¡Pobre Diógenes! ¡Qué equivocados estamos!

Diógenes fue un filósofo griego que, por no tener, ni siquiera disfrutaba de un techo para vivir. Tal era su ascetismo, que vivía dentro de un tonel. Allí pasaba la mayor parte del tiempo hablando con jóvenes que se acercaban a la búsqueda de una de sus geniales ocurrencias.

Asimismo, esos jóvenes formaban una comitiva expectante cuando el filósofo se desplazaba por la ciudad, y ellos mismos contaron, pues Diógenes no dejó nada escrito, que en cierta ocasión, después de un rato mirando en un bazar, con un suspiro de alivio se marchó diciendo: “¡Me admira conocer de cuántas cosas no tengo ninguna necesidad!”.

Lo anterior es una reflexión para la vuelta a la normalidad cuando pase la pandemia, en la que se espera un mejoramiento de nuestras costumbres. Así fue siempre en la Historia y en las pandemias pasadas. En primer lugar, bienvenidos sean los hábitos de higiene, y mejor si se cronifican y llegan para quedarse.

Someramente hacemos un rápido recorrido por esas actividades que hemos echado en falta al comienzo de la pandemia y, por las muestras observadas en el encomiable deseo de hacer deporte, nunca hubiéramos imaginado que nuestro país tuviera tal cantera de deportistas. Quizá de siempre hayan estado “confinados” en los gimnasios y no nos habíamos dado cuenta.

También debemos tener en gran consideración que muchas personas se “hayan agarrado al carro”. No es malo imitar lo bueno. El tiempo nos hablará de su constancia y nuestra enhorabuena si han venido para quedarse.

Y si extrapolamos esto último al mundo de la cultura, debemos adelantar nuestra felicitación a bibliotecas, teatros, museos, cines, etc., pues ya no podrán quejarse de ver siempre las mismas caras.

El problema, como país globalizado, lo seguiremos teniendo en el consumo. No se trata de ser unos aguafiestas con los vendedores, por supuesto que no, sino que el ansia de consumir (no nos referimos en los bares) nos remite hacia un consumo más responsable.

Quien más y quien menos durante estos días de confinamiento habrá recorrido su trastero y su vivienda multitud de veces. Y damos por descontado que habrá encontrado la mar de cosas inútiles que un día se quedaron para un “no sé qué”, sin caer en la cuenta que eran de usar y tirar.

Solo voy a dar un ejemplo: el microondas. ¿Para qué guardamos esos aparatos que ya cumplieron con la obsolescencia? ¿Para arreglarlos un día?

Ustedes mismos -¡qué les voy a contar!- repasen sus pertenencias y observarán que aquello que con tanto celo guardaron, ya no sirve para nada. Será más barato comprar de nuevo.  ¿Arreglarlos dicen? El homo habilis se fue de nuestros genes hace muchísimo tiempo. Los “manitas”, ya aburridos, están en extinción.

Tirar y sustituir el coche, la lavadora, el frigorífico, etc. es una vorágine de la que es difícil sustraerse, con el problema añadido del daño al medio ambiente.

Ahora, con el coronavirus apretando, las soluciones están en otra agenda. Necesidades urgentes serán por ejemplo acabar con las colas de Aluche, un barrio de la Comunidad de Madrid.

Y “por una globalización más justa”, culpable de la pandemia, sería una asignatura para niños y mayores que la deberían recibir aquí, en China y en el resto del mundo.

Por último, y volviendo al principio, un ejemplo de Diógenes “el filósofo” en el siglo XXI lo tenemos en el expresidente de Uruguay don José Mújica, quien predica con el ejemplo y es un lujo escuchar sus lecciones de vida.

Y como final se nos acaba de marchar don Julio Anguita, nuestro Mújica -desconozco si llegaron a conocerse-, otro gran mensajero de la austeridad, quien nunca se cansó de sembrar aunque predicara en el desierto. D.E.P.