Jueves, 13 de agosto de 2020
Ciudad Rodrigo al día

Un ser legendario

El Coordinador Local de Izquierda Unida, Domingo Benito, recuerda la figura de su amigo Julio Anguita

Hace pocas horas he conocido la muerte de Julio Anguita. Sin duda, un referente, un político de raza que hizo de la dignidad, la entereza y la coherencia su hábitat natural. Desde entonces, debo reconocer, en la soledad del confinamiento, no he podido reprimir las lágrimas. Ni siquiera la inmensidad de su figura es capaz de llenar el vacío que deja en nuestros corazones.

Todo se dirá de Julio estos días, especialmente de su faceta política. Es alguien que nunca renegó de sus convicciones, ni de su propia historia. El compromiso político formaba parte inherente de su existencia, era inseparable de su ser. Se tomaba en serio la Política, con mayúsculas, entendida como la acción de deliberar para la construcción de los espacios colectivos. Pensándolo bien ¿hay alguien que pueda no tomársela en serio? Julio vivió por y para el logro de sus ideales. Creía, además, firmemente, en el poder de la convicción, de la seducción. De ahí su empeño en el tono pedagógico, en el papel del magisterio en su sentido amplio. En la política rigurosa - “cordial en las formas, durísima en el fondo” -.

Conversar con Julio era enfrentarse a un verdadero huracán. La oratoria por la que es conocido y admirado no florecía exclusivamente en el atril. Entre café y café o paseando una tarde de otoño era capaz de embelesar a cualquiera que quisiese escuchar. En mi vida he conocido a buenos políticos, muchos de ellos con la increíble capacidad de transformarse en el estrado. Pero Julio no necesitaba mutar. Siempre era el mismo. Sincero, descarnado, tajante, pero suave, firme y pedagógico tanto en público como en privado.

Tras una cena con Agustina, su inseparable compañera y escudera, un buen amigo me advirtió de que, probablemente a causa de mi juventud, no fuera realmente consciente de con quién acabábamos de compartir mesa y mantel. En efecto, no lo era. No, al menos, en los términos en los que lo soy ahora, 11 años después. Tampoco pensé jamás que pudiera trabar amistad con alguien de tal envergadura.

Conocimos a Anguita cuando ya había sido alzado a la categoría de ser legendario del que se escriben epopeyas y a quien se atribuyen poco menos que poderes sobrenaturales. La relación de Julio con IU Ciudad Rodrigo fue más accidental que premeditada y buscaba ser estrictamente puntual. El tiempo, el afecto y, creo, el mutuo reconocimiento, hicieron que lo esporádico se tornase en permanente. Entre acto y acto, paseo y café, conversación y diálogo se fue fraguando una relación sana y enriquecedora. Incluso en los peores momentos, y especialmente en esos, siempre se ofreció para continuar dando la batalla.

Nuestra última conversación tuvo lugar hace apenas un mes. A media mañana, en el fragor de la batalla en que se ha convertido la educación a distancia, el teléfono volvió a sonar y en la pantalla se le anunciaba. A pesar de la cercanía, su nombre siempre ha provocado en mí la misma reacción de respeto. “Me ha encantado tu carta”, casi sin dar los buenos días. Conversamos sobre la política municipal, sobre el papel de la oposición, cosas pequeñas. También sobre algunas cosas grandes: la urgente necesidad de continuar en la lucha cultural ante la emergencia, como si de un demonio renacido se tratase, de un fascismo destructor. Y sobre lo importante: “¿Pero tú estás bien?” - “preocupado por la situación, pero perfectamente”-.

Ni siquiera su enormidad podrá calmar el dolor de su pérdida. Y, sin embargo, probablemente por ello, debemos sentirnos muy dichosos y afortunados; por haber compartido momentos con él, por haber tenido a uno de los mejores maestros que alguien podría echarse a la cara. También, especialmente, por haber contado con su confianza, apoyo y reconocimiento.

Julio Anguita fue, qué duda cabe, un gran alcalde, imponente secretario general del Partido Comunista de España, lúcido y valiente coordinador federal de Izquierda Unida, enérgico diputado. Capricho del destino, después de pasarse años recordando que “lo importante no es la revolución, sino el día después”, nos deja un 16M, mostrándonos, de nuevo, que todo el camino sigue por recorrer.

Pero todo esto será dicho y escrito mucho mejor de lo que yo pudiera siquiera intentar. En mi caso, en nuestro caso, se va un amigo. Alguien a quien nunca tuvimos absolutamente nada que reprochar y sí mucho que agradecer. La expectativa de cualquier militante, de quienes creemos en que otro mundo es posible, ha de ser, al menos desde ahora, la de intentar estar a la altura del legado de quien fue, ciertamente, un ser legendario.