Martes, 11 de agosto de 2020
Las Arribes al día

Formalismo

Desde que la conocí fue como un virus, casi microscópica pero dañina. La situación se agravó los últimos años, teníamos en casa una píldora que no era fácil digerir.  Estaba más arrugada que una patata de hace dos temporadas

¿Es el protocolo tan importante como para posponer nuestra actividad fisiológica?    ¿Cada uno sería responsable de la actitud que tome, si sabe que es un trabajo vital, personal e intransferible? No lo sé. Ahora me surge otra duda, si el protocolo es un formalismo impuesto por la cultura y la sociedad, ¿se deben separan las necesidades personales y el convencionalismo? 

Dejo ahí los planteamientos porque estamos de velatorio. En la sala número dos, del tanatorio Virgen del Caramelo. Qué nombre más vulgar. Debería ser obligatorio poner a estos centros unos nombres más éticos. Ha fallecido mi suegra. Pobre mujer. El cielo la habrá amparado. Desde que la conocí fue como un virus, casi microscópica pero dañina. La situación se agravó los últimos años, teníamos en casa una píldora que no era fácil digerir.  Estaba más arrugada que una patata de hace dos temporadas. No hablaba, solo emitía graznidos. No comía, se alimentaba a base de lingotazos de vino Santa Catalina. Ese brebaje fue la clave de su extensa vida. La Seguridad Social, sorprendida por su longevidad, llamaba todos los años para preguntar por su salud, parecía que le iba dando avisos. Vaya una herencia que nos va a quedar. Con ella nos pondremos la dentadura postiza y, a beber vino Santa Catalina.

Mi esposa, su hija mayor, recuerda las desgracias que pasaron de pequeños. Su padre falleció cuando ella y sus cinco hermanos eran muy pequeños. Dieron gracias. Todos temblaban cuando entraba en casa con aquel olor a taberna. Sus cuerpos diminutos se preparaban para el zarandeo. Los zarandeaba hasta llegar a su madre y descargar sobre ella toda su fuerza bruta, para terminar poseyéndola delante de todos los niños.  Un día apareció muerto. Su madre los crio a todos con mucho esfuerzo, soportando menos palizas pero las mismas vejaciones y abusos. Cuando llegaba a casa bebía de una botella que tenía una Santa en la etiqueta, les decía que eran vitaminas y estaban bendecidas. El alcohol y otras sustancias acompañaron a tres de sus seis hijos hasta que dejaron esta vida. 

No aguanto más, tengo necesidades fisiológicas inminentes que piden auxilio. Imposible, no puedo, el formalismo me requiere. Todos estamos muy apenados. Qué bien hacemos el paripé. Vaya coñazo. Pendientes del saludito cortés, de mirar lo que llevas puesto. Eso que llevas puesto, si es apropiado o no. Mirad mi cuñada. De luto riguroso, como requieren estos actos. Llevaba varios años sin ver a su madre, con la disculpa de su eterna enfermedad. Le ha dado tiempo suficiente a pensar y preparar el traje para esta ocasión. Ahora subirá a su mamá a las redes sociales con un mensaje: Te echo de menos.  Con esta mujer nos ha dado tiempo a todos a preparar nuestra propia mortaja.

Estoy algo desorientado, creo que de tanto contenerme he empezado a estar en otra dimensión. Esta gente solo mantiene conversaciones banales y me obstaculizan a mí la salida. Alguno, de los que estamos aquí hoy, nos hemos preocupado, en vida de esta mujer, de no juzgarla. No, nadie. Pero hoy ha llegado el día del buen criterio colectivo. Comienzo a empatizar con la fallecida. Le voy a dedicar a su memoria un concierto con varios instrumentos. La tropa no tendrá oído para ello, pero cuando les llegue el olor, centrarán sus miradas en el suelo.

-Manuel, Manuel.
-¿Qué pasa?
-Despierta hombre, que es la hora del funeral.
Al despertar lee: Tanatorio Santa María del Monte Carmelo, sala número uno.
-Tengo que ir al servicio.

No habían pasado tres meses cuando Manuel falleció infectado por un virus. No asistió nadie a su funeral. Su esposa había fallecido quince días antes, llevaba un mes con tratamiento para la ansiedad, por unos dolores constantes y  fuertes de cabeza.

Minerva Romero