Miércoles, 3 de junio de 2020

El consumo

Pertenezco a una generación que ha llevado relativamente mal su relación con el consumo. Socializado en la avanzada posguerra fui testigo del paso de la escasez en las estanterías a cierta abundancia, de la precariedad en el estilo de vida a la variedad en ofertas que poco a poco eran asequibles. Inmerso en una sociedad que había cambiado drásticamente, su calificativo “de consumo” se hizo pronto señuelo de quienes defendían el modelo como la única senda de desarrollo, al igual que sus opositores que lo denostaban por tratarse de una vía espuria. Para los primeros era el impulsor necesario y suficiente, para los segundos suponía el camino seguro a la alienación oprobiosa.

No se trataba exclusivamente de una cuestión de modelos econométricos en el que desempeñaba un papel estelar el equilibrio entre oferta y demanda. Era algo más, puesto que lo que se confrontaba se situaba en un terreno ideológico donde se definían prioridades existenciales. Al haber convertido al mercado en el motor de la economía y constituir esta el rasgo definitorio por excelencia de la vida, aquel lo atravesaba todo. No solo se consumían bienes comestibles que hacía tiempo habían dejado de ser extraordinarios, también estaban los de confort, inmuebles, productos culturales, experiencias de toda guisa. Patrones que habían llegado a ser supuestos derechos fundamentales (salud, educación, vivienda) también eran productos de consumo. Se pasó, de individuos, ya no me atrevo a decir ciudadanos, a consumidores.

Estamos a mediados de la década de 1980, el país por fin se ubica en la modernidad. Mi amigo, apoyando su codo en la barra del bar donde solemos tomar café, me habla de algo que hasta entonces ignoraba. “Lo importante”, me dice, “es la capacidad de consumo que cada uno tenemos”. “Somos de una quinta”, añade, “que es muchísimo más elevada que la de nuestros padres e infinitamente más alta aun que la de nuestros abuelos. Debemos, por tanto, vivir en consecuencia. Recordemos que el banco siempre nos va a dar un préstamo en función de esta capacidad, hay que vivir endeudados”. Una amiga presente tercia para preguntar: “¿y eso será así para nuestros hijos?” Sin apenas dejar respirar, el amigo responde “por supuesto, la capacidad de crédito siempre es ilimitada”.

Hoy, la obsesión es la recuperación del consumo. Como un viejo mantra que se repite sin matices, sin plantearse de qué uso se está hablando. Se trata de una urgencia imponderable. Revitalizarlo ya para salir de este agujero, de una economía parada dicen. No importa en qué dirección. Hay que llegar rápidamente a una fase que los especialistas llaman de “consumo revancha”, donde la pulsión por el gasto desenfrenado todo lo invada. ¡Abrir ya la economía! Abarrotar los centros comerciales, proclamar a los cuatro vientos ofertas inverosímiles, ya no del 3x1 ¿por qué no del 4x1?, ofrecerte aquello que persistentemente quisiste tener, porque siempre lo deseaste ¿no?, en 20 cómodos plazos sin interés. Todo ello, sin embargo, viene acompañado por algo añejo: a quienes lo cuestionan los llaman comunistas.

Foto de archivo de EP